¿Qué es En el Limbo?

El sábado de 2 de junio de este año recibí un correo de un capitán. Hacía más de un año que ningún marino me buscaba. En ese correo, un capitán ruso que había entrevistado en Estambul, en febrero del 2010, me pedía que hiciera “algo”. ¡Otra vez un marino mercante me pedía ayuda! Entré en pánico. ¿Qué podía hacer? Solo un año antes le hubiese contestado que escribo, que podía narrar su historia y así la gente sabría lo que ocurre en el mar. Esa había sido la respuesta oficial (por verdadera) durante el viaje que emprendí en verano del 2009 y que acabé en primavera del 2010, y que me llevó a visitar siete puertos del Mediterráneo: Barcelona, Estambul, Ceuta, Gibraltar, Civitavechia, Suez y Haifa.

Esa travesía tenía como objetivo documentar la situación de las tripulaciones abandonadas en el Mediterráneo. Entonces, había en el Mediterráneo unas 500 tripulaciones abandonadas. Se trababa de marinos, cuyo armador había abandonado a barco y a tripulación en algún puerto. Algunos no tenían comida, otros malvivían de caridad y la mayoría no entendía qué les estaba pasando.

El 2 de junio del 2012, yo había tirado la toalla hacía meses. Supongo que, en cierta manera, sentía que ya había cumplido. En el 2009, el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (Conca) me otorgó una beca para que documentara la situación de las tripulaciones abandonadas. A esa beca, se sumaron otras y, poco a poco, fui recogiendo historias de marinos abandonados. Trabajé con varios fotógrafos, con una documentalista, con algunos periodistas y, muchas veces, sola.

Entonces, publiqué artículos en prensa y académicos, pronuncié charlas, abrí un blog en este mismo periódico y convertí el tema en mi tesis doctoral. Una editorial me pidió el libro y yo abandoné el blog sin pensar que era una ventana útil y necesaria para que la gente supiera qué sucede donde se pierde la vista, más allá del horizonte. La crisis hizo que la editorial me abandonara a mí y yo no hice nada.

Ese sábado, en mi casa de Barcelona, a las 9.35 minutos, llegó ese mail procedente de algún lugar del Este del Mediterráneo. Yo tenía una taza de café en la mano, di un sorbo y me quemé. Regresé al olor del abandono, a la locura, a las escaleras sin retorno. En algún momento del viaje, creo que en Ceuta, había escrito que tenía miedo de que alguno de los capitanes, mecánicos o marinos que me explicaban su abandono un día me maldijera por no haber hecho nada. Ese 2 de junio pensé que no podía hacer nada. Había olvidado mi respuesta: “¡Puedo escribir!”.

Maldita crisis, a veces, olvidamos quiénes somos y qué podemos hacer. Recuperé el material en el que explico ese viaje. Maite San Miguel me ayudó a editarlo. Carme Ferré lo revisó, Richard Thompson lo ha traducido al inglés y mucha gente me ha animado a seguir. Pedí a El Periódico de Catalunya que lo alojara, ahora sí acabado, en su página web.

En el Limbo es un experimento de visibilización que puede modificarse por el camino. De momento, he decidido que cada semana publicaré mi experiencia en un puerto diferente: los posts correspondientes a cada puerto se publicarán lunes, miércoles, viernes y domingo. Todo el proyecto se alarga ocho semanas y puede modificarse si quien lo lea aporta soluciones para facilitar la lectura. Si me leen, verán que a veces me perderé en otras historias de este Mediterráneo desbrujulado; serán pocas, pero me servirán para entender mejor este mar en el que vivimos y al que debemos parte de nuestra identidad.

El relato empieza en Barcelona, con la historia de un capitán que rozó la locura y que llegó a vivir solo en un barco. Los nombres de los barcos y de los marinos han sido cambiados porque aparecer en este blog supondría que no volvieran a trabajar. En el mar, existen listas negras de marinos.

Verán que en parte es una narración de viaje, un periodismo de denuncia que,  sin conseguirlo, pretende seguir la tradición de los grandes maestros Tiziano Terzani, Javier Darío Restrepo o Ryszard Kapucinski. Gabriel García Márquez decía siempre en la redacción de Cambio, una revista increíble en la que pude trabajar varios años: “Ve, vívelo y cuéntalo”. Yo he ido, lo he vivido y he intentado contarlo. Supongo que a algunos les parecerá un ejercicio mal hecho de literatura periodística y a otros les faltarán voces. Puedo estar de acuerdo en lo primero: no soy escritora, soy periodista. Referente a la segunda crítica, les aseguro que he intentado que estén todas las voces.

A la mayoría de armadores, nunca pude acceder porque simplemente fue imposible localizarlos: llamé y llamé a Panamá, a Bolivia, a Islas Marshall y siempre me dijeron que “ahí no era” o el número dejó de dar señal de un día para otro. Entonces, busqué a las consignatarias o a los agentes de embarque. Algunos me abrieron la puerta exigiendo anonimato y otros ni siquiera me contestaron. Algunas compañías se declararon en bancarrota y desaparecieron; dejaron de existir. Algunos bancos que adquirieron los barcos no quisieron hablar conmigo y me colgaron el teléfono.

Para mí, este viaje explica, como dice John Berger, “lo invisible que nos ayuda a explicar lo visible”. Para mí, En el Limbo es una mirada al mundo que deja el capitalismo salvaje: un escenario deshumanizado. La globalización económica empezó y se refinó en el mar, ya que ahí pudo experimentar estando fuera de foco. Los marinos, que tenían un oficio que escogieron por vocación, ahora son parte de una cadena automatizada, deshumanizada y, como en los casos que describo, son abandonados cuando dejan de ser “funcionales” para el sistema.

Richard Sennet escribe en La cultura del nuevo capitalismo: “Recientemente la jefa de una dinámica empresa afirmó que en su organización nadie es dueño del puesto de trabajo que ocupa y en particular que el servicio prestado en el pasado no garantiza al empleado el lugar en la institución”. En el mar, eso ocurre hace ya décadas. En los barcos, se mezclan adrede nacionalidades enfrentadas para que la tripulación no se sienta unida; marinos de diferentes religiones; se viaja bajo banderas de conveniencia y, en caso de abandono, se escurre el bulto. Nadie es responsable de nada. Nadie sabe nada.

Desde hace cuatro años, en Europa, en las orillas líquidas de Europa, el pelotas fuera y las consecuencias de la sociedad riesgo empiezan a ser el pan negro de cada día. En el mar, ya se ha dado otra zancada: el abandono de la persona. Y, en ese abandono, se roza la locura, hay quien se suicida, y hay quien simplemente se abandona a sí mismo porque siente que ya no es humano.

El 2 de junio, a las 12.30 horas, decidí que recogería la toalla. Puedo escribir, eso sí.