[Nota de la autora: lo siento, algo hice mal. Este último fin de semana he estado desconectada, celebrando mi primer aniversario de bodas y programé mal la entrada. Aquí está]
Luchando contra los molinos de viento (24 de 32)
Cuando he llegado al barco, ya me estaban esperando. Lo he hecho 15 minutos tarde porque el bus blanco que he tomado –me he hecho pasar por crucerista– me ha dejado a unos dos kilómetros. El capitán los ha citado a todos en la sala de mando. No esperaba que estuvieran todos juntos, pero es así y ya no puedo hacer nada. De hecho, han improvisado una reunión en esa sala. Por primera vez, los veo juntos, generalmente son cinco porque el portugués sabe tornarse invisible y no estar nunca donde estoy yo.
El capitán está en el medio, sentado en una silla y sonriente. Las piernas le cuelgan y las balancea como niño travieso. El primer ingeniero, otra vez de negro riguroso, pero con otra camisa, está a su lado. Detrás, el marino enfadado y el soñador de ríos. El electricista grandullón junto a la puerta y el portugués, que llega tarde y no sabe dónde colocarse, acaba a la izquierda del capitán. Los voy a grabar y primero les pido que me expliquen por qué se hicieron marinos. Hay una discusión en ruso y el capitán dice que los representará a todos. Empieza el monólogo.
“Espera”. Se enciende un cigarro. Detrás de él hay otro reloj parado a las 13.00 horas. Ya son tres en este barco y aún no sé por qué se detuvieron a esa hora. El hombre sonríe y no carraspea. “Yo me hice marino porque mi abuelo lo era. Me contaba historias y yo quería ver mundo, conocer países y gentes. Fui a la escuela naval, trabajé en la flota pesquera búlgara hasta que me jubilé y entonces empecé a trabajar para compañías privadas porque en Bulgaria no se puede vivir de la pensión. ¿Vi mundo? Sí. Ahora lo que veo es que este mundo está en crisis y que nosotros hemos naufragado. El primer oficial, V., ha vivido lo mismo que yo: él estudió en la escuela naval, luego se enroló en la flota pesquera hasta que lo dejó para trabajar como maestro durante muchos años. Es lo que le gustaba. Se jubiló y tuvo que embarcarse en las compañías privadas como hice yo, eso es lo que nos ha dado el capitalismo. Él, que es un apasionado de el Quijote, dice que estamos como el Quijote frente a los molinos: ‘No sabemos contra quien luchamos’. Somos soñadores como lo son el Quijote y Sancho Panza”.
En la sala todo el mundo está quieto, nadie quiere interrumpirlo ni perturbar su discurso. A. , el marino enfadado, mira por la ventana; es el único que no tiene la mirada fija en el capitán, que sigue hablando.
“A. es el segundo ingeniero de abordo. Él dice que leyó a Hemingway y que por eso se enroló. Nuestro electricista trabajaba en submarinos, se jubiló y como el primer ingeniero y yo mismo, tuvo que enrolarse en este tipo de barcos de compañías privadas que son el arma del capitalismo más salvaje que nos ha tocado vivir como hombres o marinos. El segundo oficial tiene a toda su familia en la marina. ¿O.? O. se hizo marinero de mayor porque quería ver mundo. El 8 de octubre nació su hija y aún no la ha podido tener en brazos. No lo estamos pasando bien, ni él ni ninguno de nosotros, pero ninguno de nosotros podemos cambiar de profesión. ¡Ojalá pudiéramos trabajar en la orilla como hace mucha gente!”.
Calla, pasa otro crucero cerca del barco. Todos se ponen en alerta y lo siguen con la mirada. El capitán se gira: “Cada día entran siete cruceros en este puerto. Ellos viven la vida real. Nosotros no. Tenemos la esperanza de que esperar haya sido una buena opción. No lo sabemos”.
El hombre calla. Tengo que decir algo, pero aún tengo mi cabeza en Sancho Panza, en El Quijote, en los molinos y en Hemingway. Solo me sale preguntar si alguien quiere añadir algo a las palabras de este hombre. Se levanta el marino enfadado y ocupa la silla del capitán. Sigue el mismo ritual y se enciende el cigarro. Mira hacia la ventana y luego empieza a mover aceleradamente la pierna derecha.
“Nosotros solo vemos pasar la vida; no la vivimos como hace la gente. No tenemos nada que hacer. Aquí nada funciona y no ha funcionado nunca. Tuvimos un incendio cuando cruzamos el estrecho de Dardanelos. El motor se incendió y lo apagamos como pudimos. El motor se calentaba hasta temperaturas insoportables, desde que empezamos el viaje ha sido imposible trabajar y aquí estamos. Mi mujer me envía un mensaje cada día. ¿Qué le puedo contestar? Nada. Ya no soy hombre de honor”.
Aquí se enfada: este mensaje sin respuesta, dice, es lo que lo devuelve a la realidad porque ahora que se ha acostumbrado a recitar solo un sartal de quejas, ya no tiene claro si a ratos ha traspasado la línea de la locura o si sigue del lado de la cordura. La reunión se acaba en silencio.
