El puerto militarizado de Tawfig (26 de 32)

Tras obtener el permiso, me acerco a las agencias de embarco de Suez que operan en un edificio a las afueras de la ciudad. Ellos sabrán si hay tripulaciones abandonadas en este mar encapsulado. Consigo que un agente de embarque me hable del abandono del  barco que opera. “En el barco de carga viven tres chicos; son una segunda tripulación”, dice el agente. El armador griego desapareció hace siete meses y dejó en el barco una carga de acero, cinco rusos y un indio. Excepto al indio, el agente los repatrió a todos porque las peleas eran diarias y puso el caso en manos de la corte egipcia. El indio sigue con él en tierra. Llegará al rato y si quiero hablar con él, también puedo hacerlo. ¿El barco? Será subastado, y él espera tener opción de compra. Repatriar a los marineros fue una buena acción, pero le costó unos 70.000 dólares y pretende recuperarlos con la compra del barco, que está en buen estado y puede seguir navegando.

El hombre tiene unos 60 años largos y es quizá el primer agente que encuentro que se sienta conmigo, de igual a igual y el uno junto al otro en el mismo banco de madera. “Esto es inhumano”. Argumenta que la fe musulmana no permite el abandono, que un fiel como él no concibe esta situación y, ni mucho menos, puede quedarse cruzado de brazos. “Tengo un gran respeto por esta gente. Lo que ha pasado, esta crisis, no puede suceder otra vez. Estar ahí, abandonado, sin comida, sin esperanza. ¿Se imagina?”. Me imagino. Este hombre lleva 30 años trabajando como agente y, dice, es la primera vez que vive algo así.

No sé si será la fe o el interés lo que lo mueve, pero sé que está preocupado y que le afecta esta situación. Quiere comprar el barco, pero creo también que está preocupado porque el mundo que era el suyo está hecho añicos, es cada vez más salvaje y él no sabe ni cómo moverse o, peor aún, ha perdido la fe en él.

El marino indio se acerca: cuarenta y tantos años, primera vez que le sucede esto. “¿Por qué sucede?”, me pregunta. La crisis económica, estoy a punto de responder, pero como ya hace meses que pienso que esta crisis es más de valores que económica, me callo. “El propietario del barco era un hombre honesto, o eso me parecía, pero, poco a poco, nos dejó de lado, nos quería arrebatar nuestros derechos y nos abandonó”, dice el indio.

El agente me da el número de teléfono de un barquero. Al rato lo llamaré y supongo que ya será mañana cuando iré a esta nueva área de espera de este canal que conecta dos mares. Necesito ir al baño: nunca encuentro baños para mujeres en Egipto. Aún no he visto a ninguna mujer en esta tierra.

Cuando salgo del edificio, ya son las 16.00 horas y me han dicho que en el puerto de Tawfig, cerca de las oficinas de la Autoridad Portuaria, hay un buque de esos que yo llamo abandonados. Está en la dársena, así que de momento no necesito ni barquero ni lancha. Entraré a pie y solo espero que el tarjetón sea suficiente para los soldados que hay apostados en la entrada.

Frente a la puerta de hierro forjado del puerto, encuentro una cola de coches. Cada automóvil que entra es revisado minuciosamente. Desde que Nasser nacionalizó el canal, en 1956, los egipcios tienen claro que los 178 kilómetros de largo del canal son los más fructíferos del país. Yo atravieso a pie, y rebuscan en la mochila, hojean la libreta y abren el ordenador aunque no lo encienden.

Encuentro el barco porque, de nuevo, hay algo en él que lo hace aparecer como una aparición fantasmal. No es viejo, pero está descuidado, como dejado, como sin alma, como perdido. Es un barco de sofás mullidos, mesas de bingo, una moqueta roja, asientos reclinables, zona de juego y unos cristales grises que apagan el sol a medida que me interno en el barco.

El barco lleva cinco meses detenido porque el armador no ha pagado las tasas del puerto, la tripulación lleva los mismos meses sin sueldo y en un suspense que no augura nada bueno. Es un ferry de pasajeros con bandera de Malta y armador egipcio. Circulaba por el canal haciendo la ruta Egipto-Arabia Saudita.

Entre semana, la dotación completa –unas 12 personas– vive a bordo. Cada jueves 11 de ellos peregrinan hasta sus casas en busca de comida y solo uno se queda como guardián del barco. Son egipcios y prefieren irse a casa que dormir en este barco sin luz, sin calefacción y sin seguridades. Ya es suficiente que las noches de entre semana tengan que andar con una linterna en la mano.

