Groenlandia (4): Icebergs talla XXXL

No es fácil convivir con un iceberg. Esto es algo que saben muy bien en Groenlandia, donde a poco que te despistes se te planta un iceberg en el jardín. Y no un iceberg de bolsillo, sino de tamaño catedralicio, de los que hacen que tú casa se convierta en algo así como una maqueta.
      Cuando, en mi camino hacia el norte de Groenlandia, a bordo del Fram, vi los primeros icebergs, no paraba de hacerles fotos. Era algo mágico. Había visto muchos hace un año, en un viaje a las islas Svalbard, pero, comparados con éstos, aquellos parecían de guardería. Aquí, cerca de Qeqertarsuaq, en Disko Bay, los icebergs son de talla XXXL.
Lo malo de un iceberg es cuando ves que se está acercando demasiado. Es entonces cuando aparece el síndrome Titanic y los pasajeros del Framempezamos a soltar risitas nerviosas. Si encima el implicado se desmorona, resquebrajándose con un ruido trágico que no parece augurar nada bueno, las risitas se frenan para dejar paso a una preocupación sin medias tintas.
Tras desembarcar del Fram, por las escasas calles de Qeqertarsuaq (“la isla más grande”) me percaté de que a los inuits no les preocupan los icebergs. Para ellos son el paisaje cotidiano. Y eso que para mi gusto están demasiado cerca, hasta el extremo que en el campo de fútbol semejan las gradas de un estadio. 
Pero, bueno, supongo que para los groenlandeses lo de tener un iceberg a cuatro pasos es como para nosotros tener el coche en el garaje. O un camión. Salvando las distancias, por supuesto.