Los barcos fantasma del canal de Suez (27 de 32)

Amanece nublado y con una niebla espesa de las que rodean árboles, gentes, personas y que no dejan entrever lo que está a dos metros. Es ahora cuando me doy cuenta de que las aceras de Suez son demasiado altas y que están llenas de baches. En Latinoamérica son las raíces de los árboles las que levantan el concreto, aquí los agujeros parecen de mortero, de bala, de obús. El agente que tiene que acompañarme al canal me espera en su oficina. Llego tarde porque con la niebla me equivoco de calle y me pierdo. No puedo  creer que el hombre tenga su oficina en un edificio a la orilla del canal. Pensaba que era un barquero como los de Turquía, pero ahora me doy cuenta de que se trata de un agente de embarque que tendrá barqueros que trabajan para él.

Entro y solo hay hombres fumando y mirando la bruma que cubre el canal desde los grandes ventanales del edificio. Las lanchas no salen, de momento, y todo está tan quieto que enerva. Cuando se cansan de observar niebla y agua, se sientan en sus mesas y repasan libretas con números. Son agentes, propietarios de agencias de barcos, suministradores. Los hombres con tarjetón oficial que controlan todo aquello que se mueve desde la tierra hasta los barcos.

En dos horas nadie me dice nada hasta que se levanta la niebla. Entonces, me apresuran porque hay una barca esperándome y no puedo perder “más tiempo”. Antes de salir, uno de ellos saca una máquina fotográfica y se hacen una foto conmigo. Todos sonríen.

El barquero tiene instrucciones de acercarme al Colón, el barco que opera el agente que conocí hace 24 horas. Sabe exactamente dónde está y no me pregunta nada, así que yo me coloco en la proa y me pongo al abrigo del agua que solo se mueve por el roce de la lancha. El viaje por el canal nada tiene que ver con los viajes que he hecho en el mar. En este ecosistema no hay olas ni movimiento. El canal aprisiona una mar calma, tensa, densa, casi aceite hecho agua y solo escucho el motor de la lancha y el agua que corre por los costados de la motora. Las orillas siempre marcan el camino y son el perfil del canal. Supongo que nada ni nadie se pierde por el horizonte en estas aguas.

Veo el Colón porque la lancha le entra por popa y el nombre reluce. El hombre que me ha acompañado hasta aquí suena la sirena y la escalerilla cae por la borda sin que yo vea quién la ha lanzado. Mientras voy subiendo por la escalera de gato, soy consciente de que esta historia se está acabando. No porque haya habido ningún cambio fortuito; tampoco porque yo ya no quiera continuar. Es el final porque es tanta la miseria humana que es imposible avanzar hacia ningún otro lado.

A bordo de este barco hay tres muchachos que esperaban a que yo llegara desde que se le han levantado porque el agente los ha avisado. Son jóvenes, muchachos que deberían tener un futuro, los que están atrapados en el limbo. ¿Cómo contener el azogue de chicos de veinte y pocos años en un barco agonizante? Es imposible.

Me avergüenzo, la verdad, de escribir cómo trabajé aquí. Durante casi todas las horas que estuve en este barco-cadáver me mantuve en silencio, pintando en mi libreta, riendo o gesticulando con tres muchachos que casi no entendían lo que les decía porque apenas hablaban inglés. ¿En qué momento olvidé llevarme un traductor?

Estoy en el barco, la lancha se ha ido y estos tres chicos están tan faltos de novedad que aceptan tenerme a bordo con un “Yes” y yo, que de manera egoísta necesito una tripulación abandonada para justificar que haya viajado hasta el canal de Suez, interpreto que un yes es una señal de que podremos comunicarnos. Lo hacemos, es cierto, y porque tengo que tener los ojos más abiertos que la boca, percibo aquí algunas cosas del abandono que antes no había ni intuido y que espero que sean ciertas.

