‘Ray Donovan’, nuevo antihéroe en la oficina

Ray Donovan

Ann Biderman es una especie de equivalente televisivo de Kathryn Bigelow: una mujer a la que van poco los tópicos de la femineidad y que prefiere sumergirse en territorios supuestamente propiedad de los hombres; en la testosterona policial o la psique masculina. Por su trabajo en Policías de Nueva York ganó un Emmy, y después escribió el guión de Enemigos públicos y creó Southland, una serie policiaca realista y nerviosa que conectaba con The Wire por su mirada íntima al funcionamiento interno de las fuerzas del orden. Ningún drama hospitalario, ningún romance en pueblecito idílico. En una entrevista reciente con Salon, Biderman reivindica su derecho a (pese a ser mujer) “escribir sobre lo que me salga de los cojones”.

Y su último objetivo es la figura del “fixer”, o deshacedor de entuertos. Hombres dedicados a limpiar reputaciones ajenas, a sacar del pozo más oscuro al astro más rutilante, todo generalmente por salvar grandes compañías. En el Hollywood clásico los había famosos, como el dúo Mannix & Strickling –encargados de mantener los secretos de MGM en los años 30– y el dudoso detective de los 50 Fred Otash, quien aseguró haber escuchado a Marilyn tener sexo con JFK. Sobre éste último se prepara ahora una serie, Shakedown, basada en la novela corta homónima del gran James Ellroy.

Pero antes llega Ray Donovan, la creación de Ann Biderman, auspiciada por Showtime, sobre un fixer de la era actual, el tipo duro del título (un imponente Liev Schreiber). Donovan resuelve la vida del modo más rápido y eficaz a ricos y famosos de Los Angeles: un jugador de baloncesto que despierta con una muerta por sobredosis al lado, un astro del cine de acción pillado practicando sexo oral a un transexual. Irónicamente, no hay quien pueda arreglar su propia vida. Su matrimonio se hunde poco a poco, sus hijos pagan los platos rotos y, para complicarlo todo, su padre mafioso Mickey (Jon Voight) sale de prisión cinco años antes de lo que se esperaba.

20 años tras las rejas no han domesticado a Mickey, encarnado por Voight con electricidad perturbadora. Nada más salir, se cobra una vieja deuda –de la manera más expeditiva– e inicia lo que parece un plan de venganza mefistofélico contra Ray, quien podría haber tenido que ver en su encarcelación. El viejo lobo del South Boston llega a California para restar algo de brillo al sol.

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Ray Donovan no es, al menos por ahora, una serie excesivamente original. En el centro de la acción encontramos a un antihéroe (otro) al modo de Tony Soprano y, por su halo quieto y seductor, Don Draper. Hombres que solo quieren el bien para su familia, pero que para conseguirlo reescriben las distancias entre el bien y el mal. A Donovan le faltan características propias que lo lleven más allá del déjà vu o el enigma medio vacío. Por supuesto, tras únicamente un episodio es pronto para decir si Ray es poco o mucho Ray. (El chocante final del piloto retrotrae a otro final de piloto. Piensen en lo que aprendimos sobre Vic Mackey en los últimos segundos del primer episodio de The Shield.)

Y en cualquier caso, este primer episodio resulta convincente a pesar de la familiaridad de su ambigüedad. Lo es, ante todo, por el duelo interpretativo entre Schreiber y Voight, al que debemos unir una retahíla de secundarios gloriosos (un Elliott Gould como colaborador habitual del protagonista o Eddie Marsan y Dash Mihok como los hermanos mayor y menor, respectivamente, de  nuestro antihéroe): esto es un tapiz humano denso y complejo, en el que todo está atado de formas visibles e invisibles. También convence por la astuta dirección de Allen Coulter (Los Soprano), quien exploró el lado oscuro del showbusiness en Hollywoodland y que aquí parece poseído por el sinuoso, etéreo Soderbergh de El halcón inglés, a su vez poseído por Nicolas Roeg; la narración incluye saltos en el tiempo y una extraña secuencia onírica que revela episodios oscuros en la historia de Donovan. Señales de vida inteligente. Razones para seguir.