No sé nada de todo esto cuando subo por la pasarela de metal y pregunto por el  capitán. Un hombre mayor dice que pase, que él hace las funciones de capitán porque este hoy no está. Es el primer oficial. Sin llamarlos, toda la tripulación aparece, se sientan alrededor de una gran mesa de casino y empiezan a discutir entre ellos.

Uno lleva 12 años de servicios en este barco. Otro, 11. ¿Qué ha pasado? Nos han abandonado, dice uno. Otro grita que no, que aún hay contacto con la compañía y que esto no es abandono. Siempre es lo mismo, pienso yo.

De nuevo, hay dos bandos, el de los mayores –que aquí son viejos miembros del ejército egipcio– y los que solo conocen la vida según la globalización. Hay un abismo generacional entre unos y otros y, sobre todo, están detenidos en un precipicio de inseguridades que puede hacerles caer en picado. Uno de los mayores había pilotado un caza egipcio. No murió en el aire, ahora está enterrado en el mar, dice. Uno de los cuarentones era mecánico de coches, ganaba poco, pero vivía. Ahora es un zombi. Otro de los mayores habla del mundo que vio y de las grandes cantidades de dinero que pasaron por sus manos. Se rasca los bolsillos, están vacíos. “Esta es una vida de perros. Firmamos los contratos según la bandera. Son banderas de conveniencia que no se ajustan a la realidad. A veces, he firmado contratos de boquilla que luego no he visto o que ni siquiera he leído y siempre lo he aceptado porque me gustaba el dinero en mano. Ahora no tengo nada”. Un joven mecánico de veintitantos dice que se larga, que ya no puedo más, pero se queda sentado con los brazos caídos. Él no se subió al precipicio: siempre ha estado en el suelo, y no conoce ni puertos ni mares ni aventuras de marino. 

La historia se repite. Yo anoto los doce relatos mientras la luz se va apagando y el ambiente es cada vez más gris. No ayudan esos cristales que protegerían a los pasajeros del sol cuando el barco hacía sus travesías y que ahora lo mantienen en una luz de duermevela. La historia de Waleh, la de Mohammed, la de Walid es la misma que la de Uros, Vladimir, Beppo y de todos lo marinos que no he podido nombrar porque automáticamente entrarían a formar parte de las listas negras. Hablan durante horas hasta que atardece y uno se levanta a buscar linternas. Ver un barco a oscuras e iluminarlo con haces de luces da miedo. Un poco de luz y aparece un escalón traicionero. Oscuridad a la derecha, delante, a la izquierda y atrás. A la derecha, se escucha un ruido que no identifico y que me pone en alerta.

En un rato, cada cual se irá a su cabina y yo me voy a un hotel. Cada vez que doy un paso, 12 linternas me iluminan los pies y todo el resto se queda en la sombra. Es miércoles aún les quedan dos días más de encierro, de haces de luz, de sol que se pone en el canal y noches espectrales. Cuando vayan a casa, traerán tabaco, agua, comida e historias del día a día.

En esa hora azul que indica que comienza la noche, salgo de este barco a pie y atravieso el control con mi tarjeta de plástico visible. Ningún soldado se inmuta: siguen sentados en su caseta con las metralletas en la mano y las piernas abiertas. Al parecer, ya saben quién soy. Me pregunto qué pondrá en el tarjetón.

No contaré nada de la noche que dormí en Suez porque hay poco que relatar. Me hospedo en un hotel barato de una calle de Suez que no sé si está en el centro o en las afueras porque no entiendo el trazado de esta ciudad.

El propietario me ha cedido la habitación de la azotea porque es la más “segura” aunque no me ha sabido decir por qué necesito una habitación “segura” ni cuál es el peligro. Llamo al barquero que mañana me llevará al canal y salgo a otear la ciudad desde la azotea. No veo ni vecinas ni ropa tendida y, la verdad, hay pocas parabólicas. El canal siempre está ante mis ojos. Millones de euros se desplazan por el agua y las gentes del canal de Suez viven en una pobreza y en un paisaje que no se ha recuperado de todas las guerras que se han librado aquí. Las calles están destrozadas desde los años setenta y el polvo cubre edificios, coches y da un aire decadente a todo el paisaje. La ciudad tiene una estación de reaprovisionamiento de combustible para barcos, refinerías petroleras y fábricas de fertilizantes. ¿Dónde está el dinero? Yo solo veo esta capa de polvo que uniformiza Suez.

Cada día dos convoyes atraviesan el canal: uno parte de Suez a las 6 de la mañana y para en Ismailiya. El de Puerto Said sale a medianoche y se cruza con el otro en Ismailiya. En esta azotea maltrecha y solitaria, espero a que el convoy salga.

Martes, los barcos fantasma del Canal de Suez.