Murat, Ismail y Mustafa. 25 años, los tres. Mecánico; marino fogueado en el Mediterráneo egipcio, y marinero sin experiencia en mares, solo en el canal. Egipcios y segunda tripulación a bordo. Entiendo que no sabían que el barco estaba detenido cuando se enrolaron y que siguen aquí porque, de momento, les aseguran comida y sueldo. Murat es el primero que se da cuenta de que tendremos que interactuar a base de gestos y me conduce a lo que será mi camarote. Es la habitación de Mustafa, el que tiene menos experiencia de los tres. En el camarote, Murat me da una toalla blanca raída por el uso, pero limpia, un jabón y me señala el camastro y una pequeña mesa donde podré escribir. Huele a la mugre del abandono, pero ya estoy tan acostumbrada a ese olor que creo que ya lo he incorporado y lo sudo. Por la escotilla,  veo el canal y entiendo que me han dado esta habitación porque tiene luz natural y una pequeña mesa. No tengo ni idea de si este chico sabe qué hago ni quién soy ni, sobre todo, qué quiero, pero él entiende que yo escribo y le parece natural que esté aquí. Repite Catalina, Catalina, y se va.

No tengo miedo ni de estos tres chicos ni de quedarme encerrada con ellos. Me parece inhumano que estén aquí, y casi una locura que hayan decidido abrir una ventana para que yo observara su vida. La única manera que se me ocurre de explicarles el trabajo que estoy haciendo es enseñarles unas fotos de las otras tripulaciones con las que he trabajado. Salgo del cuarto y encuentro a Ismail y a Mustafa en la cocina viendo la tele. Murat, el mecánico, es el único que tiene algo que hacer y está abajo con el motor. Ismail sale zumbando a buscarlo y regresan corriendo. Se sientan delante del ordenador y apartan a Mustafa, quien se queda arrinconado, pero no dice nada. Estambul, Ceuta, Gibraltar. Cuando llego a unos marineros indonesios con mono naranja abandonados en el Peñón, Ismail grita. Reconoce a uno de los hombres, trabajó con él en el Canal de Suez y el muchacho entiende que el otro marinero está pasando lo mismo que él. 

Hablan, discuten y me miran sonriendo: no necesitan ver más. Durante 24 horas, y casi sin palabras de por medio, me harán entender cómo pasan el tiempo y cómo se reprime la cantidad de energía que tienen en un cadáver como este.

Lo primero es el barco. Enseñarme su casa, la que les da de comer. En cubierta, hay una silla situada en el medio: “Ismail”, dice Murat y sigue porque quiere enseñarme el motor. Ni Ismail ni Mustafa vienen, se quedan en la cocina porque el motor es territorio de Murat y los territorios en un barco tienen dueño.

El muchacho me muestra la sala de máquinas y se detiene en cada recoveco. Huele a aceite y Murat se mueve se mueve sin parar. El verde olivo de los tubos es reluciente porque él lo mantiene todo limpio. La nave es vieja, dice, pero él la mima como si fuera un juguete nuevo. Ismail me llama. A Murat se le acabó el tiempo. Me ha monopolizado demasiados minutos: ahora le  toca al otro. Me da una vuelta por el barco. Le señalo la silla y se sienta. Señala el cielo y se tapa los ojos: en  la noche entenderé qué me está diciendo porque ahora solo noto que desde esa silla se ven el canal y otros tres barcos detenidos en el agua, pero sin señales de abandono, y las orillas con ciudades, movimiento, carreteras, cambio.

El barco no es tan viejo como algunos en los que he estado, pero tiene que escapar de este limbo si quiere volver a ser un mercante y no un cadáver oxidado. Ismail es el que tiene más experiencia y lo sabe. Él lleva dos años y dos meses en el mar y sabe perfectamente cuál es el futuro que le espera si el buque y él mismo no salen de esta situación viciosa que es el abandono. De momento, cobra; el día que no lo haga se irá. Es de Suez, su casa está cerca, en la orilla, y en cualquier momento puede abandonar la nave sin que esto le cause remordimientos. Él no tiene esa relación posesiva, dependiente y orgánica que tienen los marinos mayores.

