La cultura democrática se degrada

Dice el filósofo Emilio Lledó que la corrupción que más le preocupa es la de la mente. Lo dice con la convicción de quien asiste a un proceso de degradación de la cultura democrática, acosada por la propaganda destemplada de movimientos políticos, partidos y organizaciones, difusores instalados en una grosera simplificación de los problemas, en nacionalismos de campanario y en una neutralización vociferante del pensamiento crítico. Pareciera que a grandes rasgos se cumple el vaticinio del historiador Pierre Rosanvallon: el populismo se ha subestimado o despreciado durante demasiado tiempo.

También se cumple el pronóstico compartido por muchos según el cual quedaron en la cuneta promesas de cambio social o simplemente de asistencia social en entornos caracterizados por enormes desequilibrios y, simultáneamente, se ha agravado la desigualdad en sociedades con una clase media consolidada a causa de la salida neoliberal de la crisis financiera desencadenada en 2008. La ortodoxia macroeconómica ha operado como un factor de erosión –préstese atención a autores como Paul Krugman, Thomas Piketty y Joseph Stiglitz entre otros muchos– y a continuación han hecho fortuna los hombres-pueblo –como encarnación de la comunidad, se presentan– sin mayores escrúpulos y propósitos que impugnar el acervo cultural y político de la democracia en nombre de una variada panoplia de argumentos, de eslóganes pergeñados por los spin doctor y por los profesionales que operan en las redes sociales.

No hace falta remontarse en la historia más allá de la última semana para dar con comportamientos inquietantes: la derecha española en bloque le da una vuelta judializadora al procés al recurrir los indultos, un recurso político para serenar los espíritus sin desacreditar a los jueces; Daniel Ortega transmuta los prolegómenos de una campaña electoral en una persecución sistemática de sus adversarios; Viktor Orbán alarma a la Unión Europea con su pretensión de silenciar a los homosexuales o, aún peor, de cerrar las escuelas al conocimiento de la diversidad afectiva; la UEFA impide que un estadio de Múnich se ilumine con la bandera arcoíris –la selección de Hungría, en el césped– por estrafalarios motivos en defensa de la neutralidad política, como si tal cosa fuera posible en un espectáculo político multitudinario. Seguir con más ejemplos resultaría fatigoso y es innecesario.

La cultura democrática es un logro de la modernidad que incluye la autonomía de los individuos, el libre pensamiento y la libertad de expresión, la separación de la religión y el Estado, la separación de poderes, la igualdad de los ciudadanos y otros derechos y deberes sobradamente conocidos y pautados. Como explicó en su día Raymond Aron en Democracia y totalitarismo, “los regímenes aparecen como soluciones opuestas a problemas”, con un ingrediente añadido en el caso de las democracias deliberativas: la oposición de diferentes fórmulas para abordar un mismo problema. Se trata de una norma tan simple y conocida como difícil de digerir por corrientes de opinión para las que, más allá de su parecer, nada es admisible.

Los recursos que el PP y Vox presentarán contra la ley que regula la eutanasia van en esa dirección: la convicción de una inefable superioridad moral, encubierta en argumentos de naturaleza constitucional, mueve a los dos partidos a soslayar el dato incontrovertible de que la opinión pública es partidaria de permitir y regular la muerte asistida. La ley de la eutanasia no es de aplicación obligada, sobra recordarlo, pero para los recurrentes no cabe poner límites a la defensa de la vida ni siquiera cuando la vida se convierte en una experiencia invivible (sus motivos son estrictamente personales, de inspiración religiosa; antes sucedió con las leyes del aborto).

Volvamos a Aron, que no fue, por cierto, un revolucionario radical ni cosa parecida: “La elección en política no es entre el bien y el mal, sino entre lo preferible y lo detestable”. Hoy hay demasiadas cosas detestables, fruto más del oportunismo que del goyesco sueño de la razón. Cuando Keiko Fujimori y sus corifeos accidentales arremeten contra el escrutinio que coloca a Pedro Castillo en la presidencia del Perú se provoca una situación realmente detestable: se pretende deslegitimar el triunfo del maestro rural para neutralizar una posible y futura decantación del ganador hacia una imitación del modelo venezolano, suficientemente desacreditado como para aparezcan émulos que en él se inspiren. La obligación de respetar los derechos del triunfador –todos los candidatos se comprometieron a hacerlo en su día– resulta suplantada por una acción preventiva en la que los antecedentes escasamente democráticos y transparentes de la candidata Fujimori se dejan a beneficio de inventario o se dan por amortizados.

