Esperando una solución en tierra (31 de 32)

Muzaffer Civelek, el inspector de ITF en Estambul, nos lleva en coche al hotel donde se aloja la tripulación del Salta. Cuando llegamos al hotel, nueve tripulantes ucranianos, entre ellos una mujer, y un ruso están en sus habitaciones fumando, deseando que ocurra algo y en un silencio que reconozco porque es el mismo que en los barcos, pero ahora en tierra. Ver a los marinos esperando en tierra es casi más antinatural que observarlos en el limbo acuático del abandono. Ahí se inventan tareas, aquí no tienen absolutamente nada que hacer y no tienen ninguna intención de inventarse nada porque se sienten desesperados, alicaídos y sin fuerzas. Al fin y al cabo, este no es su hábitat.

Descalzos, pasan el día frente a las teles de sus cuartos y miran unas noticias que no entienden o unas películas que no les importan en lo más mínimo. El hotel es barato, pero nadie se queja. Un colaborador de ITF los ayuda y está todas las horas que puede con ellos. El objetivo: que no se desmoralicen y no se caigan en ese desespero depresivo que acompaña siempre al abandono. Cuando tengan los pasaportes arreglados, se irán y se agarran a esa certeza como antes lo hacían a la idea de que el armador resolvería algo.

¿Cómo es la decisión de abandonar el barco? “Dura”, dice uno de los marinos sentado en su cama. “El extremo de todo porque no hay vuelta atrás”. Llevan una semana en tierra y vivieron dos meses sin cobrar en un barco, en el puerto de Kartal. La comunicación con el armador se fue perdiendo y el pabellón del barco tampoco les auguraba futuro alguno. San Vicente de las Granadinas, que es bandera de conveniencia aunque cueste encontrar dicho país en el mapa.

Cuando se dieron cuenta de que los habían tratado como mercancía, decidieron acabar con ese encierro inhumano. Hicieron causa común, llamaron a ITF, prepararon las maletas y un día, que había sido exactamente igual que el anterior, se fueron. Irina, la cocinera, acababa de hornear un pan que se quedó sobre una mesa porque nadie se acordó de recogerlo.

El barco era viejo. Lo cuenta el primer oficial estirado sobre su cama y la desgana que hay en su ánimo le apaga poco a poco las palabras. La sensación, tras haber estado abandonado, es la de estar perdido, de no saber qué hacer con la vida. Se  siente un desequilibrio vital que no se cura con buenas palabras y que afecta el alma hasta convertir al hombre en un ser vulnerable y alienado de su propia identidad. Durante dos meses, este hombre mantenía su concentración en el barco, en los sueldos, en mantener el orden, en que la calefacción funcionara, en seguir con la jerarquía marítima y ahora no hay nada.

Percibo este limbo terrestre como un luto obligado tras un funeral mal organizado y sin que haya ningún muerto de por medio, porque el barco sigue siendo navegable y está en el agua. Entiendo ahora que la visión que tiene el mercado del mundo marítimo y la forma en que los marinos viven este mundo son incompatibles: unos y otros están unidos, pero son irreconciliables, diría que opuestos. Es cierto que los marinos se quejan todo el tiempo de su mala vida en el mar, pero a la gran mayoría de los que yo he conocido les apasiona el mar de una manera simple y no violenta. Lo entienden, saben cómo tratarlo y son parte de un ecosistema que defienden hasta la muerte. No es que filosofen o que le den muchas vueltas. Solo, dicen, les gusta y en ese verbo hay algo que los integra con el mar.

El mercado nunca entenderá esta manera de vivir el trabajo: le falta compasión. En el lenguaje del mercado, el marino es un coste que hay que minimizar y el trabajo de los hombres que están a bordo forma parte de una cadena de producción que hay que automatizar cada vez más y que debe funcionar con un ritmo estable y productivo para satisfacer las lógicas de un capitalismo global. El marino es un complemento que está a las órdenes del contenedor. Para el marinero, su trabajo –si se hace en condiciones de libertad y dignidad humana– es una forma de ser libre, de dar un sentido a su vida, de sentirse realizados, de dar disciplina a sus días y, en realidad, de ser creativos.

Son los viejos los que lo entienden así y los que sienten una tremenda añoranza por los tiempos no globalizados, en los que la superabundancia aún no había cambiado radicalmente su forma de trabajo. Los viejos marineros del Este trabajaron en compañías públicas y en estas nunca fueron tratados como mercancía. Los viejos marineros turcos o griegos han estado a las órdenes de armadores que también han navegado. Nada queda de esto. Los jóvenes ya nacieron en la cadena de producción y nunca han experimentado esas condiciones de libertad y dignidad asociadas al goce del trabajo y al mar como forma de vida.