Mustafa cocina. Ese es su principal rol en el barco. Es el más fuerte físicamente y se asemeja más a un jugador de baloncesto que a un marinero. Nadie lo ayuda: aquí la jerarquía también se sigue a rajatabla y saber obedecer forma parte del ritual de paso que hay que secundar para ser marino. Delantal puesto y harina en brazos y manos, prepara una masa. Como Ismail, es de Suez y ha trabajado siempre en el canal de Suez. Mustafa nunca habla conmigo. Lo único que consigo entender de él es que algo no cuadra en su actitud a la defensiva, sus manos llenas de harina, su quehacer en la cocina, como si de una abuela se tratara, y esa explosión de músculos a lo NBA. Quizá está enfadado porque me han dado su cuarto o simplemente hay algo en mí que lo inquieta porque siempre se aleja unos metros.

Recuerdo ahora que escribo que cada vez que Ismail o Murat me querían decir algo, me cogían del brazo y me apartaban a su propio territorio. El espacio compartido era la cocina, pero ahí se decían pocas cosas y era la tele la que siempre estaba de fondo.

Hace décadas que la economía no se acuerda de las personas, pero es ahora cuando las utiliza descaradamente a su antojo: mercantiliza el espacio, la persona, los deseos, la moral.

He pasado todo el día en el barco y el tiempo ha sido largo. Ahora el sol cae en el canal, agua quieta, agua muerta, agua artificial. Murat enciende las luces a las siete y las apagará a las doce cuando se vayan a dormir. El mecánico me lleva a su cabina. En un espejo hay una rama de olivo, regalo de su madre y símbolo de la buena suerte, y una estrella de Navidad prenavideña porque aún falta un mes para Navidad. Aquí los calendarios no tienen sentido y Navidad podría ser hoy mismo si lo decidiéramos entre todos. Solo con ponernos de acuerdo podríamos preparar una cena navideña, brindar por el nuevo año o podríamos decidir que es 25 de abril, el cumpleaños de Ismail, o 7 de marzo, aniversario de Murat.

El camarote de Murat está lleno de libros de mecánica que él me enseña como si con esos dibujos de motores, piñones, circuitos pudiera entender algo más de lo que está ocurriendo en el barco. Murat es de Alejandría y le ha costado bastante que su padre, un comerciante egipcio por lo que entiendo más o menos pudiente, aceptara que él quiera vivir entre motores y en el mar. En un mes, dice y esto lo entiendo perfectamente, se irá si algo no se mueve en este barco. Es en este momento cuando sueña mi teléfono y unos marineros me piden auxilio desde Marsella. No tengo la libreta con el número de teléfono del coordinador de ITF en Marsella. Rápido entienden que yo no soy la persona con la que tienen que hablar y cuelgan.

Qué duro es ser joven en esta primera década del siglo XXI. Qué duro es saber que lo que te han enseñado sirve para poco y que el futuro es gris porque hay demasiados intereses que no permiten colorearlo. Hace décadas que la economía no se acuerda de las personas, pero es ahora cuando las utiliza descaradamente a su antojo: mercantiliza el espacio, la persona, los deseos, la moral. A estos chicos los formaron como marinos en escuelas oficiales, pero el oficio que les enseñaron ya solo es literatura o papel mojado. En el agua, prefieren trabajadores sin voz y con contratos precarios a quienes los sindicatos no alcanzan y los derechos laborales son solo en el papel, de nuevo mojado. En esto, mar y tierra ahora ya son exactamente iguales.

Ismail llega y me apresura para que vaya a cubierta. “Siéntate”, me dice. Lo hago, ya casi no queda ni una pizca de la hora azul porque la noche ya le ha ganado la batalla al día. Me señala el cielo y me pierdo por un mar de estrellas que solo había visto en el desierto de México. Por inercia, y porque es un juego con un amigo, busco a Orión, pero no sé ni siquiera si se aparece en esta parte del mundo. No lo encuentro, pero me deslumbran miles de estrellas. Nunca había visto algo así en el agua; Ismail lo sabe. Me toca el brazo y me señala las orillas y cuando miro, se encienden las luces naranjas de las ciudades y se apaga parte del cielo. Ismail disfruta de esos 40 segundos cada anochecer desde que está aquí – de esto ya hace dos meses–, y de ese cambio fortuito de luz y de perspectiva, justo cuando la costa deja de ser una línea negra y se enciende naranja y el cielo se apaga un poco. Siempre me sorprende la capacidad de contemplación de la gente de mar, ojalá en la tierra aprendiéramos algo de ello.