En el caso peruano y en muchos otros, a un lado y otro de la divisoria ideológica, es reseñable que la desnaturalización del significado de las palabras ha encubierto y enturbiado el debate político. Cuando se califica a alguien de fascista –una referencia correspondiente a un momento histórico muy concreto– o alguien se define como liberal –un concepto polisémico o poliédrico– no hay forma de saber si efectivamente tales elementos descriptivos se corresponden con la realidad o son fruto de una apresurada asignación de etiquetas. Con todo ello, sale perdiendo la cultura democrática, la convivencia entre puntos de vista diferentes; al desgastarse la cultura democrática, ocupan la tribuna de oradores cuantos se ven capaces de sacar partido a la ceremonia de la confusión, tanto más productiva para sus fines cuanto más confusa.

En junio de 1979 acudieron al palacio del Eliseo los pensadores André Glucksmann, Raymond Aron y Jean-Paul Sartre, nada coincidentes sus respectivas visiones del mundo y del hombre, para reunirse con el presidente Valéry Giscard d’Estaing, un liberal, quien, a instancias suyas, decidió acoger a 100.000 refugiados vietnamitas. ¿Es en el presente posible una escena de naturaleza similar? Probablemente, no; cualquier ocasión es buena –Ceuta, hace unas semanas– para alentar el enconamiento.

Fractura electoral en Perú

El desenlace de la elección presidencial en Perú se ha sumergido en la lógica seguida en noviembre del año pasado por Donald Trump para poner en duda la legitimidad del triunfo de Joe Biden. Al mismo tiempo que los observadores internacionales sobre el terreno coinciden en que en el desarrollo de las elecciones del 6 de junio no hay la menor sombra de fraude y que la victoria de Pedro Castillo está libre de sospecha, Keiko Fujmori insiste en denunciar un fraude masivo e impugna la validez de miles de votos sin pruebas consistentes que respalden tal proceder. La diferencia mínima de 60.000 papeletas entre el maestro rural y la hija de Alberto Fujimori, incursa en varias causas judiciales, es el reflejo exacto de una sociedad profundamente dividida, de dos populismos irreconciliables y de un sistema político minado por la corrupción hasta cotas inimaginables.

El “deseo ardiente” de que la victoria fuese para Keiko Fujimori, expresado por Mario Vargas Llosa en un artículo publicado en El País el mismo día de las elecciones describía lo que estaba en juego como un combate sin vuelta atrás entre democracia liberal y dictadura comunista. “Ceder a lo más inmediato, como las enormes distancias que separan a los ricos de los pobres en el país y que esta pandemia ha hecho más visibles y dramáticas, es precipitarse en un suicidio político que cerrará para siempre –o por muy largo tiempo– la posibilidad del país de recuperar su vieja historia, cuando fue, en el pasado prehispánico, cabeza de un imperio que daba de comer a todo el mundo, o en los trescientos años coloniales cuando el virreinato peruano era el más próspero de América”, escribió el nobel, con una larga historia de desencuentros y enemistad política con Keiko Fujimori, que él mismo reconoce en el artículo.

Vargas Llosa es una referencia nacional en Perú, pero su decantación política queda lejos de la transversalidad. Expresa, por el contrario, una opinión muy reconocible entre las élites limeñas que apoyan a la candidata conservadora, que están de acuerdo con él en que no hay que ceder “a lo más inmediato”, como si la fractura social peruana fuese cosa reciente y no un fenómeno histórico de largo recorrido que ha dejado al margen del progreso material a generaciones enteras. Dicho de otra manera: nadie ha salido nunca al rescate de los más vulnerables, salvo alguna honrosa y breve excepción, y siempre que ha sido preciso se ha invocado el recuerdo de José Carlos Mariátegui, pensador marxista peruano y fundador de Partido Socialista –luego comunista– para aventar toda clase de riesgos y fantasmas.

Lo cierto es que Perú Libre, el conglomerado que apoya a Pedro Castillo, se remite con frecuencia al marxismo-leninismo-mariateguismo –lo recuerda Vargas Llosa en su artículo–, pero los compromisos públicos del candidato, más cercanos a la socialdemocracia sin sobresaltos que a otros ámbitos ideológicos, suavizan enormemente las remisiones históricas. En todo caso, no son ni más ni menos creíbles que la conversión a la democracia de Keiko Fujimori, para quien un fiscal pide ahora que ingrese de nuevo en la cárcel por haber incumplido los requisitos que se le impusieron al levantarle la prisión provisional. Hay en ambos candidatos algo de transformismo apresurado, obligados los dos por una realidad social extremadamente dual en la que se ha consolidado el reparto de los votos en dos mitades casi iguales: Lima y el establishment, por un lado; el resto del país, especialmente las pequeñas ciudades, las zonas rurales y el mundo indígena, por el otro.

