Varados en el muelle 13 (22 de 32)

Viaje a la costa Toscana. Italo Rondinella

El barco está en el muelle 13, el más alejado del edificio de capitanía, el que los turistas dejan atrás casi cuando entran en aguas del puerto y no vuelven a ver hasta que se van. Casi nadie se da cuenta de que ahí, casi a mar abierto, hay una tripulación abandonada. Me dirán en la nave que no es por accidente, sino por un “acto deliberado de camuflaje” que los ocultaron en ese atracadero sin mucho abrigo. Si están fuera de foco, no empañan la vista de la bellisima Italia. Si están escondidos y nadie los ve, el puerto no queda mal ante los ojos de nadie. “Ocultarnos fue una decisión política”, dirá el capitán del barco.

Es el coordinador de ITF quien me lleva en coche al barco. Pasamos una aduana, varias barreras de metal y emprendemos un viaje hacia el mar por un desfiladero angosto con dos fronteras físicas, los cruceros a un lado y la pared de cemento que mantiene el dique al abrigo de las olas y del mar abierto. Por el camino, nos encontramos buses tan blancos como los cruceros. Son las conexiones en tierra de los turistas en un servicio continuo de día e intermitente de noche. 

Mi barco está en la mera punta y es el buque más destartalado que he visto en mi vida. Incluso el barco de Faisal, en Barcelona, era mejor que éste. ITF me ha explicado que en él viven seis hombres, tres ucranianos, tres búlgaros. Llegó el 3 de agosto, armador búlgaro y bandera de Camboya, de nuevo pabellón de conveniencia. Cuando se completó la descarga de fertilizante, el capitán regresó a su casa con su dinero y con el que se robó de la comida que les enviaba el mánager al principio. La excusa fue un ataque al corazón que la tripulación tiene claro que fue fingido. Era búlgaro, lo que significa europeo y con capacidad de movimiento por las fronteras de la Unión Europea. Otros tres marineros búlgaros también se largaron de un día para otro. El marino con más alto rango de los que quedaban asumió la capitanía.

Estoy frente a la escalera. A mi lado, hay un pequeño generador ruidoso que imagino provee de electricidad a la tripulación. Subo gritando “hola, hello, hi, ave” y me topo de frente con unos muñecos de peluche (una jirafa y un osito) colgados de varios hilos. Nadie me recibe en cubierta. De la nada, aparece un anciano. En lo primero que me fijo es en sus zapatillas de deporte doradas que en los laterales lucen la bandera italiana. Me saluda en inglés, amable, dice que es búlgaro, que es el capitán y, sin preguntar nada, nos conduce  a su oficina. Sé que acabo de entrar en un barco abandonado porque me sale al paso el olor violento a encierro.

El hombre tendrá unos 70 años, pero tiene el espíritu más joven que he encontrado hasta ahora y un cuerpo más ágil de lo que aparenta, tanto que hasta me deja atrás. Desde otros rincones del barco se asoman otros hombres. Un barbudo, cuarentón y despeinado saluda con un movimiento de cabeza y se queda quieto en el pasillo. Se abre una puerta y sale un chico gordo, blanquísimo y con cara de sueño. Mira y cierra la puerta de nuevo sin decir nada. Un hombre aún más viejo que el que se ha presentado como capitán me sigue por la escalera. Llegamos a la oficina en silencio. Antes de que el coordinador de ITF empiece a hablar llegará un hombre corpulento, pies de gigante y manos inmensas con una sonrisa y con un bote de nescafé en la mano. El nescafé se ha convertido en una nueva señal de que soy bienvenida en los barcos.

Les explica el trabajo que estoy haciendo y el capitán acepta que esté a bordo. Quizá sirva para algo, dice. Así, como mínimo, tendré la mente ocupada en algo y calmaré a los muchachos, se lee en su cara. Empieza así la historia de una tripulación en la que se discute sobre los sueños del Quijote, se habla de Hemingway y se esconden los conflictos, porque los hay y muchos, sonriendo y durmiendo más de 15 horas al día.

Antes de que se llene la oficina de hombres, el capitán coge uno de los paquetes de cigarros que les he traído y guarda el resto en un cajón. Sonriendo le digo que son para toda la tripulación y él se ríe socarrón. Soy incapaz de inventar nombres para estos marinos que leen El Quijote, quizá dificulte la lectura, pero los nombraré por sus siglas porque cada vez que les pongo un nombre búlgaro o ucraniano inventado siento que los traiciono y regreso a la sigla pelada.