En el hotel, solo uno de los marinos se ríe, hace ruido y, pese a la situación, sigue bromeando. Es el único ruso de la tripulación. Es grandote, es el mecánico y explica que, en otro momento de la vida, fue “doctor de huesos”. Ofrece a quien puede su servicio: un truene de espalda que ni yo ni ninguno de los otros marinos quiere experimentar. Él persigue a sus posibles pacientes por el pasillo y por la escalera, y hace reír a todo el mundo. Es él quien crea esa sensación de que existe una cubierta o un lugar de reunión en el hotel porque con sus risotadas congrega a todos fuera de sus pequeños Pequods.

La única que no le sigue el juego es María. Sentada sobre la cama, tiene un diccionario de turco entre las manos. En estas dos semanas que lleva en tierra, acabó con la A y la B y acaba de empezar el capítulo de la C. Aprende palabras dice para, como mínimo, llevarse algo de este destierro involuntario. Sus calcetines son más blancos que los del resto y su actitud es parecida a la de Dulce. María no es coqueta como lo es Dulce, pero las dos mujeres son igual de prácticas.

La tripulación del Salta vive el limbo del hotel como un tránsito aeroportuario. Esta gente no quiere estar aquí, no tiene ni referencias del lugar ni dinero para conocerlo. Lo que quieren es irse, pero necesitan un papel oficial que les permita embarcar en otro barco, este de pasajeros, e irse a su casa.

Muzafer los invita a comer un menú: saldrán del hotel y están contentos. Lo hacen de a grupitos: oficiales con oficiales más María; marineros rasos; y hombres de motor. La jerarquía y la casta se mantienen en tierra de manera inconsciente. Durante la comida, sé que Muzafer fue capitán de barco y que, por eso, trabaja duro por su gente. Lo hace a destajo como también lo hace Juan Manuel Ortega, en Ceuta, o el mismo Ural, aquí. Solo la gente del mismo gremio puede sentir una hermandad tan profunda y, a la vez, exigir tanta responsabilidad a los individuos que conforman su mismo ecosistema. Ellos saben cuándo hay mentira, verdad, humillación o vergüenza y, sobre todo, saben distinguir cuándo se puede hacer algo o solo se puede esperar.

Muzafer dice que ahora el problema es que en los barcos parados en el área de anclaje hay marinos desleales o gentes que ni siquiera son marinos, pero que alguien paga para que estén ahí. Por ellos, asegura, la asociación no se moverá. El mar también tiene sus reglas, y quien no las respeta no puede exigir responsabilidades o ayuda.

Tal y como están ahora las finanzas de ITF, no pueden acompañarnos a las tripulaciones en el área de espera y ni se nos cruza por la cabeza pedírselo. De nuevo, hay que ir a Pendik y buscar a Sadik. Me gusta la idea de reencontrarme con ese marino rehecho barquero, y solo espero que la crisis no sea de tal tamaño que ya haya afectado “a su barco pequeño”, y él esté trabajando en la panadería de su hermana.

Sadik está ahí como siempre y se ríe porque esta vez no es una sino dos, las mujeres que han llegado en tren a este puerto y, además, vienen con un traductor que habla inglés, turco y ruso. Sabe lo que queremos, así que no es  necesario que lo hablemos frente a los otros barqueros.

Hay menos hombres y más hambre, es lo que dice cuando ya estamos en su lancha. A Ulus, un hombre solo en un barco, lo conoce porque cada vez que puede le lleva pan o noticias o se pasa a verlo, que es lo que más aprecia el hombre. Está solo. ¿Por qué? No lo sabe. ¿Es marinero? Se encoge de hombros.

Ni siquiera hablamos del precio, me invita a un cigarro de tabaco turco, nos lo fumamos mientras me cuenta que ni Zinan, El Mujeriego del Mar, ni el viejo capitán ni la tripulación rusa que había visto barcos fantasmas están ya en estas aguas. Se fueron o se los llevaron, Sadik tampoco lo sabe.

Nos embarcamos rumbo a los barcos fondeados. Sadik señala las naves en las que hay uno o dos marinos. Tripulaciones enteras ya hay pocas; solo las que se dirigen a Tuzla para reparar el barco o directamente para desguazarlo, en Gemlik.

