Escalada verbal de Díaz Ayuso

La secuencia de acontecimientos en Madrid a partir de la sacudida en Murcia ha permitido contemplar la peor cara de la política en una de sus versiones más adecuadas para desacreditarla. Es insuficiente decir que ha habido una ausencia total de la “seriedad sublime” que Matthew Arnold reclamaba a los críticos literarios; es asimismo insuficiente recurrir a la expresión italiana manca finezza. Quizá la única fórmula adecuada para describir lo ocurrido es remitirse simplemente a la tradición de la derecha agreste, a ese convencimiento legado por sus antepasados de que el Estado es un terreno de juego exclusivamente suyo. Algo que, por lo demás, induce a la nueva izquierda a radicalizarse y contribuye a enturbiar el debate con una oratoria nada saludable.

Si en Murcia se ha podido respirar el aire viciado de una forma no demasiado novedosa de almoneda aplicada al reparto de cargos políticos, con la deserción de tres diputados de Ciudadanos que en un principio apoyaron la moción de censura, la presidenta de Madrid ha abierto la caja de los truenos con una escalada verbal concretada en eslóganes pergeñados por los fontaneros que la asesoran. El salto de Socialismo o libertad a Comunismo o libertad responde a una escalada verbal cuyo final no se adivina, pero hace temer lo peor a poco que las encuestas mejoren los pronósticos electorales de Pablo Iglesias para la convocatoria del 4 de mayo.

Ha adoptado Isabel Díaz Ayuso los aires apocalípticos que han solido llevar a España al despeñadero, arropada para tal empresa por los émulos del aparato de propaganda de la extrema derecha estadounidense desde los no muy lejanos días en los que aspiró a la vicepresidencia de Estados Unidos Sarah Palin, una candidata con un desconocimiento enciclopédico de cuanto estaba obligada a saber. Es complicado discernir a qué libertad se refiere la presidenta de Madrid o qué libertades echarán en falta los madrileños si no ganan los suyos, pero en esa simplificación, en ese o yo o el diluvio, descansa el toque a rebato de Díaz Ayuso para que de las urnas salga una libertad salvaguardada de naturaleza imprecisa. Aunque quizá sea un elemento indicativo o esclarecedor el perfil de los manifestantes enardecidos de la calle Núñez de Balboa, el año pasado, o el de los reunidos por Santiago Abascal en el centro de Murcia hace unos días sin mayor respeto por las reglas que impone la pandemia.

Los eslóganes puestos en circulación por el PP en Madrid y otros de similar carnadura y estilo –Patria o muerte (Fidel Castro), O Roma o morte (Giuseppe Garibaldi)– resultan siempre inquietantes. En el caso de Madrid, doblemente inquietantes porque aún no ha empezado la campaña y parecen y se antojan más adecuados como prolegómeno de un desenlace desgarrado que como llamamientos a un acontecimiento tan absolutamente civilizado y pacífico como una cita electoral. A saber si Díaz Ayuso ha leído a Charles de Gaulle y se aplica una de las normas de conducta que dejó escritas el general: “Cuando quiero saber qué piensa Francia, me remito a mí mismo”.

La conclusión de la periodista Soledad Gallego-Díaz en El País ensambla los eslóganes con lo que quizá se avecina: “En el mejor de los casos para ella [Díaz Ayuso], la victoria dependerá de un Vox también reforzado y todavía más normalizado, algo que debería ser una pésima noticia para el Partido Popular en otras zonas de España y terminar costando caro políticamente a Pablo Casado. Pero Patria o muerte suena bien”. Esa rotundidad del mensaje suele ganar adeptos enseguida, aunque las consecuencias ulteriores de tales soflamas son con frecuencia imprevisibles: ¿seguirá creciendo Vox?, ¿se consumará la extinción de Ciudadanos?, ¿podrá el PP renacer saneado después de los casos de corrupción o precisará las muletas de Vox?

Nada logra desvanecer la sensación de que lo que sucede en Madrid engarza con la tradición más rancia de la derecha española. La herencia de la demagogia trumpista no ha hecho más que suministrar nuevos instrumentos de combate a una pauta de conducta que se remonta a la noche de los tiempos. “No hay más alianzas que las que trazan los intereses, ni las habrá jamás”, sostenía Antonio Cánovas del Castillo. Lo alarmante es que los intereses que defiende Díaz Ayuso coincidan grosso modo con los que se atribuyen a Vox, de cuya genética neofranquista no reniega y que utiliza una Constitución y unas instituciones cuya existencia impugna –las comunidades autónomas– para alcanzar sus fines. Y aún resulta más alarmante que la presidenta suelte en medio de la refriega: “Cuando te llaman fascista es que lo estás haciendo bien”.

Son este y otros momentos de incontinencia verbal –“me han estado mareando entre unos y otros”, “Madrid es España dentro de España”, un trabalenguas– los que revelan, en el mejor de los casos, su desconocimiento del valor y el significado de las palabras, y de la repercusión que tienen. Resulta todo demasiado atrabiliario como para no temer que la escalada léxica irá a más y se producirá un emponzoñamiento de la campaña, de la política, del día siguiente a las elecciones. ¿Qué sucederá si gana la izquierda? ¿Qué sucederá si la movilización es tal que la realidad desmiente las encuestas, los cálculos que vaticinan una alianza de las derechas? ¿Se impondrá la decencia o cundirá el ejemplo trumpista que todo lo inspira: no aceptar la derrota, denostar el voto por correo, tachar el escrutinio de fraudulento?

Las escaladas verbales, como las armas, las carga el diablo. Seis semanas son tiempo suficiente para que, a partir de lo oído hasta ahora, el tono de los discursos no deje de agriarse, también desde la izquierda, como si este fuese el único instrumento posible de movilización electoral, como si el 4 de mayo estuviese destinado a ser el día clave en el que, más allá de los límites de la Comunidad de Madrid, toda la política española quedará condicionada por el resultado. Puede, incluso, que tal cosa suceda, pero será más fácil de gestionar el futuro si prevalece la sensatez, tan escasa ahora.

About Albert Garrido

Albert Garrido. Licenciado en Periodismo. Cursó Historia en la Universitat de Barcelona. Profesor en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona y en la Universitat Internacional de Catalunya. Autor de los libros 'La sacudida árabe' y 'En nombre de la yihad'.
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