Han desaparecido los términos medios, favorecido el exterminio por una crisis irrefrenable. Como ha puesto de manifiesto en un editorial el diario limeño El Comercio, la foto fija de un electorado cansado y decepcionado con el desarrollo de los acontecimientos es la fragmentación del Parlamento elegido en abril, donde será de obligado cumplimiento buscar zonas de relativo confort para fuerzas antagónicas, más versadas en el choque de trenes que en la búsqueda de consensos. “La inmovilidad derivada de la fragmentación es por lo tanto un peligro que se cierne sobre la nueva conformación parlamentaria”, alerta el editorialista, como si de antemano quepa temer que el camino de los grandes consensos será una ruta sembrada de minas.

La actitud de Keiko Fujimori alimenta tales temores en igual o mayor medida que la radicalidad de algunos discursos de campaña. La pregunta formulada por Mario Vargas Llosa en Conversación en la catedral, “¿en qué momento se jodió el Perú, Zavalita?”, sigue sin provocar respuestas convincentes, sino repentinos espasmos movilizadores, atisbos de progreso y remedio de males de corta vida que acaban abruptamente (con demasiada frecuencia, con políticos relevantes juzgados y condenados).

La efervescencia de la calle a finales de 2020 a partir de “la vacancia presidencial por incapacidad moral” de Martín Vizcarra, con una participación muy significativa de los jóvenes, fue un adelanto de las tensiones provocadas por el escrutinio. El magisterio de Donald Trump ha hecho el resto y el ejemplo puede extenderse a otros escenarios con una articulación social caracterizada por desigualdades lacerantes. Pareciera que las opciones conservadores han llegado a la conclusión de que solo aceptarán los resultados de escrutinios que les den la victoria y arremeterán contra los que la den a fuerzas progresistas. La gran prueba será el año próximo en Brasil, cuando Luiz Inácio Lula da Silva disputará la reelección a Jair Bolsonaro, en tantas cosas un clon político e ideológico de Trump.

No hay en el disenso peruano demasiados ingredientes para esperar que Keiko Fujimori acate finalmente el resultado electoral. Quizá porque ponerlo en duda, combatirlo con sospechas de fraude, es la única herramienta que tiene a mano para que Pedro Castillo se radicalice o quede prisionero de irregularidades no demostradas en el escrutinio, pero muy difundidas, y de un Parlamento dividido en facciones enfrentadas y poco propicias al pacto. Una forma de erosionar al adversario, según el manual del mal perdedor, que bastantes veces ha rendido beneficios a los instigadores de tales maniobras, aunque eso signifique, en el caso de Perú, joderlo un poco más.

A Netanyahu le mueven la silla

La posibilidad de que mediante diferentes argucias parlamentarias el voto de confianza para la ratificación del nuevo Gobierno de Israel se demore hasta el 14 de junio confiere al primer ministro en funciones, Binyamin Netanyahu, un margen de maniobra suficiente para frustrar el intento de ocho partidos de descabalgarlo del poder. La composición heteróclita de la coalición de Gobierno ahormada en torno a las figuras de Naftali Bennett (Yamina, extrema derecha) y Yair Lapid (Yesh Atid, centro), con la novedad absoluta de incluir a la Lista Árabe Unida (palestinos de nacionalidad israelí), es lógicamente muy volátil, debe convivir con contradicciones internas irresolubles y es muy vulnerable a los cantos de sirena que se emiten a todas horas para quebrar voluntades y hacer imposible la configuración en el Knéset de una mayoría.

Nada es muy nuevo ni muy diferente a la probada habilidad histórica de Netanyahu para dividir a sus adversarios y mantenerse en el puente de mando. Sí es una novedad que la coalición arcoíris hecha pública pretende ensamblar propósitos tan dispares como irreconciliables, empezando por los que figuran en los programas de los dos líderes de la operación. Mientras Bennett es partidario de la anexión de Cisjordania, Lapid lo es de la solución de los dos estados; mientras la Lista Árabe Unida dice haber obtenido garantías de que cesarán el derribo de casas palestinas, Bennett niega la mayor y se remite a las decisiones de los tribunales; mientras Lapid… Y así sucesivamente: incluso los analistas más favorables a la fórmula para jubilar a Netanyahu ponen en duda la durabilidad de la coalición que es tanto como decir que no se podrá cumplir la previsión de que durante los dos primeros años encabece el Ejecutivo Bennett y los dos siguientes, Lapid.

Hay que contar, además, con la necesidad imperiosa de Netanyahu de seguir en el cargo para bloquear la progresión de varias acusaciones por corrupción que se siguen en los tribunales. Como ha escrito un editorialista, el primer ministro de Israel con más años en el cargo está habituado a manipular o condicionar a su gusto el funcionamiento ordinario de las instituciones y, cabe añadir, ha tenido la habilidad de asegurar para su causa la fidelidad de los colonos, para quienes Netanyahu es una garantía. El analista Amos Arel ha llegado a escribir en el periódico progresista israelí Haaretz que “cuando hay tanto en juego” para el primer ministro, “no se puede descartar un estallido de violencia”, sea por razones internas o externas.

