El portugués aparece en la oficina. Es joven y ahora es el cocinero de a bordo, pero se embarcó como marino de primera. “Acabo de tener un hijo. No lo conozco. Estoy aquí prisionero y no sé cuándo nos iremos. Me hice marinero siguiendo un sueño. Trabajaba en un supermercado, pero siempre quise seguir los pasos de mi padre”, dice y, de nuevo, todo el mundo calla porque todo el mundo sabe que es él quien debería salir el primero de este encierro. ¿Sabes si el niño y la madre están bien? “Sí. Vi una foto en la sede de Stella Maris”. “En foto, en foto”, repite el marino enfadado, y el portugués lo disuade con gestos para que se calme porque sabe que el enfado no sirve para nada.
Necesito aire, escapar de esta oficina y perder de vista el sofá y el calendario y el reloj que está parado a las 13.00 horas. El marino enfadado se levanta y dice que me enseñará el barco. El capitán fija su atención en la tele: se pasa el día frente a esa pantalla sin volumen porque aunque no entiende lo que dicen, de las imágenes siempre suele sacar algo, una interpretación propia de esta Italia cuya tele es un catálogo de mujeres jóvenes, guapas, radiantes, sonrientes, operadas: las llaman velinas. Una tal Noemí, de 18 años, está siempre en la tele. Le gritó “papi, papi” a Berlusconi el día que cumplió 18 años. No es necesario volumen para saber que, aunque podría ser la nieta de Berlusconi, Noemí no es de la familia.
La cubierta está llena de cabos adujados, de maderas rotas, de hierros sueltos y oxidados. De unas cuerdas cuelgan la jirafa y el osito que he visto cuando he llegado. De otra, una herradura vieja que reclama algún tipo de fortuna que no llega ni por asomo. El marino enfadado se apoya en una barandilla vieja y me señala el barco, luego los otros barcos, los que se ven en los otros muelles. Frente al nuestro, está el Celebrity Equinox, un gran crucero inmaculado. El nuestro es más un pontón o almacén que un naviero.
Él no es europeo, no pude desembarcar e irse a pie por Italia. Lo pararían en cualquier aduana y qué diría: ¡El armador me abandonó! ¿Quién creería esta historia de marinos perdidos?
Él no habla un inglés perfecto. Se expresa con ese pidgin English que marineros y comerciantes portuarios utilizaron como lengua franca hasta mediados del siglo XVIII: 3.000 frases sobre seguridad, mar, acuerdos, comercio. Nada más. Explica que no es alemán o italiano; él es ucraniano y por eso está sepultado en vida en este ataúd. ¿Por qué no se va?, le pregunto. Me mira como si esa fuera una posibilidad remota, algo imposible, algo que ya hace muchísimo tiempo que su cerebro ha descartado y la voluntad ni siquiera lo toma en cuenta.
¿Irse? Él no es europeo, no pude desembarcar e irse a pie por Italia. Lo pararían en cualquier aduana y qué diría: ¡El armador me abandonó! ¿Quién creería esta historia de marinos perdidos? Se calma, me señala el agujero donde antes había el fertilizante y empieza una visita por el barco.
En cubierta, se han hecho un pequeño gimnasio con madera y cuerdas. Se ríe porque fue idea del electricista grandote y, en realidad, fue algo que se hizo sin objetivo y por eso no se utiliza. Unas cuerdas aguantan unos pesos y hay que subir y bajar una madera para que haga algún efecto. El electricista, ajeno a las risas de este hombre, está en el muelle revisando los 16 cabos que sujetan el barco a los norays y que son la única medida de seguridad cuando el barco se tambalea. Justo detrás del barco, está un remolcador. Cuando anoto su nombre, Eugenio III, me doy cuenta de que es el mismo que vi cuando llegué a Civitavecchia en el barco de carga. El mar es un círculo sagrado, depende de quién lo dibuja es más grande, más cerrado, más triste. Al parecer, yo trazo espirales más que círculos.
