Del silencio blanco de Jack London al Grizzly Man

Regreso de Alaska, pero perdura en la mente una memoria del viaje predominantemente blanca, blanca como la nieve y el hielo, blanca como los paisajes de Alaska, blanca como el terrible “silencio blanco” del que escribe Jack London. “De innumerables artimañas se sirve la Naturaleza para convencer al hombre de su finitud”, leo. “Y de entre todas ellas la más temible, la más estremecedora, es la pasividad del silencio blanco”.
El silencio blanco, el frío intenso, la soledad… son ahora ideas lejanas que ilustran una tierra salvaje, inhóspita y, sin embargo, atractiva. Mientras vuelvo a la monotonía de los días de siempre, la memoria insiste en recordar los días de Alaska. Veo en televisión Grizzly Man, la película de Werner Herzog que me devuelve a Alaska y a los jóvenes obsesionados por la Última Frontera, por una naturaleza en estado puro que se esfuerzan en creer inocente. Timothy Treadwell, el protagonista, creía en la bondad de unos osos que acabaron por causarle la muerte en Katmai National Park. Y pienso, mientras asisto a su muerte, en aquel bar de Talkeetna, el Fairview Inn, y en la piel de oso colgada del techo.
El gran oso vencido, derrotado, humillado, muerto, en tierra de pioneros y tramperos, en un viejo bar de 1923. Seguirán llegando a Alaska jóvenes idealistas que consideran que la Naturaleza es pura, inocente y generosa, como los protagonistas de Into the Wild o de Grizzly Man, pero Alaska siempre acaba por imponer la dura ley de una naturaleza de frontera, límite.