Expulsada de un ferry en el canal de Suez (28 de 32)

En Egipto, por Témoris Grecko.

Subo a la lancha y, para mi sorpresa, no nos dirigimos a la orilla. Hay dos barcos más fondeados en esta zona y parece que sufren algún tipo de abandono: uno es un tanque quimiquero y el otro un ferry de pasajeros al que me llevarán al rato. Frente al quimiquero, el lanchero toca una y otra vez la sirena como si tocara a rebato hasta que casi me deja sorda y le grito que se calme. Cuando calla, sale un hombre a cubierta y nos dice que no nos permiten subir a bordo. El capitán llama a la radio de la lancha, me pide mi número de teléfono.

No quiere hablar con egipcios y ya sabe quién soy yo, por eso me ha llamado. Los han retenido porque, según él, se han equivocado de barco. En 1978, un petrolero con el mismo nombre provocó un desastre en el canal. Ellos no tienen el mismo número de identificación (IMO), viajan con bandera de Panamá (de conveniencia, ya no es necesario escribirlo) y sobre todo no es un barco petrolero. ¿Qué está pasando? El señor me grita y yo quiero colgar. Otra vez no tengo respuestas.

Un último intento. El lanchero, de hecho, no quiere llevarme porque ha perdido demasiado tiempo frente al otro barco y yo le hago señas de que se tranquilice. Cuando se da cuenta de que tendrá que llevarme, lo hace dando bordadas para que me asuste y yo me agarro como puedo a la tapa de regala. Se abarloa al ferry y se abre un portalón: no hay escaleras y tengo que deslizarme hasta la tripa de este barco por una compuerta rectangular. Ahí me detienen y me dicen que no me puedo mover hasta que el mánager venga; está en camino. Guardando antesala, me instalo sobre una caja frente al portalón que está abierto y, durante una hora, solo veo los reflejos del sol en el agua. El canal no está tan en calma como yo pensaba desde la cubierta del Colón; ahora que estoy a ras de mar veo cómo los rociones de espuma atropellan los reflejos del sol en el agua. Cuando las olas chocan contra el hierro del mascarón, escucho que este mar estancado también tiene voces propias.

Escucho pasos atropellados por la escalera y aparecen unos hombres que, como pueden, me dicen que están abandonados y preguntan quién soy, ¿ITF?. No. Estamos abandonados, estamos abandonados, repiten, y me piden mi número de teléfono. Se escucha un rumor de lancha y los marineros se esfuman agitados escaleras arriba.

Es el manager y viene con un hombre encorbatado detrás. Subimos a cubierta y, por segunda vez en Egipto, alguien me interroga. El mánager habla y el otro sujeto se presenta como abogado, y luego calla. Saco el tarjetón de plástico, pero no les impresiono en lo más mínimo. Me han dicho que están abandonados y por eso estoy aquí, digo. El abogado se ríe y ahora el mánager calla al acecho por si estuviera mintiendo  y fuera de ITF. El abogado saca un sobre con dinero y, acto seguido, llama a todos los marineros, que se ponen en fila. Con aires de grandeza y uno a uno, les da la paga y mientras lo hace, les sonríe. Frente a cada hombre se permite contar los billetes y hasta darles una palmada en la espalda. Ellos me miran y cogen el dinero y se van abatidos. Los que bajaron a verme navegan entre dos aguas: necesitan el dinero y supongo que, para sus adentros, maldicen al encorbatado. Tienen que resignarse, agachar la cabeza y coger el dinero. Cuando el hombre acaba, dice, me tengo que ir del barco y ni el tono ni la cara de perro me dejan duda alguna de ello.

