Las ruinas de Palmira y Krak de los Caballeros

Recuerdo el momento mágico de la llegada a Palmira, años atrás, cuando la guerra aún no empozoñaba ese maravilloso país. Fueron tres horas por carretera desde Damasco, atravesando el desierto monocorde, con parada en el Bagdad Café y un final con suspense. Lo primero que vi, desde lejos, fue la gran mancha del oasis, verde en medio del ocre omnipresente; una manada de camellos cruzó la carretera y, al fin, como si se tratara de un sueño, aparecieron las más de mil columnas de las ruinas de Palmira, la que fuera gran ciudad de la Ruta de la Seda.
¿Qué habrá sido de Palmira? ¿Se habrá unido al dolor de las muchas muertes la destrucción del patrimonio universal? ¿Se habrá incrementado el lucrativo tráfico de antigüedades? Son preguntas sin respuesta que flotan en el aire mientras la guerra sigue destruyendo Siria. Igual que sucede con el bazar de Aleppo y con el impresionante castillo de Krak de los Caballeros.
Lawrence de Arabia lo definió como “el castillo más bonito del mundo”, y Patrick Leigh Fermor dijo que era “el castillo que todo niño sueña”. Al entrar en él es inevitable escuchar el eco lejano de los combates de las Cruzadas. Los gruesos muros, las inmensas salas, los patios laberínticos, las atalayas desde dónde se divisa el Líbano… Krak es un mundo aparte que hoy también se está hundiendo en la ciénaga de la incertidumbre que envuelve a Siria. Esperemos que la pesadilla acabe pronto y que vuelva la paz a este entrañable país