Uzbekistán (11): Samarkanda y el Corto Maltés

Siempre quise viajar a Samarkanda… Supongo que el anhelo surgió hace muchos años, cuando descubrí, leyendo La casa dorada de Samarkanda, que Samarkanda era una de esos nombres mágicos que incitan a la aventura. Igual sucede con Zanzíbar, Madagascar y Tombuctú… Entonces me gustaba leer y releer las aventuras del Corto Maltés por Samarkanda, y me atraía la ciudad porque había sido etapa destacada de la Ruta de la Seda, etiqueta que asocio a viajes soñados y a caravanas de camellos que avanzan lentamente por el desierto, cargadas de tesoros exóticos rumbo al infinito y más allá.
Hasta ayer, Samarkanda era sólo un nombre subrayado en el mapa. Hoy, tras muchas horas de carretera –demasiadas- por fin he llegado allí. Es tarde, cerca de medianoche, y me cuesta contener la emoción. Con la nariz pegada a la ventanilla del minibús, veo cómo se van sucediendo suburbios fantasmales con feos edificios y calles vacías y mal iluminadas punteadas, muy de vez en cuando, por el esplendor de una mezquita o los restos de murallas desmoronadas.
         El cansancio aconseja, tras el largo viaje, ir directamente al hotel a descansar. Después de registrarme, sin embargo, no resisto la tentación de ir a visitar el Registán, el bellísimo conjunto de edificios que resume el esplendor de la ciudad. Bajo una niebla inquietante que difumina la luz tímida de las farolas, admiro la impresionante mezquita de Ulughbek y las madrazas contiguas, maravillas que parecen haberse confabulado para acotar una plaza enorme asediada por lejanos ecos de la Ruta de la Seda.
            Mientras contemplo el Registán, solo en medio de la plaza, rodeado de frío, silencio y majestad, me doy cuenta de que Samarkanda tiene por la noche un aire irreal, de otro mundo, con la niebla tejiendo un velo de misterio alrededor de este espacio mágico.
Permanezco unos minutos disfrutando de la soledad del Registán, hasta que me parece ver una sombra que huye. ¿Quién puede ser? ¿Alguien que busca un lugar donde cobijarse?, ¿un turista perdido?, ¿un ladrón?… La sombra se esfuma en la noche… Mientras vuelvo caminando hacia el hotel, encogido por el frío, pienso que quizás se trataba del Corto Maltés, el aventurero de La casa dorada de Samarkanda, el hombre de largas patillas, tabardo azul y gorra de marino que no se arredraba ante nada. No me extrañaría que estuviera allí para reivindicar Samarkanda como dominio irrenunciable del misterio y la aventura.
A la mañana siguiente, cuando regreso al Registán, compruebo que la luz del día le arrebata buena parte de su misterio. Lástima. Hay grupos de turistas, vendedores ambulantes, fotógrafos de lance e incluso una pareja de novios que ha venido a hacerse unas fotos frente al monumento. Del Corto Maltés, ni rastro.