Uzbekistán (13): El Valle de Fergana

El Valle de Fergana es un mundo aparte dentro de Uzbekistán. Está formado por tierras fértiles donde vive el 30% de la población de un país que en sus dos terceras partes es desierto. El Valle de Fergana es, pues, un maravilloso mundo aparte, a tan sólo un paso del Kirguistán. Se encuentra a 270 kilómetros de Tashkent y para llegar hasta allí hay que pasar por el alto de Kamchik, de 2.670 metros. La carretera, llena de curvas y con nieve a ambos lados, es un ritual iniciático, con puestos militares, controles y carteles de prohibido fotografiar. En las curvas hay coches de policía siluetados en cartón para intimidar a los conductores. La primera vez, de lejos, te los crees; después se transforman en un cómico elemento decorativo.
La obsesión por el control llega a tal extremo que están prohibidos los autocares y que apuntan tu nombre y número de pasaporte cuando entras en el valle. Nos cruzamos con un convoy de camiones cargados de gas escoltados por la policía. Su destino es la China, mientras que en Uzbekistán hay cortes frecuentes de suministro. Con ellos viajan el poder del dinero y el fantasma de la corrupción.
            Lo primero que te encuentras al llegar a Fergana es un ancho valle y muchas paradas de pan y fruta. Comprar pan en el valle es una garantía, ya que tienen grandes hogazas, primorosamente decoradas y con un sabor buenísimo. Da la impresión de que aquí cuidan el pan con primor, como si fuera una obra de arte. 
       Cuando bajamos a comprar pan con Nick, el inglés del grupo, se nos acerca un muchacho y nos pregunta: “Are you tourists?”. Cuando le decimos que sí, sonríe de oreja a oreja y se nos queda mirando en silencio. Es evidente que aquí hay muchos menos turistas que en Samarkanda. Cuando Nick le dice al chico que viene de Inglaterra, el muchacho no consigue situar este extraño país en el mapa. Tampoco a Barcelona. Al final concluye que somos de Germania, el único país europeo que le suena.
        En el mercado de Chust estalla la vida. Es domingo y está abarrotado de gente y de paradas que denotan que en Fergana domina el elemento campesino. Me llaman la atención las paradas de huesos de albaricoque tostados. La semilla está riquísima.
         Comemos muy bien en casa de una artesana que fabrica los típicos casquetes uzbecos: plov, fruta, yogurt, frutos secos… Ella nos cuenta que se llama Tohta (“Stop” en uzbeko). “Soy la hija número doce y mis padres no querían más. La advertencia del nombre funcionó”. 
       No muy lejos de Chust, nos detenemos en una antigua construcción de barro muy deteriorada. Es lo que queda de la ciudad perdida de Akhsykent, la antigua capital destruida por los mogoles y rematada por un terremoto en 1620. El lugar, con el río Sir Dariá a un paso, rodeado de tierras fértiles, es misterioso, evocador, fascinante. Unos niños buscan fragmentos de cerámica entre el barro, trozos del esplendor perdido de la antigua Ruta de la Seda.
            Vemos unos cuantos caballos camino de Fergana. Son pesados y fondones. Nada que ver con los altos, ágiles y fuertes Sky Horses que dieron fama al valle en el pasado.
Las calles de la ciudad de Fergana están vacías. Hace frío, nieva. En el hotel no hay turistas, pero sí muchos hombres de negocios vestidos de negro. “En Fergana se hacen muchos negocios…”, me susurra un amigo uzbeko, “y no siempre legales”.