Los pingüinos de Otago Peninsula

Otago Peninsula es un lugar sorprendente. Me ha encantado recorrer Portobello Road, que discurre a orillas del mar, y también la carretera central, que ofrece grandes vistas desde lo alto. En esta extraña península se reúne un mundo de naturaleza insospechado muy cerca de Dunedin, una de las grandes ciudades de la isla del Sur de Nueva Zelanda.
            Llegué a la península de Otago bajo una fuerte lluvia y me marché bajo un sol tímido. En cualquier caso, estando en Otago no quise perderme el espectáculo de los albatros, pingüinos y focas, aunque confieso que tengo poco de naturalista. Cuando viajo con mi amigo Andoni Canela, especialista en osos, linces, águilas y otros animales, todo resulta más fácil. Él pone sus conocimientos y su teleobjetivo, y yo le sigo con mi libreta de notas. Hemos estado juntos en África, siguiendo el rastro de leones, leopardos y elefantes; en Noruega, persiguiendo auroras boreales; y en Canadá, fotografiando osos polares. Un placer.
            En Otago, sin embargo, a falta de Andoni, me dejé llevar por mi intuición. Me dirigí de entrada a Pilots Beach, donde me dijeron que al atardecer se concentran los pingüinos. Llovía, pero no por ello pensaba rendirme. Antes de llegar allí, sin embargo, me fijé que había una veintena de coches mal aparcados sobre un acantilado. ¿Estarán esperando a los pingüinos?, me pregunté. ¿O quizás a los albatros o a las focas? Fuera lo que fuera lo que esperaban encerrados en sus coches, decidí apostarme junto a ellos con la mirada atenta. La lluvia arreciaba, pero no pensaba retirarme.
Pasaron lentamente los minutos y, mientras andaba yo escrutando la playa y las rocas sin lograr ver nada, escuché un grito de júbilo. Los conductores empezaron a hacer sonar las bocinas, a lanzar ráfagas de luces y gritos eufóricos. ¿Estaban avistando albatros, focas o pingüinos?, me pregunté ansioso. En cualquier caso, debía de ser algo excepcional, ya que les veía fuera de si. Pronto salí de dudas. No se trataba ni de albatros, ni de focas ni de pingüinos. Lo que tanto les emocionaba era algo mucho más grande: un enorme trasatlántico, el Queen Elizabeth, que justo en aquel momento abandonaba el puerto de Dunedin.
            El Queen Elizabeth salió majestuoso por la bocana de la bahía, con los pasajeros saludándonos desde cubierta. Yo, para no desentonar, los saludé como hacían los demás, aunque de reojo iba mirando hacia la playa por si aparecía un albatros, una foca o un pingüino. Ni que hubiera sido uno de los más pequeños por lo menos me habría servido de premio de consolación.