El capitán se llama D. y nunca pierde una sonrisa que yo no sé leer. Por mi parte, he aprendido que no dejar entredichos y hablar claro desde el principio hace que la comunicación y lo que se espera de ellos, y también de mí, sea más fácil, así que le pregunto qué ha pasado sin dar ningún rodeo.  Él enciende un cigarro y lo mira antes de ponérselo en los labios. Cualquier fumador — y yo aún fumo como carretero cuando estoy con ellos– sabría que es el primer cigarro de una marca que le gusta que el hombre saborea en mucho tiempo. Chupa la boquilla, aspira el humo, se llena los pulmones, mira al aire y tira la primera bocanada.

Su relato no es de queja; es una narración literal de los hechos, casi un resumen del diario de navegación: embarcaron el 14 de marzo en Italia, fueron a Turquía, ahí la mitad de la tripulación se fue porque habían finalizado el contrato y llegó una de reemplazo. Siguieron a Libia y a Túnez. Tenían que descargar en Italia, lo hicieron el 3 de agosto en otro muelle, más cerca de capitanía. Ya hacía tiempo que nadie de los que estaban a bordo cobraba su sueldo, se declararon en huelga y contactaron con ITF. Entonces eran 10 marineros. El que era el capitán, junto con otros tres marineros, abandonaron el barco. Están en huelga porque ya hace mucho que no reciben nada del armador. De vez en cuando una mujer los llama, pero él no tiene claro quién es ni de dónde llama. El capitán lleva ocho meses sin cobrar, otros tripulantes, tres o cuatro meses.

Él asumió el cargo y ahora sobreviven gracias a Stella Maris, que les ha dejado el generador, les provee de comida, bebida y ropa y hasta se bañan en su sede que está en el puerto. Denunciaron su caso a ITF, así que esperan que se arregle la situación. ¿Cuándo? No lo sabe; nadie lo sabe. Bandera de Camboya, de conveniencia, claro, como gallardete de la globalización. Así viajan las dos terceras partes de las naves que atraviesan el mundo. ¿Cómo pueden recuperar el sueldo? Vendiendo el barco en una subasta y cobrando los sueldos atrasados, pero el barco es demasiado viejo y el mercado está en crisis.

Se nota que es un cuento que ya ha explicado muchas veces, es casi rutina y, en realidad, ya parece hasta fastidioso repetirlo a extraños. El capitán está más interesado en saber quién soy yo que en mostrarme quién es él. Cuando está a punto de hacer una pregunta, el barco empieza a bandear. Entra un crucero en Civitavecchia, dice. Los dos hombres, él y el anciano de pelo blanco que me siguió por las escaleras, se miran y se levantan de un salto. El aguaje se cuela por debajo del barco, chirrían los cabos y se tensan las estachas de los bolardos, la tetera con agua caliente vibra sobre la mesa y, por unos segundos, el barco se mueve como un edificio mal hecho durante un terremoto oscilatorio; columpiándose de lado a lado. Tengo el corazón encogido porque las probabilidades de regresar al centro no me parece que sean muchas. La televisión sin volumen sigue emitiendo imágenes y es lo único que permanece inmutable al movimiento.

Poco a poco, el mar se calma y el barco regresa al ritmo y al tiempo estático del limbo. Veo que detrás del capitán hay un calendario que se detuvo el día que llegaron a este puerto: el lunes 3 de agosto está señalado con un círculo rojo. El capitán arquea las cejas y su tono se torna duro, nada amable. Me asusta más este cambio súbito de personalidad que lo que me sobresaltó el ajetreo del barco. Ahora entiendo porque el capitán se queja de que los hayan puesto en el dique más alejado: nadie ha pensado que este barco es una pulga comparado con la fuerza de los cruceros. Puede ocurrir un accidente, clama. “Querían enviarnos al mar abierto y yo me opuse. Entonces, nos enviaron a este muelle 13 sin calcular que es muy peligroso. Puede pasar cualquier cosa, tanto a nosotros como a los otros barcos. Esto no puede ser, dicen que es una crisis mundial y para nosotros, los marinos, es el final. No sé si algún día recibiremos nuestro salario. Algunos llevan cinco meses sin cobrar, otro, cuatro, otros, como yo, ocho. ¿Es humano?”.

