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FRANCESC GAMBÚS
Eurodiputado independiente en el Grupo del Partido Popular Europeo en el PE

¿Hacia dónde va hoy la Europa de los 27? ¿Cómo seremos capaces de reforzar la Unión? Y, ¿qué proyecto europeo queremos para el futuro? Estas son las cuestiones que ha planteado el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, en un Libro Blanco para decidir el futuro de la Unión.

Estamos en un cambio de rasante tras el Brexit. Y ya se sabe que un cambio de rasante es terreno propicio para los accidentes. Estamos en un momento histórico en el que hay debate, pero también determinación. Es la hora de pasar de los discursos a los hechos. Lo que no sabemos todavía es si será un momento histórico al estilo de la caída del Muro de Berlín o de la firma de los primeros tratados europeos -es decir, para caminar con fuerza hacia adelante-, o bien será histórico al estilo de la entrega de los sudetes en la Alemania nazi o la humillación versallesca querida y culpable de los vencedores contra los vencidos. Puede parecer que es exagerado decirlo en estos términos, pero en aquellos momentos, en los años treinta, nadie era capaz de vislumbrar el futuro. Lo que sí sabemos es que ahora es el momento.

Los cinco escenarios que la comisión Juncker ha puesto sobre la mesa son: seguir igual; ser sólo un mercado único; dar la posibilidad de que los que quieran hacer más, puedan llevarlo adelante; hacer menos, pero de forma más eficiente; o hacer mucho más conjuntamente.

Cuando la Comisión presentó este libro blanco en el Parlamento Europeo, las reacciones fueron tan diversas como lo es el arco parlamentario. Aquello de cómo se ve la botella, si llena o vacía. Hubo quien destacó la debilidad de la propuesta de la Comisión porque, precisamente, no era una propuesta concreta, sino -en plantear cinco escenarios que más o menos se autoexcluyen entre ellos- más bien era una de difusa. Botella medio vacía.

Pero Juncker, en mi opinión, no plantea con el libro blanco -por eso es blanco- una hoja de ruta determinada y cerrada. Juncker proyecta un debate europeo. Sabemos de dónde venimos. Y sabemos qué hemos conseguido. Y deberíamos estar más orgullosos. Pero desconocemos exactamente dónde queríamos ir, y mucho menos dónde queremos ir. Y, a veces, incluso da la sensación de que no sabemos dónde estamos. El debate, por tanto, es imperioso. Partiendo de la premisa de que no tenemos claro dónde íbamos, dónde estamos, ni dónde queremos ir, ¿cómo exigimos a la Comisión Europea que nos indique la hoja de ruta? Si lo hiciera, los de la botella medio vacía probablemente nos acusarían de querer conducir políticamente el continente desde un despacho de Bruselas y que los eurócratas necesitan escuchar más e imponer menos.

Juncker ha escuchado este clamor. No quiere dictar una hoja de ruta. Quiere debatirlo y acordarlo. Juncker ha insistido, sobre todo últimamente: quiere que los Estados se comprometan, no sólo en votaciones lejanas y casi secretas en Bruselas, sino públicamente y ante cada una de sus opiniones públicas. Por eso, entre otras razones, quiere abrir el debate. Quiere que la Comisión Europea -y desde el Parlamento Europeo- que todos juntos, la ciudadanía europea, los partidos, la sociedad civil, los gobiernos y las instituciones, empoderen de nuevo el proyecto europeo.

Y, por ello, el hecho de plantear el debate en la presentación del Libro Blanco ante el Parlamento Europeo es un símbolo de valentía política, especialmente en relación a los estados. La Eurocámara es la sede de la soberanía europea, es la única institución de la Unión que es elegida por los ciudadanos. Plantear un debate sobre el futuro de la Unión ante los depositarios de la soberanía europea no puede significar nunca una debilidad. Al contrario, es un señal fuerte hacia el Consejo, hacia los estados, de que esta vez esto no tiene que ir de la defensa de los intereses estatales frente al proyecto europeo, sino de cómo el interés europeo configura el compromiso de los diferentes gobiernos de los estados miembros en la construcción del futuro de Europa. Es enviar el mensaje de que necesitamos recuperar la confianza de la ciudadanía, resolver el déficit democrático y afrontar los retos de futuro conjuntamente. Es hora de saber hasta dónde se puede llegar a nivel europeo. Y es hora de decir hasta dónde deben llegar los estados, sin autoengañarnos y siendo responsables.

Los fundamentos que pusieron los padres fundadores hoy se tambalean y se necesitan acciones. Tenemos que saber convertir el Brexit en una oportunidad para repensar Europa de arriba abajo y para hacerla renacer. La marcha del Reino Unido no es causa de nada, sino más bien consecuencia de tantos y tantos errores cometidos en todos los niveles.

Y todo ello sin perder de vista que no hay alternativa a la Unión Europea. Es el mejor instrumento para mantener la paz, que junto con los valores de solidaridad, democracia y libertad son la base de un proyecto sólido y de referencia en el mundo.

Nuestros abuelos nos pusieron en ruta. Nuestros padres nos han llevado hasta aquí. La responsabilidad de continuar, ahora, es nuestra. Es la responsabilidad de la generación Erasmus.

¿Qué Europa queremos dejar a nuestros hijos y nietos?

Celebramos el 60 aniversario de la firma de los Tratados de Roma. Y celebramos bien. Pero no nos podemos conformar con celebrar lo que ya se ha conseguido. La celebración debe ser el alma del compromiso del pueblo europeo, no sólo para seguir adelante, sino para hacerlo de manera decidida y con un proyecto democrático, participado, compartido y claro.

Nos queda mucho debate y reflexión. Y, después, sin prisa, pero sin pausa, actuar. Y con hechos.