“Una vez se puede vivir el abandono; dos, no” (32 de 32)

Llueve cuando llegamos a Haydarpaça. La ciudad es toda agua: Bósforo, lluvia, Cuerno de Oro. Nunca Estambul me había parecido tan hermosa. Embarcamos en un ferry que nos dejará bajo la torre de Gálata. Mientras esperamos a que el barco se llene de pasajeros, veo una fila de cormoranes en un rompeolas que parece obra de sultanes. Los pájaros se desperezan cada vez que la luz del faro de Kumkapi da la vuelta e ilumina el Bósforo. Primero, mueven las alas y el cuello los que están en la punta y, poco a poco, a medida que el haz de luz avanza, lo hacen los otros.

Cuentan que en un hotel cercano a la torre de Gálata está el mercado negro de marineros. Quien lo dice pide que no escriba su nombre. Ahí van agentes a contratar a hombres como Fermir y Hassan que por menos de 20 euros se enrolan en barcos escorados. Nadie hace preguntas y tampoco se piden acreditaciones. Me imagino que así llegaron estos dos hombres al mundo torcido de su barco. El hotel es un edificio de medio pelo y medio derrumbado como tantos otros en la orilla del Bósforo. Cuando voy, está cerrado. Toco el timbre, pero nadie me abre. Me siento cerca de la entrada y veo que varios hombres salen del edificio. ¿Serán marineros? Ni idea. Toco el timbre otra vez, y nada.

Lo que viene a continuación es, en realidad, un regalo de ITF. Nnos avisan que tienen que ir a la zona de Kartal a ver una tripulación y hay sitio en la zódiac. La tripulación es de Azerbayán y están en ese momento crítico en el que tienen que decidir si abandonan el barco o se quedan a bordo. Están divididos y hay tensión en el ambiente porque, como siempre, unos se sienten abandonados y otros, no. Cerca de este barco, está el Salta, el barco de los tripulantes ucranianos y el doctor de huesos ruso. No puedo dejar de mirarlo mientras esta gente discute. El Salta está fondeado en una soledad inquietante.

La gente de ITF accede a acompañarnos al Salta. Subimos por la escalera que cuelga por la cubierta. En todo el viaje nunca había visto una escalera solitaria que colgara  por la borda del barco. Imagino el último marino que bajó por esta escalera. No sé quién sería, olvidé preguntarlo. Hasta el tercer peldaño, el hombre aún vería lo que había sido su última casa. Abajo, le esperaba una lancha o una zódiac que lo llevaría a un hotel de alguna ciudad turca. Supongo que era consciente de que estaba a punto de entrar en un nuevo limbo y supongo que en su mente se agarraba a las certezas que da el abandono –casa sin sueldo, pero casa– y se enfadaba con la incertidumbre de lo que tenía que venir porque tampoco dependía de él. Sería un juez el que decidiría su destino como, durante varios meses, había sido un armador o un banco o un agente de embarque. A partir del tercer escalón, ya no vería la cubierta. Para él, solo había un camino.

La escalera cruje con cada paso que doy y me da miedo que un peldaño esté podrido. Ha nevado, ha llovido y esta escalera, como el barco, no ha recibido atención alguna. La cubierta vive en un silencio muerto. Entramos y en la cocina está el pan de Maria sobre un mantel azul y blanco. Los visillos que cubren las escotillas son de encaje y la cocina está impoluta. Solo el pan olvidado delata las prisas de la mujer que antes se ponía el delantal muy temprano y se lo quitaba a última hora de la tarde. El delantal está colgado junto a los fogones.

Me dan ganas de gritar para ver si el barco me devuelve el eco o para provocar algo de movimiento, pero no lo hago. Tenemos poco tiempo. Con vergüenza y malestar porque entramos sin permiso en la intimidad de otros, abrimos las puertas de los camarotes. Excepto la cabina del capitán que está cerrada, todas se abren. En los roperos aún hay algunas camisas que cuelgan y, en todos los camarotes excepto en el de Maria, las zapatillas están cerca de la cama. En la habitación de la cocinera no hay nada personal, pero sé que es el suyo porque hay algo que me dice que ahí dormía una mujer. La cama sin ninguna arruga, la manta marrón, ningún póster; solo un cuadrito con un cervatillo bebé.

El sol amarillo se cuela por las escotillas y forma haces de polvo en movimiento. En la sala de reuniones, hay un árbol de navidad con bolas rojas y doradas. El árbol es de plástico y en las bolas empieza a acumularse sal y suciedad marina. Cuando avisaron que ya era la hora de desembarcar, alguien se entretenía leyendo en Le Monde un perfil de Michelle Obama porque la publicación está sobre la mesa abierta por esa página. No pasa ni una brizna de aire así que la revista puede quedarse así durante días, semanas, décadas. Nunca había tenido una sensación tan clara de vida retenida.

Estar aquí se me antoja como si estuviera haciendo arqueología de la globalización: queda el cuerpo cataléptico de un barco que surcó los mares y están los restos de los humanos que lo tripulaban. Lo que queda habla de rutina, de hogar, de día a día y de colectividad. Se nota que abandonaron este ecosistema porque alguien los expulsó.

La gente de ITF nos apura. Yo quiero irme y no quiero irme. Bajamos la escalerilla y la dejamos como estaba, a punto de recibir gente. Simbólicamente la escalerilla del barco colgando significa la rendición del barco: ya no hay capitán, ya no hay nadie quien lo cuide y que pueda decidir desde arriba, y mirando en picado, quién sube. Por una vez, extraño al dueño de la puerta de los barcos.

El jefe de máquinas del barco abandonado en Ceuta está en Turquía y me ha dicho que podemos vernos. Me ha citado en Pendik. Hakan pasa con su hija en el coche, pita y nos subimos. Ha perdido casi todo el pelo, y ni el uno ni el otro sabemos cómo relacionarnos. Nos conocimos en el abandono y en el barco nació esa solidaridad inexplicable que tiene compartir una situación extrema; ahora el abandono se ha terminado y la vida sigue con otro ritmo. No se resolvió nada, dice Hakan. Él se fue y, poco a poco, lo hicieron todos los marinos. Se quedó un marino a bordo y José Manuel Ortega lo está ayudando. Quisiera preguntarle cómo fue la decisión de irse, pero no me atrevo. ¿Qué dijeron los otros? Tampoco digo nada.

Hakan ya no quiere saber nada del abandono, dice, y está buscando trabajo en otro barco porque las deudas se siguen acumulando. Lleva tres meses en tierra y la prisa le corroe el cuerpo. Estamos en un café, a primera línea de mar. A lo lejos, se ven barcos mercantes fondeados. La pequeña no se separa de su padre y, aunque no habla mucho inglés, sabe que él lo pasó mal, muy mal. Su papá ya no tiene tanto pelo, su papá ya no sonríe tanto y a veces se queda pensativo, sin decir nada y mirando a lo lejos. Hay que olvidar, dice Hakan, y nos despedimos.

 En esos días, en Estambul, Muzafer me dijo que Hakan se había embarcado de nuevo. Muzafer estaba disgustado: “Una vez se puede vivir el abandono; dos, no”. Las prisas habían ganado y Hakan volvía a estar en un barco sin muchas garantías. Hace ya un año recibí un mensaje de Hakan. Se disculpaba, había estado en algún momento en un puerto español y no me había dicho nada. “La próxima vez te llamo”, decía.

 

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