Acaba de decir lo mismo que hace cinco minutos solo que ahora lo ha hecho enfadado y furioso sacando esa agresividad que le debe de corroer por dentro porque esto es una tragedia sin sentido y que aprenderé oculta tras una sonrisa beatífica. Antes era el relato del diario de a bordo, de la vida de acuerdo a un plan. Ahora es la narración del hombre que no puede más, que se niega al existencialismo y a adoptar gestos vacíos y que aún siente que puede ser un guerrero contra la injusticia o la desgracia.

Los dos ancianos se miran, llega el grandullón y pregunta si todo está en orden. El capitán regresa a la calma con una rapidez más atmosférica que humana y, de nuevo, sonríe más para sí mismo que para mí. Yo no puedo hacerlo. Para mí, nada está en orden: en este barco la línea que separa la serenidad del estallido violento es demasiado fina. Están encerrados en un cadáver, están en un muelle alejados de la vida, están desconectados de la realidad y su único contacto con la vida son las sirenas, la música que se escucha desde los cruceros o las imágenes de una tele encendida a todas horas, pero sin volumen.

 En Italia, me asomo a esta locura en el presente –Faisal ya había salido de ella cuando lo conocí– y en grupo, lo que puede significar violencia.

Todavía no sé qué es este exilio para ellos porque no los conozco, pero el aislamiento en el que viven lo hace más insoportable que en Ceuta, donde estaban al lado de la tierra o en Gibraltar, donde tenían a la admiralty velando por ellos. Regreso a la soledad y enajenación de los barcos en Estambul y a la locura y desesperación que rozó Faisal, en Barcelona. En Italia, me asomo a esta locura en el presente –Faisal ya había salido de ella cuando lo conocí–  y en grupo, lo que puede significar violencia. Veo que están lejos de cualquier posibilidad de reclamo o de diálogo que no sea entre ellos, y presiento que ya hace meses que se cansaron de quejarse los unos con los otros.

“Este barco ha cambiado de nombre varias veces, ha pasado por varias banderas: Panamá, Liberia, Camboya. También el mánager ha cambiado de nombre, de dirección. Yo ya no sé quién es esta gente, en manos de quién estamos. Una mujer llama, pero quién es esta mujer, no lo sé. Es la segunda vez que vivo una situación así. Me abandonaron en los sesenta, pero era diferente. Ahora en Italia hay 12 tripulaciones abandonadas; en Estambul me han dicho que hay 100 barcos a la deriva. ¿Quién sabe cuántas hay en el mundo?”, sigue el capitán.

El aislamiento, el encierro y la miseria son tan evidentes en este barco que me da miedo que un día cuando un crucero entre o salga de este puerto y la nave se mueva, se desentrañe la locura del barco y de los hombres.

“No sé si esto es real o está en mi imaginación”, explica V.

Las operaciones de la marina mercante equivalen al 5% del comercio mundial, unos 380 millones de dólares al año, según la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Unctad). Cada marino embarcado produce unos 650.000 dólares; a este capitán se le debe 26.000 dólares.

Ya son tres los hombres que hay en la oficina. El capitán los anima a hablar porque sabe que desahogarse con una extraña es una válvula de escape. “No sé si esto es real o está en mi imaginación”, explica V., el anciano de pelo blanco que me ha seguido por las escaleras, primer ingeniero de a bordo, de 70 años, vestido de negro riguroso y serio, muy serio. Su color de piel no es el de los marinos que yo he conocido hasta ahora. Es más blanco, más del color de los hombres de tierra y con menos arrugas marcadas en el rostro. Hasta los 60 años trabajó en tierra como maestro. Le gusta enseñar, claro. Se hizo a la mar porque, dice, en Bulgaria no se sobrevive con un sueldo de la orilla y cuando era joven había sido oficial de marina.

El grandullón, por fin, se sienta. Todos tenemos una taza de nescafé enfrente: “Yo trabajé en los submarinos como electricista. Ahora hago lo mismo en los barcos. Tampoco puedo sobrevivir como electricista en la tierra”. Se llama L. y tiene 62 años. Está acostumbrado a estar encerrado, pero prefiere el encierro de los submarinos –estar rodeado por toneladas de agua a muchos metros bajo tierra– que estar en un barco que se sostiene en un purgatorio medio acuático y medio terrestre.

El capitán sabe que tiene que sacar los cigarros porque mira de reojo el cajón donde los ha guardado. Está claro que no quiere y yo no digo nada, y espero.

