Egipto: sangre en la libreta (25 de 32)

Nacimos en el mar, por Camilla de Maffei.

Son tres hombres. Uno, el más joven, habla inglés y es quien lleva la voz cantante porque traduce lo que preguntan los otros dos y añade interrogantes de su cosecha. Se nota cuando la pregunta es propia porque la formula con sorna y echando el anzuelo para que yo me contradiga. Luego, sonríe y enseña una dentadura blanca, perfecta. Hace cuarenta minutos que estamos en esto de intentar saber quién soy yo. Cada vez que balbuceo algo, los dos oficiales que no hablan inglés me atropellan en árabe, y casi no me dan tiempo para que responda o para que el joven traduzca. De repente, callan y solo me observan; entonces no digo nada y espero.

Los tres están detrás de un escritorio de madera enorme, uno de esos burós con muchos cajones y media docena de portalápices que marcan la frontera entre quién está detrás y quién está al frente. Si las cuento, entre los tres acumulan un tesoro de medallas en sus uniformes negros. Creía que esto solo ocurría en el cine o en la literatura, pero ahora estoy en una oficina de la Autoridad Portuaria del Canal de Suez, en Suez, sentada en un banquito que me hace sentir como una cucaracha respecto a los tres oficiales que me están interrogando desde sus sillas de despacho. Claro que ellos dicen que me están entrevistando y yo, por si acaso, no les corrijo. Son ellos los que decidirán si puedo trabajar en el canal de Suez y, sobre todo, si el viaje a Egipto ha sido en vano.

El oficial sigue con sus preguntas. Es la tercera vez que me pide lo mismo: “¿Qué son las tripulaciones abandonadas?”. Y yo le respondo siempre con las mismas palabras sin añadir ni quitar un acento: “Tripulaciones que van perdiendo el contacto con el armador y que no cobran el salario desde…”.

Me siento como si tuviera que ocultar algo cuando en verdad mis respuestas son totalmente sinceras: “Tengo una beca del Conca, del Gobierno catalán, trabajo recogiendo historias de las tripulaciones abandonadas en el Mediterráneo”. ¿Todas? “No, todas no. Hay más de 500 en todo el Mediterráneo. Aunque quisiera, no daría abasto”. ¿Por qué el Gobierno catalán se interesa por un tema como este? “ A ellos no les interesa el tema, les gustó el proyecto y me dieron una beca”. ¿Una beca? “Sí, dinero para que hiciera el trabajo de campo. Es un drama humanitario que no solo afecta a Egipto”. Entonces, ¿por qué Egipto? “Porque ITF me ha informado que aquí, en este extremo oriental del Mediterráneo, hay muchísimas tripulaciones abandonadas”. El joven sigue: ¿Harás fotos del canal? “No”. ¿Solo trabajarás con las tripulaciones, cómo dices, abandonadas? “Sí”.

Un ventilador remueve el aire caliente y los dedos de mis pies juegan con la alfombra roja y negra que tapiza la sala. Los tres hombres discuten en árabe y yo me desconecto. Es algo que aprendí trabajando junto a la sección de deportes de un periódico. Alguien alza la voz y mi cabeza se va muy lejos.

Ahora me largo a otra frontera: a la de Irak con Jordania porque la actitud del joven oficial egipcio me recuerda a un soldado jordano que conocí en esa parte del mundo. En la CNN, George W. Bush acaba de declarar que su  guerra ha llegado al the end. Un marine americano interroga en árabe al conductor iraquí que me saca del país. Yo estoy sentada en el asiento trasero del coche. El marine le ordena que me deje en la frontera y que regrese. Luego me mira y, en castellano, me repite lo que acaba de decir en árabe. Nos despide apuntando el coche con la metralleta, y yo no sé qué decir al hombre que tengo enfrente. En silencio atravesamos tierra de nadie hasta que nos detenemos en la frontera jordana. Ahí un oficial jordano interroga al conductor. Sabe que tiene que enviarlo de vuelta porque el soldado estadounidense lo ha ordenado. Está serio, tiene los mismos ojos verdes que el oficial egipcio que me interroga ahora y la misma mirada de halcón. El conductor suda; yo me estoy helada. El oficial jordano lo vacila y explota en una carcajada: vete. El conductor acelera rumbo a Amán y no se detiene en todo el camino.

Ese jordano tiene la misma actitud que el joven oficial egipcio. Lo miro y reconozco que me encantaría interpretar el papel de espía: ser Mata Hari, Violette Szabo o Virginia Hall y confundirlo, pero el interrogatorio se da por acabado sin que yo me dé por aludida y sin que me atreva a interpretar ningún papel o preguntar el resultado.

Es mediodía y, sin saberlo, tengo el permiso: puedo trabajar durante 72 horas en el canal de Suez. Salgo de la sede de la Autoridad Portuaria del Canal de Suez con una autorización plastificada que no adivino si ya estaría lista cuando entré hace ya más de una hora a este edificio moderno a la orilla del canal. Es casi una pequeña obra de arte: dos columnas con jeroglíficos, un texto en árabe y mi nombre y un “Espanish”, en bolígrafo.

Domingo. El puerto militarizado de Tawfig