El enrarecimiento de la atmósfera política en Israel es un hecho, estimulado durante los últimos días por la sensación de que la operación contra Gaza daba a Netanyahu la posibilidad de restaurar viejas alianzas y dejar sin efecto el conglomerado de partidos gestado por sus adversarios. Se diría que el alto el fuego en la Franja, forzado por Estados Unidos, no dio tiempo al primer ministro en funciones de consumar su labor de zapa en las filas de Bennett-Lapid y, en cambio, permitió reconducir complicidades en la coalición armada para desplazarle. Un juego de equilibrios y desequilibrios en cuyo seno no tienen acomodo los proyectos a largo plazo.

La única argamasa que mantiene unidas las piezas para formar una nueva mayoría es la voluntad de los ocho partidos de echar a Bibi –diminutivo de Binyamin–, de acabar con la inercia frustrante derivada de la celebración de cuatro elecciones legislativas en dos años, de pasar página y salir de la inoperancia. Thomas L. Friedman compara en The New York Times los acontecimientos que se desarrollan en Israel con la movilización que logró desalojar a Donald Trump de la Casa Blanca. “Para comprender el drama político que se representa en Israel y la tentativa de formar una coalición de unidad nacional para derrocar al primer ministro Benyamin Netanyahu, no es preciso hablar hebreo –escribe Friedman–. Es suficiente comprender una cosa: Netanyahu enfurece a sus enemigos más que Donald Trump a los suyos”. Y establece a siguiente comparación: Bibi es a Trump lo que la coalición en ciernes es a Joe Biden.

Pueden añadirse aquí otras similitudes tan arriesgadas como las anteriores: el Likud es al ala ultraderechista que controla el Partido Republicano lo que el reformismo laico de Lapid es al Partido Demócrata. Pero acaso la mayor y mejor de todas las comparaciones es que hace el propio Friedman: “Al igual que Trump, la principal estrategia política de Netanyahu para ganar las elecciones ha sido fomentar un intenso culto a la personalidad y tratar de ganar y mantener el poder con escasa mayoría, dividiendo a Israel en tantas líneas como le ha sido posible. En su caso, principalmente judíos contra árabes, izquierda contra derecha, religiosos versus seculares y patriotas versus traidores”.

Sin líneas rojas, con todas las opciones posibles abiertas para cambiar de caballo a mitad de cualquier carrera, Netanyahu domina el arte del regate característico de los políticos sin grandes y reseñables compromisos ideológicos; para Netanyahu, cada día se empieza de cero y los aliados de hoy son los adversarios de mañana y viceversa si tal cosa sirve para seguir en el poder. Durante la presidencia de Trump se encontró con un socio excepcional; con Biden todo resulta más engorroso, menos confortable, incluso con el margen de tolerancia otorgado por la Casa Blanca a la escabechina de Gaza.

“En un país normal, entenderíamos que tiene que haber un cambio, y que formar un Gobierno que incluya un partido árabe podría representar un verdadero esfuerzo conjunto para resolver el problema con los árabes israelís y para ellos”, escribió en El País Etgar Keret en mitad de la crisis gazatí. Pero la anormalidad israelí no se ajusta a ninguna de las convenciones políticas o, por lo menos, a bastante de ellas; en el universo político israelí prevalece una idea de la normalidad que Karen Armstrong aplica en su monumental Historia de Jerusalén a la conquista del este de la ciudad en 1967: “Como dirían los cabalistas, en este momento en que Israel estaba de nuevo en Sión, todo en el mundo y en el cosmos entero había vuelto a su lugar apropiado”.

¿Es apropiado para una sociedad radicalmente dividida y culturalmente militarizada confiar el poder a una coalición de profundos discrepantes entre sí? Esa es la gran baza de Netanyahu: la explotación de las discrepancias para desarmar la mayoría antes de la votación de confianza en el Knéset. La mayor arma en manos de la oposición es el hartazgo de una opinión pública convocada cuatro veces a las urnas sin mayores consecuencias efectivas, con el covid-19 casi controlado y la necesidad inaplazable de sacar al país de una crisis económica galopante. La única esperanza para la comunidad palestina de los territorios ocupados es que el apoyo a la solución de los dos estados, expresada por Joe Biden, se traduzca en hechos, tenga eco en el seno de la coalición y no caiga en el olvido por enésima vez sin mayores efectos. Casi nada nuevo luce bajo el sol.