Turquia (3): De Kas a Kastellorizo

Lo bueno, o lo malo (según cómo se mire), de los viajes es que siempre andas con la mochila de la memoria a cuestas. Ahora mismo, acabo de llegar a Kas, un pueblo precioso de la costa licia, y la visión, justo enfrente, de la isla de Kastellorizo, me ha llevado a pensar en los días felices que pasé allí hace unos veranos. Se estaba bien en la isla donde se rodó Mediterráneo, se estaba bien rodeado de emigrantes australianos que volvían para someterse a un baño de nostalgia. Pero ahora mismo no tengo tiempo de ir a Kastellorizo y tengo que conformarme con los recuerdos. De todos modos, se está bien en Kas, un pueblo agazapado al pie de la montaña y a orillas del mar, con muchos hoteles, unos cuantos restaurantes donde se puede comer buen pescado, bares donde se vive la fiesta hasta tarde y un agua limpia y maravillosa.
     Me gusta esta costa porque tiene muchas cosas del Mediterráneo de antes: ese mar esencial, la ausencia de prisa y, ahora en mayo, una soledad que te reconcilía con un paisaje que tiene mucho de eterno y contigo mismo. 
    Para recordar el pasado, merece la pena acercarse al teatro romano que hay en las afueras, rodeado de olivos y encarado a Kastellorizo, la isla de los sueños que esta vez no podré visitar.
    Desde lo alto del teatro, me acuerdo de la mallorquina Serra de Tramuntana, y más concretamente del pueblo de Deià. Debe de ser por los olivos, y por la montaña que se desploma en el mar. Sea por lo que sea, tengo también un recuerdo por los veranos felices de Deià, por la calma proverbial del Mediterráneo de antes, de aquel mar que nos lleva a pensar en Ulises y en La Odisea, y que nos lleva al convencimiento de que todos tenemos nuestra Ítaca.