Nadie reacciona hasta que el capitán dice que prepararán la barbacoa en cubierta. Bajamos: el portugués y el soñador de ríos se encargan de la comida. El electricista grandullón y el anciano de pelo blanco construirán una mesa. El marino enfadado está seguro de que no lo harán bien porque, dice, nada de lo que hacen sale bien. Ellos no le hacen caso. El capitán se sienta al sol y no hace nada.
Durante dos horas hay muchísimo movimiento en el barco. El capitán es el único que sigue sentado, fumando mientras observa cómo montan la mesa con maderas abandonadas. Les preocupa que yo no quiera comer en ella y me río. Comeremos carne, dice el capitán, ajeno a la mesa, al trajín y al trabajo.
Ahora cada cual me quiere contarme a solas su propia historia. El anciano de pelo blanco me lleva a su cabina y saca un péndulo. Su padre era agricultor y entiendo que algo así como mago. Guarda una foto en blanco y negro de él: también era gallero y en la imagen sostiene un gallo de pelea vencedor de muchas riñas. El hombre prepara su péndulo y dice que puede moverlo con el pensamiento como hacía su padre, y se concentra para ello. En su cuarto cuelga un bastón de anciano junto a una mujer en cueros. Veo cómo entrecierra los ojos y el péndulo se mueve. Le doy la enhorabuena, no me importa si es realidad o mentira. Aquí ya no hay distinción entre una y otra. “Cuando el capitalismo llegó a mi país, todo cambió. No nos hizo más libres, no es ético. Es acumulativo, no luchas para ser libre: lo haces para consumir”.
Él sigue anclado tanto como puede en el pasado. En su habitación se amontonan las novelas. No entiendo los títulos, pero por las portadas sé que narran historias de la guerra fría y sé que los héroes no son los mismos con los que creció mi padre, sino los del bando contrario. El anciano busca entre sus papeles y encuentra una estampilla de Stella Maris. Me la pone en la mano y, dice, me protegerá en esta tarea de andar contando historias de hombres perdidos y de mares. La miro y me parece un regalo precioso. En la plegaria, se habla de vientos, de la mar, de puertos a los que arribar, del viaje como travesía y de la necesidad de que un poder divino proteja al barco y a su tripulación para que regrese a tierra firme. En la oración, quien reza suplica al mar que no lo hipnotice ni lo obligue a olvidar a su familia.
El anciano de pelo blanco se anima y dice que me enseñará otra cosa en cubierta. Señala unos cabos que cuelgan del barco. Los sube y veo que hay pequeños cubos atados a ellos. Así pesca, de ahí provienen los peces secos que cuelgan por la cubierta del barco.
Junto a este hombre, sé que este barco habla un lenguaje cansado y viejo que yo no entiendo, pero sí que escucho. Los cabos, cuerdas y sogas con las que el barco se mantiene atado a los norays se rozan. Son tantos que más que un rumor es casi una lucha entre ellos por mantener el barco quieto. Se escuchan las olas que chocan contra la quilla vieja y oxidada. En el hueco donde estaba la carga ruge el mar enfadado. El barco chirría y gime cada vez que un barco pequeño o un crucero pasa cerca. Luego hay sonidos que no sé de dónde proceden ni son identificables para mí. Se escucha un rechinido cada 10 minutos y no estoy muy segura de si viene de dentro o de debajo del barco. Las maderas crujen desesperadas y me da miedo que los tornillos, si es que los hay, se desclaven.
La mesa ya está hecha y el chico que sueña con ríos y el electricista están enzarzados en una discusión. Ha quedado torcida, se ven los clavos, se ve que es una chapuza y el joven se ríe del otro por viejo. Al viejo no le gusta y se enfada. Intervengo porque me da miedo que estallen en un rapto de cólera: busco un papel y lo pongo encima de la madera. Asunto arreglado sin que nadie pueda sembrar más cizaña. Hay algo que me sigue sorprendiendo de los barcos: siempre te dan soluciones si les planteas los problemas de manera adecuada.
Antes de comer, el electricista me explica cómo eran los submarinos. Rápidos, disciplina, no entiendo bien qué quiere decirme, pero cada frase empieza y acaba con “guerra fría”. Me hace bajar las escaleras y me pide que apunte que el barco viaja con bandera de conveniencia y que ese es “un gran problema”.
El soñador de ríos me lleva a la cocina. Una sola bombilla fúnebre ilumina la estancia. Hay bolsas de plástico por todos lados, hay cajas de pasta en la mesa, sobre la nevera. Es más un almacén que una cocina. No pueden guardar nada porque por las noches no tienen electricidad, así que la nevera solo funciona de día. En una repisa hay un gramófono viejo, lleno de grasa y que tampoco funciona. Entiendo que el soñador de ríos solo quiere estar una rato a solas conmigo, pero que no dirá nada más de lo que ya ha explicado.