Estoy sentada en el sofá, siempre hay un sofá para dos y de solera en los barcos. ¿Quién sabe de donde salen sofás como este? Es como ese mueble que se ha heredado de una bisabuela y que desentona siempre, pero que se guarda como reliquia por esa necesidad tan humana de tener un anclaje en algún árbol genealógico. Llegan otros tres marinos. El capitán sabe que tiene que sacar los cigarros porque mira de reojo el cajón donde los ha guardado. Está claro que no quiere y yo no digo nada, y espero. De momento, no los saca.

En el limbo no hay seguridades ni afectos y, por eso, nadie se siente ya dueño de su propio destino ni toma decisiones que lo llevarían a hacer una u otra cosa, que es lo que haría en vida.

A., el hombre despeinado y con cara de enfado que se asomó por la escalera cuando llegué al barco, lleva la voz cantante. Está harto, dice, está cansado del encierro, está saciado del abandono y, es más, es consciente de que así él no aguantará más tiempo. Se señala a sí mismo como un ejemplo de lo que es estar al límite: barba descuidada, piel cetrina, pelo fosco, ropa prestada, irritación permanente, gestos vacíos y palabras cínicas. Él es marino, jefe de máquinas, tiene esposa e hijos, es hombre, es humano, tiene casa y una vida que vivía antes de ingresar en este limbo. Así lo recita. Luego mira hacia ese calendario detenido en el tiempo y dice: “Esto no es posible. Aquí no funciona nada. Este es un cadáver, no un barco”. A., el marino enfadado, tiene 44 años y no quiere cumplir 45 en esta cárcel. Ya no encuentra razones para justificar su encierro; solo quiere salir. ¿El sueldo? No responde.

En el limbo no hay seguridades ni afectos y, por eso, nadie se siente ya dueño de su propio destino ni toma decisiones que lo llevarían a hacer una u otra cosa, que es lo que haría en vida. La desidia conduce a la apatía y ésta al desencanto. Hombres y barcos que habían vivido una carrera contra el mar y contra los relojes viven ahora en una zozobra permanente, en un tiempo espeso, y anestesian su ánima porque si no lo hicieran estallarían violentamente, con furia y ruido. Hasta hace poco paraban 12 horas o, con suerte dos días, en cada puerto. Ahora están en un limbo que tiene raíces acuáticas. Pasa otro crucero, de nuevo hay otro pequeño terremoto y, de nuevo, lo único que prosigue con normalidad es lo que ocurre en la tele.

El marino enfadado sale del estado hipnótico que le ha producido el temblor y señala a un chico. Es el chico que se asomó y dio un portazo cuando yo pasaba por el pasillo. Luce anillo de casado y es el segundo oficial a bordo. Tiene 25 años, se llama R y, de momento, no quiere hablar. Es el marino enfadado quien lo hace por él: “Duerme 12, 15 horas al día para no ver”. El chico se da por aludido y responde: “¿Qué es mejor? Estar despierto y ver esto, estar despierto y vivir esto. ¿El mar? Yo prefiero los ríos que el mar”, dice mirándome a los ojos por fin. El muchacho parece estragado por una depresión que llegó a galope. Su mirada vacía se posa en el rostro del capitán y lo observa con desprecio. Está harto de este hombre que se autonombró capitán y que, por eso, ocupa el camarote más cómodo. Está harto de sus historietas, de su sonrisa y de los puertos que pisó que son los mismos, además, que pisaron su abuelo, su padre y sus tíos. Está harto de recoger las colillas que los turistas tiran antes de subirse a sus barcos para apurar tres caladas.

“Mi mujer tiene 32 años, trabaja como microbióloga, me llama y me dice que no necesitamos el dinero, que me vaya. Yo solo quiero cerrar los ojos y no estar aquí”. Hay miedo en sus palabras, en su gesto, en su desprecio por todo lo que representa el viejo.  Es como si este chico nunca, nunca quisiera llegar a ser lo que es el anciano. En sus sueños, navega en las aguas dulces de los ríos porque ahí sí que hay una meta, un final. El mar se mueve en espiral como la locura.

Todo el mundo calla hasta que el capitán se acuerda del otro marinero. Grita su nombre y a todos les cambia la expresión. El grandote sale de la oficina y va a buscarlo. O., el marino ucraniano que habla portugués, es el eslabón que los mantiene unidos: es quien tranquiliza al marino enfadado cuando los nervios lo crispan o la mala leche le enturbia el ánimo; quien anima al chico y hace que se levante de la cama; quien negocia entre los tres mayores y los dos más jóvenes para que estos dos últimos no se amotinen, no se insulten, no se cojan a puñetazos.

Viernes, pasta, pasta y más pasta.