Groenlandia (1): Viaje hacia el frío

Los viajes, a veces, se suceden de un modo tan rápido que ni te da tiempo de asimilarlos. Últimamente me está pasando algo de esto. Es como el síndrome del centrifugado: sin saber cómo, te has metido en una lavadora y lo único que puedes hacer es esperar a que termine el dichoso centrifugado y procurar salir con cierta dignidad. Además de limpio, claro.
    Todo va tan de prisa en las últimas semanas que enlazo un viaje con el siguiente casi sin tiempo ni de tomar aliento. Es una sensación rara que tiene una parte de positiva, ya que en algunos momentos llegas a pensar que estás flotando totalmente fuera de la rutina, pero también hay una parte negativa, ya que los mejores viajes, pienso, son los que se prolongan durante meses y dejan un poso muy denso. El resto, por desgracia, se parece demasiado a un zapping de viajes… aunque siempre vale la pena conocer nuevos mundos y embarcarte en una nueva aventura, por supuesto.
     La última jugada del destino ha hecho que dejara atrás el cálido Mediterráneo de la isla de Malta (¡A 35 grados llegamos a estar!) para irme mucho más al norte: al Ártico, a Groenlandia. Esto se traduce de entrada en una renovación total de la maleta: adiós a las chanclas y a la ropa playera para dejar lugar a botas, anorak, guantes y gorro de lana. Brrr!… Es un cambio radical, pero que estoy seguro que valdrá la pena. El Gran Norte siempre me ha atraído, y hasta ahora nunca me ha fallado.
Durante unos días navegaré, en el Fram, el barco noruego de la foto, por la costa oeste de Groenlandia, por Disko Bay, por Kangerlussuaq y otros lugares míticos. El Gran Norte está cada vez más cerca, con sus icebergs, sus inuits y sus casas de colores…