Comemos en cubierta y fingiendo que somos como una familia. Cada cual en su sitio, cada cual con la ilusión de ser parte de algo y, aunque no sea fiesta, con las mejores galas. En este barco todo cambia a la rapidez que lo hace el pensamiento humano. Los estados de ánimo, los humores, las charlas son graves ahora y alegres en un segundo. Hay una discusión: quieren juntar dinero para que uno de ellos vaya a comprar bebida. Están a cuatro kilómetros de la ciudad, pienso. El problema, en realidad, no es ese. Algunos no tienen papeles, no son europeos y no quieren que les paren los carabinieri y que la capitanía del puerto les pueda poner más problemas y que eso retrase su salida. Legalmente quien consta como tripulante de un barco no tiene que tener problemas para bajar a tierra, pero en este abandono las dificultades llegan sin previo aviso.
El anciano de pelo blanco se ha cambiado la camisa negra por una de cuadros rojos y negros y prepara un pequeño carrito para maletas y se va. Es viejo y con los viejos casi nadie se mete, tengan o no tengan papeles. “Es especialista en hacerse invisible”, asegura el capitán. Yo recuerdo la pintada racista que vi en la pared cuando llegué a Civitavecchia.
Seguimos con la sobremesa y me piden que les cuente dónde he estado. El capitán ya lo sabe así que deja que yo hable. Fuma y fuma y fuma. Lo miro con cara de que ya es hora de que saque los cigarrillos y, al fin, en esta sobremesa familiar, se da por aludido. Regresa con un paquete de Camel y los reparte. Un hombre, un cigarrillo. Yo callo. Sé que es su manera de mostrar su autoridad. Sabe que, excepto el otro anciano y el electricista grandullón, el resto puede amotinarse cualquier día. El portugués no lo hará, pero los otros dos están a punto de perder la paciencia. El capitán brinda por Anastasia, la hija del portugués. El bebé los une a todos. Luego, explica que anoche tuvo un sueño: que venía el nuevo dueño del barco y el barco se ponía en subasta. Si ese hombre aparece, ellos se podrán ir a casa porque ITF los repatriará. Empiezan a discutir.
Anochece y preparan las linternas. Por las noches, el generador se apaga y hay que moverse por el barco a tientas. Por eso cada cual se va a su camarote antes de que sea noche cerrada y se envuelven con una manta prestada por Stella Maris. Si hace mucho frío, encienden un fuego con las maderas que encuentran.
Un atardecer decido que mañana ya no regresaré. ¿Por qué? Porque no puedo hacer nada más en este limbo. He intentado llamar a la mujer con la que habla el capitán de vez en cuando, pero nadie ha respondido el teléfono. El capitán dice que ya hace días que ese número ni siquiera da señal.
Cuando abandono el barco, el electricista grandullón me da un abrazo y me desea suerte. El anciano de pelo blanco no está. Como casi cada atardecer ha ido a la sede de Stella Maris a buscar algo, a conectarse, a dar una vuelta. El resto se despide con un apretón de manos. Les digo que si paso por Italia regresaré, pero ellos saben muy bien que no lo haré. Como cada día, están preocupados porque tendré que caminar sola esos cuatro kilómetros. Les digo que no se preocupen y desembarco. Es la primera vez que no firmo mi salida; tampoco firmé en el libro de entrada cuando llegué.
Es noche oscura. Camino media hora hasta que para un coche y una chica se ofrece a llevarme. Le explico lo que sucede en el muelle 13. Ella no sabía nada y eso que cada día va y viene varias veces desde la ciudad al muelle. Trabaja para los cruceros. Nos topamos con el anciano de pelo blanco que viene cargado con un carrito lleno de algo. No me ve y no le digo nada. Tampoco le explico a la chica que ese abuelo es uno de los marinos del muelle 13. Ella conduce silenciosa. Esa noche cojo mi maleta, hago el camino a la inversa, de la ciudad a la estación de tren, y me voy a Roma. Tomo el último tren y me quedo dormida. En mis sueños aparece esa Civitavecchia que no he visto, pero que se me aparece como medio ciudad, medio pueblo, medio Italia, medio tomada por cruceristas, medio berlusconiana, medio setentera. Me despierto y anoto que la combinación, por estrambótica, podría ser interesante, pero como es el dinero el que le da unidad a todo, el panorama se convierte en deprimente. En la información que me han dado en el hostal hay una ruta por la ciudad. En realidad, no es un no-lugar, solo es como Italia o España: vive de su pasado sin saber enfrentar el futuro; le falta imaginación.
En Roma, quiero ver la placa de mármol en forma oval que se supone que es el primer mapa del Mediterráneo. Lo hicieron por orden de Agripa y representa el Mare Nostrum, las fronteras del Imperio romano. Escuchando la grabación, ya en Barcelona y preparando el viaje al Canal de Suez, sabré que el capitán, el anciano de pelo blanco, el marino enfadado, el electricista grandullón y el portugués que en realidad es ucraniano llegaron al puerto italiano un lunes 3 de agosto del 2009 a las 13.00 horas.
El viernes, (ahora sí de verdad): sangre en la libreta en Egipto.