Ulus recibe a Sadik con gran alboroto. Tiene la caña de pescar lanzada por la borda y va vestido con un mono azul. Todo el barco es para él y abre las puertas para que lo veamos todo, para que recorramos un lugar que él conoce palmo a palmo y por el que campa a sus anchas. Entreabre armarios, abre las escotillas y corre de un lado a otro. De repente, se le acaba la energía, se sienta encogido detrás de una mesa y empequeñece. A él, lo contrataron para “cuidar el barco”, pero no sabe quién lo contrató. Vive, cobra, no deja subir a nadie que no lo haya avisado y ya lleva un mes a bordo. No sé si Ulus es marinero, la verdad. Sadik le regala un periódico y él saca unos platos de nueces que ninguno probamos por ese acuerdo tácito de que a él le pueden hacer más falta que a nosotros. No tiene mucho que explicar y yo empiezo a sospechar que es la primera vez que está en una nave, pero que sabe algo de motores, y es por eso que está aquí. Sadik y  Ulus hablan en turco. El primero entiende que no sacaremos nada de este buen hombre que se busca la vida como puede. Nos hace señas y nos despedimos. Sadik se acercó a él porque lo escuchó hablar solo por la radio, no le importa si es marino. Está solo.

Nos lleva a otro barco. Vio como hacían fuego en cubierta y eso es una señal segura de abandono. El barco está torcido y eso se ve a simple vista. El agua baña la quilla de manera desigual. Pedimos permiso y nos lanzan la escalera. Sadik no sube porque a estos no los conoce y me hace señas para explicarme que estará cerca. Dentro, están dos hombres turcos. Uno de tierra adentro y el otro, de ciudad. Son Fermir, agricultor reconvertido en guarda de un navío escorado, y Hassan, un hombre que piensa que lo persigue alguien. Sé que ya no estoy entre marinos. ¿Cómo explicarlo? Su manera de comportarse, sus no silencios, sus movimientos bruscos, sus andares ruidosos y su impaciencia los delatan como gente de tierra.

Los dos hombres se han dividido el barco. Fermir se ocupa de la cocina y del motor, y Hassan se encarga de observar el instrumento que les indica si amanecen más inclinados que el día anterior. El barco está escorado más de 10 grados y si la cosa sigue bamboleándose, tendrán que abandonar la nave porque si no se irán a pique con ella. Miro la línea de la costa, está muy cerca, y la veo torcida, también el horizonte está fuera de plano. En este barco se camina torcido, se vive torcido y se piensa torcido. Hace una semana, cuando nevó durante dos noches seguidas, el motor se estropeó y tuvieron que encender un fuego en cubierta porque si no, hubieran muerto de frío. Desde entonces, Fermir cuida del motor como si fuera un bebé: “Lo mimo más que a mis propios hijos”.

Hassan vive entre su cabina –aún con la decoración navideña que puso otra tripulación junto a unos pósteres de unas rubias desnudas–, el puente de mando y la cabina del capitán. Es flaco, alto, enjuto. Fermín es bajo, gordito, más risueño.

La comida se prepara en el sótano con un fogoncillo portátil, y se come en silencio en una habitación que hace de comedor. Les trajeron pasta y guisantes, pero no explican quiénes lo hicieron. La sopa humea, está rica y Fermín recuerda que así la cocinan su mujer, su madre, su hija en el pueblo. Él siempre vivió entre gallinas, cabras y tierras. Hassan no dice nada ni explica dónde vivió. Fermir habla de un camino de tierra, de unas cabras, del queso que hacía su mujer y de una de sus hijas que ya casó. No sé si Hassan lo escucha porque me parece que el hombre vive en un limbo propio. Solo cuando Fermir habla de una boda, mueve la cabeza y se ríe por algo que solo él entiende.

Es muy fácil que las palabras se acaben en un barco y cuando eso sucede, no hay nada que hacer. Se calla y punto. Estamos en la cabina del capitán sentados en el sofá viendo otra tele muda. Por extraño que nos parezca a la documentalista alemana y a mí, los dos hombres no saben jugar a table y ni siquiera tienen un tablero. Les construimos un tablero de papel,  juntamos tapones de botellas de plástico como fichas y les explicamos las reglas. Les enseñamos el juego y por unos minutos se animan, pero la energía les dura menos que un chispazo. No les interesa en lo más mínimo aprender a jugar porque no saben si podrán jugar por mucho tiempo.

Inés, la documentalista, les toma una foto. Están en la cubierta del barco y posan uno al lado del otro apoyando el cuerpo en sus piernas derechas, torciendo el tronco hacia la izquierda para acompasar y equilibrar la inclinación del barco. Ahora Fermir está serio y Hassan sonríe, todo lo contrario a lo que hemos vivido durante el día a día. Por detrás se asoma un barco que viene derecho, que no está inclinado, y a lo lejos está a punto de pasar una fragata militar que, en realidad, nunca estará dentro del foco de la foto. Dispara y ellos se relajan. ¿Cómo llegaron? No lo explican.

 Viernes. “Una vez se puede vivir el abandono; dos, no”.

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