Se cierra el círculo: de nuevo, en Estambul (30 de 32)

En junio del 2009, cuando empezó este viaje, nada sabía ni de mares ni mucho menos de marinos y mi idea del mar era puramente literaria. Entiendo ahora que una cosa es haber nacido en una isla y creerse criatura marina. La otra es la realidad del mar, que es dura y solo admite resistencia y coraje para hacerte parte del ecosistema. En caso contrario, te expulsa sin muchos miramientos.

Durante los meses que he ido saltando de barco en barco, he aprendido el lenguaje de los marinos; sé cómo tratar a los capitanes; los modales para dirigirme a los marineros rasos; he reído con los mecánicos y sus obsesiones motoras; sé cómo ganarme a los barqueros –¡En este capítulo ya ni tendré que regatear y será un barquero el que me ofrecerá un pitillo de los suyos!–, y, sobre todo, tengo claro que en el mar hay que mirarse a los ojos: quien no lo hace es porque oculta algo muy feo, muchísimo más que en la tierra porque aquí es más difícil esconder cualquier cosa. Quien piense que el mar es inmenso está equivocado: en el agua salada todo se sabe como si de una gran red se tratara. 

El proyecto que becó el Conca, y que en un principio se llamó Navegando por el Mediterráneo, se convirtió, casi sin darme cuenta, en un experimento de visibilización mediática. La historia ha sido noticia en los periódicos de casi todos los puertos donde he recalado, las radios se preocupan por la historia y me dijeron en Alcanar, otro enclave del Mediterráneo occidental, que hasta apareció un artículo con la vida de un marino abandonado en una revista del corazón en España. Me lo dijo un amigo porque su madre le preguntó sorprendida: “¿Crees que es cierto que puedan suceder estas cosas?”. En el artículo, explicaban la historia de la tripulación abandonada en Ceuta. A Hakan, el jefe de máquinas de ese barco abandonado en Ceuta, lo veré en este capítulo con el que cierro el círculo.

 Escribe John Berger que el secreto de ver es: primero, “entrar” en lo que estás mirando y, segundo, “hacerlo claramente único”. Yo siento que, en cierta manera, ya formo parte de lo que tengo enfrente aunque me haya costado meses y lágrimas. Ahora sé que es casi al final del viaje cuando sudas el tema por los poros y que estás tan impregnada de él que necesitas explicarlo para vaciarte y poder seguir. De esto, me doy cuenta en febrero, de nuevo frente a la torre de Gálata, en Estambul, aunque entonces sea imposible sudar porque como leerán viviré en un Estambul de invierno y cubierto de nieve sucia.

En febrero del 2010, cenaré en un restaurante del barrio de Beyoglu con una profesora de una universidad turca que dedica su tiempo libre a los accidentes laborales en los astilleros. Cuando nos conocemos, lo primero que me dice es que yo trabajo con algo “exótico”, “con la excepción”. Discutiendo, ritual compartido en todas las orillas del Mediterráneo, las dos llegamos a la conclusión de que las tripulaciones abandonadas no son ni algo exótico ni tampoco son la excepción de nada porque son parte de una cadena global en la que estamos todos. Ella cuenta hasta 16 muertos al año en los 43 astilleros que hay en Tuzla, a una hora de Estambul.

No me cansaré de escribirlo: la historia de las tripulaciones abandonadas nos ayuda a entender las reglas económicas y sociales que regulan globalmente la orilla.

La historia de esos difuntos y las mujeres y los huérfanos que los lloran, de los sindicatos que no pueden hacer nada porque esos hombres trabajan en condiciones precarias, ya que la legislación lo permite, está de muchas maneras conectada con este libro. A Tuzla, llegan los buques para ser reparados y los hombres que mueren lo hacen construyendo o reparando los barcos a los que yo me subo. Igual que en el mar, en los astilleros se impone la precarización, la subcontrata, lo subhumano, el trabajo sin seguridades y la economía hecha sin pensar que la persona importa. En menos de 15 minutos, las dos nos ponemos de acuerdo en casi todo.