“Los cruceros”, dice el marino enfadado y no acaba porque unos gritos nos interrumpen. Acaban de llegar un anciano y una chica joven: son la gente de Stella Maris con víveres y veo que el capitán ha bajado al muelle a recibirlos.
Nosotros también descendemos al muelle y mientras camino, veo que de una de las cuerdas cuelgan pescados secos. “El viejo”, dice el marino enfadado y entiendo así que es el anciano de pelo blanco vestido de negro luto quien los pesca.
Pasta, pasta y más pasta, dice el capitán, quien se ríe de que la pasta no es carne, pero al mismo tiempo, agradece los spaghetti que le traen. El capitán conduce a las dos personas a su oficina y a mí no me queda más remedio que seguirlos. Estoy encerrada otra vez en este despacho. El hombre de Stella Maris predica que no puede ser que tengan que gastar en cigarros porque ese es un vicio y no una necesidad básica. El capitán lo mira con una sonrisa. El hombre es italiano y también fue capitán de barco. Ahora está jubilado y, desde 1997, colabora con Stella Maris. Mientras navegó, nunca en su vida había escuchado ni de barcos perdidos ni de tripulaciones abandonadas. Fue cuando empezó su vida en tierra cuando supo que esto sucedía. De la chica nunca sabré nada. Es joven, una voluntaria de la organización católica.
Yo desconecto de la charla y me doy cuenta de que el barco está lleno de unos cuadros insólitos que no ayudan a alejar la locura: un camello de cuello estirado aparece en uno de ellos. Lo monta un beduino que le reclama agua a una mujer que también está en la escena. Ella está en el suelo con la vasija en la cabeza. Los dos capitanes hablan de manera políticamente correcta. El búlgaro sabe que tiene que ser amable diga lo que diga el otro, y el italiano es líder por haber sido capitán y no soporta ver la miseria que lo rodea. Yo los escucho de fondo y sigo observando el cuadro: en mi cabeza me voy a Jordania.
Cuando estuve ahí, nunca supe si los beduinos iban o venían, tampoco descifré lo que pensaban ni los llegué a conocer bien porque no me lo permitieron. Sé que los beduinos nunca fueron hombres de mar. ¿Qué hace un beduino encerrado en un cuadro de un barco mercante? No lo sé. Quien lo clavó en esta pared lo llevó a surcar mares. Estoy convencida de que si fuera de carne y hueso hubiera luchado antes de vivir atrapado en un cuadro y rodeado de agua.
Junto al cuadro hay un atrapamoscas a rebosar de insectos muertos. No lo había visto hasta ahora. Los atrae el olor y se quedan pegadas a la viscosidad. Una mosca incauta se acerca peligrosamente al artefacto y se engancha, primero aletea un poco con un ala, mueve las patitas y luego se queda quieta supongo que para siempre. El sofá, el cuadro, el humo que se acumula y hasta crea formas, otro crucero que entra y otro temblor, y las moscas muertas o agonizantes…
Empiezo a estar mareada otra vez. Me disculpo y salgo a la cubierta. Ahí me apoyo en una pared en la que hay un teléfono lleno de grasa y otro reloj parado a las 13.00 horas como el que hay en el despacho del capitán. El teléfono no tiene conexión con nada, no hay nadie al otro lado, pero ahí está y su presencia me inquieta. Quiero descolgar el auricular, pero me da miedo que alguien responda, así que no lo hago.
Regreso al camarote y los dos capitanes siguen charlando. Ahora me fijo que junto al calendario que se quedó suspendido en agosto hay otro en el que alguien se encarga de tachar los días. Hoy es 15 de noviembre, aún no ha pasado ni medio día pero algún marino ya lo ha tachado.
La gente de Stella Maris se va y yo aprovecho el coche para salir del muelle. Caminando, el barco está a unos cuatro kilómetros de la ciudad. Mañana, llegaré con carne, les he dicho, y haremos una barbacoa, pero primero quiero hablar con cada uno de ellos.
Domingo, luchando contra los molinos.