Me han servido frijoles como desayuno, pero nadie ha probado bocado. Escoltada, me conducen al almacén y paso al lado de una planta de plástico polvorienta que solo sirve de adorno en un barco que hace aguas. Tengo tantas ganas de decírselo que tengo que morderme la lengua. La barcaza con el barbudo ya está ahí y, por el mismo portalón por el que he entrado, me expulsan del ferry. En 76 horas, cuando esté en Jerusalén frente a un cuadro de Isabel de Baviera –la emperatriz que llegó a este lado del Mediterráneo en un barco pagado por el pueblo mallorquín– los marineros de este ferry se pondrán en contacto conmigo y me suplicarán que los crea, que sí que están abandonados y que todo fue teatro. De momento, en la lancha con el barbudo ni siquiera sé que iré a Israel, pero sé que lo de ese sobre y esa palmada ha sido pura comedia. No tengo nada más que hacer en Suez y las 72 horas de permiso están casi agotadas.

Subo en autobús a Puerto Said y, cuando llego, la ciudad se celebra la fiesta de sacrificio del cordero y la ciudad está teñida de sangre de cordero y de vaca. Cada familia mata una, dos, tres vacas o los corderos que pueda y lo hace en la calle, así que la sangre tibia se desparrama por las aceras, por las casas, por las tiendas, se pega a las suelas de los zapatos. Estoy en el mercado y tengo las sandalias rojas de sangre caliente y viscosa de animal muerto. Cuando me doy cuenta, hay sangre en los dedos de mis pies, en mi libreta. No hay nadie en Puerto Said que no esté teñido de sangre.

Hay una gran diferencia entre el puerto mediterráneo que es Puerto Said y la ciudad triste y polvorienta del mar Rojo que es Suez. Puerto Said es una ciudad europea en Egipto, pero la picaresca mediterránea la hace más terrenal que Suez o que el París del siglo XIX en el que se inspira: plano damero, portales franceses, balcones venecianos desconchados, toldos a rayas blancas y azules, cúpulas chatas y un malecón de románticas glorietas. Es puerto de agencias de embarco, de viaje, de contratistas, lanchistas, de todo aquel que pueda hacer negocios en el agua. Y es puerto franco, como lo es también Ceuta, y eso le abre la posibilidad de que cualquier intercambio que se haga en esta gran plaza pública, sea el cuál sea y siempre que haya dinero de por medio, sea posible.

Paro en una tetería y solo hay hombres, así que salgo porque me siento incómoda: hoy más que nunca doy el cante. Atravieso el mercado y solo hay hombres rezando sobre grandes telas verdes, entro en una tienda y veo cómo un  hombre trocea con una destral una vaca. Salgo del mercado y me abro paso buscando el amparo del malecón, donde intuyo no llega la sangre ni la fiesta. Doblo una esquina y me topo de frente con un crucero. El canal está tan metido en la ciudad que los colosos entran en el trazado de calles. Pareciera que son hoteles de lujo blancos con dirección postal, pero en movimiento.

En el malecón, observo un barco de alto bordo que está trasegando. Está en la otra orilla y, durante un rato, veo a marineros que van y vienen en lanchas naranjas como en las que estuve en Gibraltar. Leo el nombre y es el Danubio, uno de los barcos que encontré en Gibraltar. ¡Le sigue faltando una mano de pintura y han borrado el nombre de la compañía! Le pido a un lanchero que me acerque y pido permiso para subir a bordo: el capitán no está. ¿Cómo se llama? No es el mismo. La admiralty marshall ganó la partida. Otra vez, el Mediterráneo es circular y los que navegan en él lo hacen en espiral.

No hay tripulaciones abandonadas en Alejandría ni en ninguno de los puertos egipcios a este lado del Mediterráneo. En la tarde una periodista joven de Puerto Saíd me entrevista en el local de ITF. La acompaña su hermano menor porque ella no puede ir sola por la calle. Estoy cansada del mundo de hombres que hay en la tierra. En los barcos ese mundo de reglas masculinas me atrae porque me parecen más sinceras que en las orillas. Hay lo que hay, por crudo que sea y sin engaños En tierra, hay pretensión, apariencia, mentira e hipocresía. Ya quiero irme de Egipto.

Lunes, atravesando la península del Sianí.