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Viaje al frío de la Antártida

Dentro de unos días viajo a la Antártida. Hace tiempo que soñaba con este viaje, y por fin se hará realidad. El prólogo será muy largo, ya que incluye un largo viaje en avión hasta Buenos Aires, una noche en la capital argentina para gozar unas pocas horas del verano austral, y un vuelo final a Ushuaia, en la Tierra del Fuego. Allí me embarcaré en el Fram, un barco de la compañía noruega Hurtigruten que tiene el mismo nombre que el velero con el que Fridtjof Nansen y Roald Amundsen realizaron sus exploraciones árticas. El Fram ya me llevó hace unos años a las islas Svalbard y a Groenlandia. Ahora me lleva aún más lejos.
En el viaje a Groenlandia, recuerdo que el capitán del Fram, un noruego llamado Arild Harvik, me contaba que el mundo del hielo parece hostil y antipático de entrada, pero que casi todos los que viajan al Ártico optan por repetir. “Los icebergs, el mar de hielo y los grandes glaciares provocan adicción”, añadió con una sonrisa. Y debe de ser verdad, ya que una vez más me dirijo a esos mares helados en los que aún resuena el eco de las grandes exploraciones.
Recuerdo que en 2003 estuve en Ushuaia, un lugar fascinante, un fin del mundo. Ya entonces quise viajar a la Antártida, pero el presupuesto no alcanzaba. Ahora podré por fin cubrir el sueño y cruzar el mítico paso del Drake y los paisajes helados que fueron testigos de las aventuras épicas de Amundsen, Scott y Shackleton. El hielo me reclama.