Esta noche hay partido de fútbol en la tele. Miro la pantalla y leo que juega un equipo de Suez. Ismail me vuelve a coger del brazo, nunca de la mano, y me lleva a cubierta: el campo que vemos en la tele es el campo iluminado de la ciudad y que yo observo desde el barco. Estamos tan cerca de la vida y, a la vez, tan lejos, anoto. Es como si desde la nave viéramos la vida, pero no pudiéramos gozarla. Es como si hubiera un cristal entre el limbo y la vida. En la orilla, los coches se mueven, en la orilla hay mujeres, hombres y niños, y la gente camina hacia algún lado.

Cenamos una masa deliciosa y, sin que yo sepa por qué, Mustafa explota. Nunca sabré la razón qué lo ha hecho estallar, pero se enfada tanto que se levanta y se va dando pasos tan largos como le permite el barco y no sus piernas. Reconozco ese enfado sin razón porque es uno  más de los que he visto o me han contado en los barcos. El chico no aguantará mucho más tiempo el encierro: un día se le cruzarán los cables y explotará en cólera y su rabia se expandirá por cada rincón del buque. Ismail sabe que esto acabará mal. No sé si Murat se ha dado cuenta porque sospecho que lo único que le importa son los motores.

Ismail, como marino de más alto rango, quiere guardar las apariencias. Al fin y al cabo, soy una invitada en su casa. Me pide que lo acompañe. En su camarote saca unos dibujos: desde que llegó al barco se ha dedicado a dibujar con un carboncillo lo que ocurre como si siguiera un cuaderno de bitácora. En uno de los dibujos salgo yo, me ha puesto un collar y un colguijo en forma de cruz que no llevo. Me señala y me lo regala. Lo hizo durante algún momento del día. Poco a poco, se anima a mostrarme ese diario de a bordo propio. Aparecen mujeres brujas con largas cabelleras que viven en un infierno en llamas; un barco naufragado; las estrellas que ve desde su silla; una comida que se le quemó a Mustafa; de nuevo, la misma mujer hermosa, pero ahora sin el pelo revuelto y con los pechos afuera. Ismail se sonroja porque tiene 25 años y está encerrado, y yo me río.

Mustafa fuma en cubierta para aliviar la frustración y para que el relente baje el sofoco del enfado. Ismail y Murat empiezan una partida de table en cubierta. Es una noche llena de destellos de las ciudades que hay en las orillas, de las luces de fondeo de los barcos y de las estrellas que se dispersan por todo el cielo. Veo la luz de un faro que aparece por proa cada 47 segundos y que corta la negrura del agua. A las 23.00 horas, sin nada más que hacer y ni que decirse, cada uno se va a su camarote. Yo, al mío. Ismail me pregunta si voy a escribir, le digo que no. Murat apagará la luz en un rato.

La noche es silenciosa. Tengo ganas de salir afuera y ver el agua del canal, pero no sé si está prohibido y me da miedo asustar a los chicos con el estruendo que hará la puerta de hierro. Cuento las horas y cuento, si es que se puede contar, el silencio. Desde la bodega se percibe el ligero rumor del fondeo. Nada más. Es tanto el silencio que mi propio cuerpo se convierte en fuente de ruido: la barriga se mueve, mi corazón palpita, cada vez que me giro el catre cruje. A las siete, Murat enciende el motor y Ismail toca la puerta de mi camarote. Cuando empezamos el desayuno, la sirena de una lancha nos interrumpe. Quien toca la alarma no la deja descansar. Solo llevo 20 horas a bordo y alguien, no sé quién, ha decido que ya es hora de irme. Me asomo y es el mismo hombre barbudo que me trajo al buque. Me hace señas y le digo que espere, solo cojo la mochila, casi ni me despido y bajo las escaleras. Murat e Ismail corren por la aleta del barco hasta que los perdemos de vista. A Mustafa no lo veo.

Viernes, expulsada de un ferry en Suez.