Acepto una diferencia: a la precarización en los astilleros de Tuzla se puede llegar en bus, en tren, en coche. Para llegar a la precarización en el mar hay que tener permiso, es decir, solo la ves si te dejan. Aun así, que no lo veamos no significa que no exista. No me cansaré de escribirlo: la historia de las tripulaciones abandonadas nos ayuda a entender las reglas económicas y sociales que regulan globalmente la orilla.

En el viaje en ferry entre Haydarpaça (la estación de trenes más importante de Estambul) y Karaköy (el muelle frente a Sultanahmet) se ve un barco varado. Está volcado y la quilla sobresale obscenamente entre las olas del Bósforo como una gran barriga al descubierto. Parece una gran ballena de hierro muerta por un arpero ingrato. Está frente al barrio de Uskuduçar. Cualquiera que tome el ferry en Estambul, y aquí es parte del sistema de transporte público, lo puede ver. Chocó con dos barquitos, los pequeños se salvaron, pero el coloso volcó. No había nadie que lo controlara ni tampoco estaba fondeado, iba a la deriva.

Cuando llego a Estambul, en febrero, la nieve ha pintado el Bósforo de verde y la quilla del barco volcado es azul balear. Lo veo en el viaje de ida y también lo busco en el de vuelta. En la madrugada, el Bósforo es negro océano y ese barco sin nombre es solo una presencia de hierro. En uno de esos viajes, me atrevo a preguntar a la chica que tengo al lado si hace mucho que está ahí, lo mira sorprendida y dice que es la primera vez que lo ve. El barco hace dos meses que está volteado y ella hace esta misma ruta dos veces cada día. Yo ayer no lo vi. Hoy sé su historia y lo busco.

Ha cambiado la situación desde septiembre, cuando viene por primera vez a Estambul a documentar la historia de los marinos abandonados. En febrero del 2010, ya hace varios meses que ITF repatría a los marinos abandonados, y los barcos se quedan solos en el agua. Tomar la decisión no fue fácil porque no está ni en las funciones de la asociación ni tampoco hay presupuesto para ello. En febrero, ya han repatriado a unos 200 marinos, hay un recuento de 400 barcos abandonados solo en Turquía y nadie dice cuántos colosos solos hay en los puertos cercanos a Estambul.

Solo si el agente se aviene, se pone a un marinero como guardia de seguridad. Es toda una suerte según la lógica de la orilla: no hay peligro de que el barco choque con otras embarcaciones. Pero cambien por unos segundos la lógica e imagínese a un hombre solo en un barco enorme, con sus ruidos, rodeado por mar, con 10, 15 camarotes vacíos y el eco de sus pasos como única compañía. El hombre minúsculo y el barco, un coloso. Así está Ulus, en un barco en el puerto de Pendik. Así viven Hassan y Fermir, en otro barco, también en Pendik, y tan cerca y tan lejos de Ulus. Las temperaturas rozan los dos o tres grados y ellos no se mueven de ahí. No ven a nadie, no tienen contacto con ninguna persona, no se comunican más que con su propia cabeza. Como en agosto pasado, de vez en cuando, suplican a través de la radio que alguien les hable, que les diga algo. En alta mar el aire es fresco, pero en un barco parado la atmósfera se vicia. El silencio es casi opresivo y salen a flor de piel todos los miedos, los espantos y las inseguridades.

El sistema económico global, las mafias y los tratados internacionales y la inexistencia de leyes apropiadas en cuanto a banderas se refiere han convertido el Mediterráneo en un ataúd de hombres que viven solos en los barcos, de seres humanos que rozan la locura, que saben que es morir sin estar muertos.

En este último viaje a Estambul, en Kartal, un puerto cercano a Estambul como lo es también Pendik, tuve enfrente a unos 60 barcos. Entre ellos y yo, como siempre, un mar –ese día además mar rizada– que no me permitía ningún desplazamiento desde la costa hacia mar adentro. Los barqueros de la orilla tenían claro que en la mayoría de los barcos había un solo hombre.

