Atravesando la Península del Sinaí (29 de 32)

En Civitavecchia, el marino anciano y vestido de negro riguroso me regaló una estampilla con la imagen de Stella Maris y me habló del Monte Carmelo, en Haifa, Israel. La llevo en mi cartera desde entonces y, de vez en cuando, la miro: la mujer de rostro sereno que levita sobre una mar rizada. Al fondo, hay un bergantín que se dirige hacia ella. Me impresiona que hay olas que van y otras que vienen, así que me imagino que en el bergantín no lo están pasando nada bien, y que su única esperanza es esa mujer. ¿Y si voy en busca de Stella Maris? Por el Mediterráneo, la ruta Egipto-Israel está cortada, así que no me queda más remedio que ir por tierra. La península del Sinaí es lo único que me separa de esa virgen que levita sobre el mar.
 
El taxista me deja en la estación de bus de Suez. Hemos viajado cinco personas desde Puerto Said a Suez y, en todo el camino, nadie ha dicho ni una palabra. Una señora con su hijo, dos hombres y yo, a quien han sentado al frente junto al conductor. De Suez tiene que salir un bus que me llevará a Taba, la ciudad fronteriza con Israel y, desde ahí, iré a Haifa. En dos horas, llegamos a la estación de bus y lo único que encuentro son soldados y hombres barbudos.

Para ser sincera, aquí este almanaque que es la búsqueda de las tripulaciones abandonadas en el Mediterráneo vira hacia otro género, el del viaje sin brújula en busca de Stella Maris, la Estrella del Mar, la señora a la que todos los marinos, sean musulmanes, budistas o cristianos se encomiendan cuando parten porque para ellos es la Estrella del Mar o la brújula que los guía. La señora del mar es mujer divina que reparte bendiciones y ellos son solo hombres que, pese a este invento que es la globalización, se siguen enfrentando a los peligros del mar, que no son pocos.

No hay buses a Taba porque ha habido una amenaza de bomba cerca de la frontera y no me apetece pasar otra noche en Suez. Llevo una hora sentada en el suelo y nadie se ha acercado a mí: de repente un viejito me sube a un bus y, sin preguntar nada, me dice que me siente. ¿Taba? No responde. Suben los pasajeros: hombres barbudos que me miran con el ceño fruncido y, al fin, una mujer cubierta de pies a cabeza de negro que mira al frente y que parece no importarle mi incertidumbre. En algún camino, el conductor se desvía de la carretera y hay una pequeña revolución en el bus a la que él no hace nada de caso. En medio de la nada, se detiene. Taba, dice, y me apea en la carretera.

Frente a mí hay una carretera y unos taxis colectivos aparcados. ¿Taba? Sin regatear me subo a un taxi y el propio conductor es el que me hace la rebaja. Son las siete de la tarde y, durante toda la noche, atravesaré la mágica península del Sinaí. Solo pararé una vez: miraré el cielo y entenderé que desiertos y mares están unidos por las Stella Maris que brillan con igual intensidad en estos lugares que el hombre no domina. Durante miles de años, se navegó mirando al cielo y yo, que no sé navegar, lo que siento cuando miro al cielo, en la arena o en el mar, es libertad. Es lo mismo que siempre me explican los marinos y ahora, por fin, creo haberlo experimentado.

Solo unas líneas más: en la frontera egipcia unos hombres me detienen. De nuevo, son tres hombres. ¿Barcelona? ¿Fútbol? Messi, claro, casi prima del argentino. No sabía que supiera tanto de fútbol y se lo agradezco a la sección de deportes de El Periódico de Catalunya. Guardiola, la masía, Cruyff, sí un invento del holandés. El Camp Nou, mil veces he ido. Paso, me devuelven la mochila y el ordenador. Atravieso el desierto egipcio y llego al vergel israelí. Luces en las aceras, palmeritas de adorno y un Hilton como bienvenida. Ya en el paso fronterizo de Eilat, me para una chiquilla rubia de unos 18 años, con coleta y con metralleta. De la mirilla del arma cuelga un oso de Tous. Se extraña de que una mujer sola llegue a pie a Israel. No solo el mar es circular en esta parte del mundo; también lo son los interrogatorios.

Estoy agotada, así que le digo la verdad. “Me dedico a escribir historias de marinos abandonados, perdidos, en el Mediterráneo”. La chica llama a otro soldado. Hay tensión. ¿Abandonados? Empiezo con la historia de Faisal, en Barcelona. Entonces, la escena cambia y ahora los dos me escuchan. Les hablo de mis marinos, de mis colosos oxidados, de los milagros de Vladimir, en Turquía, de los piratas que se encontró el capitán filipino y del hambre y la locura. ¿Desde cuándo pasa eso?, pregunta la joven. Respuesta oficial: hace seis años, la Comisión Marítima Conjunta de la Organización Internacional del Trabajo identificó el abandono de barcos y tripulaciones como uno de los peores problemas que enfrenta la industria naviera, pero sigue ocurriendo y con la crisis afecta a más personas.

¿Qué hice en Israel? Tenía claro que no había ninguna tripulación abandonada en Haifa, pero me había puesto como misión hacer una visita al Monte Carmelo porque algo de esta estrella del mar hecha divinidad me intrigaba. Resultó que el Monte Carmelo era un lugar de peregrinación para turistas con un personaje que vivía en el templo y que tenía como única misión en la tierra que los visitantes llenaran las alcancías del monasterio. Primer disgusto. El segundo: Stella Maris era representada como una virgen María con tonos dorados, rosados y con actitud humilde, compungida, decorosa y, para acabar de arreglarlo, mojigata. Nada que ver con la mujer poderosa que invocan los marinos.

La de mi estampilla es fuerte, hermosa, dura, implacable y es a esta a la que se aferran cada vez que el mar se tuerce, que suele ser a menudo. Va la tercera: en el Monte Carmelo, sede de Stella Maris, no había ninguna referencia al mar o a los marinos. Un prior aficionado al óleo había pintado un cuadro con un faro. Era lo único marítimo que había en este monte turístico.

Cuando llegué a Barcelona, colgué el tarjetón de plástico como cuadro en mi estudio. Ahora sé que se lee mi nombre, mi nacionalidad, la fecha y que “no estoy autorizada a estar en el canal en caso de conflicto”. Youssef, el muchacho amazig que trabaja en la panadería que hay en mi calle, me tradujo lo que está escrito. “¿Eres de alguna policía?”, me preguntó. “Estaba en el canal de Suez, recogiendo historias de marinos abandonados”, le respondí. Me pidió que le contara más. Entonces, me fui a Civitavecchia, a Gibraltar, a Ceuta y llegué al Canal de Suez sin moverme de la panadería. “Entonces, sí había conflicto cuando estabas ahí”, dijo.

 Miércoles, cerrando el círculo en Estambul.