Un marino guardaba un recorte con la foto de Hillary Clinton en su camarote. El hombre decía que cuando no podía resistir la soledad, cuando se caía, hablaba con miss Hillary y le daba las gracias por haber ayudado al pueblo turco.

ITF en Turquía tiene como lema Asociación Solidaria con los Trabajadores Marítimos. Ural Çagirici me explica una historia que resume lo que pasa en esta orilla del Mediterráneo. En junio, ITF hizo una visita a la zona de Kartal. Vieron un viejo barco oxidado y pensaron que no había nadie a bordo. De repente y de la nada, apareció un hombre en cubierta, un marino. Estaba contento de recibir a alguien, le daba igual si eran miembros de ITF. Ural cuenta que empezó a hablar perfectamente en inglés y que eso indicaba que era un capitán mercante. Llevaba semanas, quizá meses, sin hablar con nadie, sin ver a nadie, sin tener contacto humano. Comía una especie de nueces que eran el único alimento que quedaba en el barco. Estaba tan contento que corría por su casa –el barco– como si quisiera agasajar a los invitados dando saltitos, gesticulando. De repente, su ánimo se caía y se quedaba en el limbo, en una calma chicha que discordaba con todo el movimiento anterior.

En uno de los camarotes guardaba un recorte de periódico en el que aparecía Hillary Clinton en una visita a Estambul, justo después del terremoto de 1999. El hombre decía que cuando no podía resistir la soledad, cuando se caía, hablaba con miss Hillary y le daba las gracias por haber ayudado al pueblo turco.

Cómo llegué en febrero a Estambul es casi un milagro marítimo. Mi viaje a Israel había sido decepcionante. Estaba ahí sin marinos y a mi teléfono seguían llegando llamadas de tripulaciones abandonadas en los mares del mundo. Mientras deambulaba por Tel-Aviv buscando historias de raperos e identidades cruzadas para justificar mi estancia en esta tierra enfadada, unos marinos varados en algún puerto uruguayo me llamaron pidiendo ayuda. No podía hacer nada: solo darles el número de ITF.

Intenté redimir el viaje yendo a Jerusalén, que fue señalizada como el centro del mundo y el santuario del Mediterráneo. La ciudad me pareció un nido de odios cruzados,  irreconciliables e inamovibles. Salí del turismo ortodoxo católico, judío y musulmán y me fui a un mercado a las afueras porque me habían dicho que ahí habían intentado crear un centro para pensadores y artistas, y supuse que algo sabrían de las referencias marítimas de la ciudad. Cuando llegué, un chico me explicó que el proyecto nunca funcionó porque el lugar “estaba maldito”.

Mientras caminaba sin rumbo y rodeada por robocops con metralletas y hombres y más hombres, los marinos egipcios del ferry que habían sido humillados frente a mí me pedían que regresara a Egipto. Al final, acabé en el jardín del hospicio austriaco tomando un café y observando el cuadro de Sisí, la emperatriz. En esta espiral centrifugadora que me pareció que es Jerusalén,  encontré a Sisí serena como lo había hecho en otros puertos del Mediterráneo. Me reí. Ella también fue recalando en los puertos del Mediterráneo, pero lo hizo con un yate  imperial, el Miramar, un regalo de su primo Luis Salvador de Austria, quien se había instalado en Mallorca.

Llegué a Barcelona pensando que este era el final del libro, pero recibí una llamada. Faisal, el capitán que abre este periplo y que estuvo abandonado en Barcelona durante 20 meses, le habló de mí a una documentalista alemana y esta me citó en Estambul, en febrero, para que la ayudara a elaborar un proyecto de documental sobre tripulaciones perdidas. Así que, dos meses después de salir de los barcos, cogí la mochila y fui dispuesta a cerrar el círculo en el mismo lugar en el que había empezado.

Jueves, esperando una solución en tierra.