El PCCh cumple cien años

Nadie hace un siglo se hubiese atrevido a vaticinar que el despertar de China tendría las dimensiones y el impacto que hoy todos conocemos. Los fastos para celebrar los 100 años de la fundación del Partido Comunista Chino (PCCh) no han sido solo la ocasión para que el régimen hiciera ostentación de su buena salud y creciente poder en todas direcciones, sino para confirmar aquello por lo demás largamente intuido: los herederos del Imperio del Medio están en condiciones de disputar a Estados Unidos la doble hegemonía política y económica. La pregunta que figura en la portada del último número de la revista Foreign Affairs es poco más que retórica: ¿Puede China seguir ascendiendo?

“La ambición y la ejecución no son lo mismo”, escribe en el citado bimensual el sinólogo Jude Blanchette. La pretensión de ejercer un control o dominio sobre los asuntos mundiales no forma parte de la cultura política china, afirma Daniel Rosen, que se demora en subrayar los esfuerzos sin éxito para reformar el sistema y actualizar su relación con el resto del mundo. Ambos analistas comparten la impresión de que el presidente Xi Jinping, titular de un poder omnímodo y desconocido desde que el reformista Deng Xiaoping ocupó el puente de mando, ha colocado al país en una trayectoria arriesgada, si no de colisión, sí de confrontación con Estados Unidos, que pone en peligro los logros consolidados por sus predecesores a partir de la carnicería de Tiananmen (junio de 1989), que cercenó sin miramientos el proceso de apertura política que siguió a la mejora de la economía.

De la lectura del ensayo de John J. Mearsheimer The tragedy of great power politics el periodista Mateo Madridejos deduce en El siglo de Asia que el ascenso de China “no será pacífico”, y de la existencia de un cinturón de adversarios de China –Corea del Sur, Japón, Taiwan, Vietnam, India, puede incluso que Filipinas– diferentes think tanks se atreven a pronosticar la concreción por mucho tiempo de una amplia región, del Pacífico Occidental al centro del Índico, sometida a la estrategia de la tensión. Mearsheimer advierte, además, de la tendencia revisionista de todas las superpotencias para impugnar el statu quo en beneficio propio, lo que hace inevitable el disenso entre China y Estados Unidos y sus aliados. Ya advirtió Henry Kissinger en 2012 que los estrategas de Washington y de Beijing se habían abstenido de acordar “una idea conjunta del orden mundial”.

Hoy se antoja demasiado tarde para que tal conjunción se produzca. El régimen chino ha impedido la colonización tecnológica del país por Estados Unidos y ha logrado ser el gran competidor en cuatro ámbitos fundamentales: el desarrollo del 5G, la inteligencia artificial, el manejo del big data y la carrera espacial. El partido ha aprovechado con habilidad la percepción generalizada en la sociedad china de que la democracia pluripartidista es un modelo político ajeno a la tradición nacional. Y ha sofocado con un coste mínimo para la cohesión interna del Estado las crisis de Hong Kong, Xinjiang y el Tibet; ninguno de los tres conflictos ha contaminado, ni siquiera episódicamente, una sociedad en cuya memoria colectiva prevalece el recuerdo de las penalidades vividas y las compara con los logros materiales de los últimos decenios, y que, al mismo tiempo, reverencia a Mao Zedong como al más ilustre de sus hijos, a quien exalta como el liberador de China de la injerencia extranjera y fundador de la patria rehabilitada.

Es obvio que el PCCh ha vaciado el maoísmo de contenido porque el partido se ha convertido en una organización que cultiva un nacionalismo exacerbado, un centralismo sin concesiones y un control absoluto de las dinámicas sociales, sin sitio para la disidencia o la crítica. Pero el recuerdo de Mao es útil para sostener una estructura que tiene poco que ver con el revisionismo de Deng –un poder colegiado– y mucho con el modelo de presidencia vitalicia de facto promovida por Xi mediante una reforma constitucional. No es exagerado concluir que el partido ha vuelto la mirada al legado confuciano para garantizar la estabilidad, un cambio paradójico de estrategia porque el maoísmo fue decididamente anticonfuciano y denostó la idea de armonía social desarrollada por Confucio y sus discípulos. Es pronto para preguntarse cuáles pueden ser las consecuencias a largo plazo de la intersección de maoísmo y confucianismo; solo es posible constatar que ha servido al PCCh para contrarrestar la influencia de Occidente, según sostiene Xulio Ríos entre otros autores.

A la luz de la sucesión de desencuentros durante la presidencia de Donald Trump y de la voluntad de Joe Biden de traducir en hechos el eslogan America is back, parecen muy lejanos los buenos augurios que hace solo siete años incluyó el exsecretario del Tesoro Henry M. Paulson en Deadling with China. Creía Paulson que era posible encauzar la competencia entre las superpotencias mediante un compromiso político y económico, a través de una forma ad hoc de soft power que serenara los espíritus y estableciera un código de conducta respetado a ambas orillas del Pacífico. Sigue habiendo, sobre todo en Europa, quienes estiman que desenterrar el modelo de la guerra fría y de la contención del adversario, de acuerdo con el análisis de George F. Kennan aplicado a la competencia con la URSS, es un error estratégico que envenenará la coexistencia entre contrincantes, y la opinión pública europea, en general, se muestra despreocupada con el ascenso chino. Pero son cada vez más las voces en la Unión Europea que manifiestan su desconfianza hacia el poder del gigante asiático, de su nueva ruta de la seda sin contrapartidas, sin garantías de seguridad específicas y otros requisitos que eviten la colonización china en el sector de las nuevas tecnologías.

De haber tenido noticia de ello, nadie se habría atrevido a otorgarle larga vida a la organización fundada en 1921 en Shangái por un grupo de doce jóvenes. Sin embargo, el PCCh ha sido el artífice absoluto de la transformación de una sociedad agraria en extremo atrasada en otra que opera a escala global. El secreto del éxito del maoísmo sin Mao es que el papel del Gran Timonel ha quedado reducido al de ser el padre de la nación renacida; el resto de cuanto procede del partido es resultado de la adaptación al medio, de hacer de la necesidad virtud y de utilizar una férrea disciplina social en una máquina sin parangón de producir e innovar, sometida al control estricto de una autoridad suprema que apenas nadie impugna. La esperanza de vida de tal modelo es desconocida.

La hiperpotencia imprescindible teme dejar de serlo

Cumbre de la OTAN en Chicago

Sesión de la cumbre de la OTAN celebrada en Chicago el pasado fin de semana.

¿Es inexorable que decline la influencia de Estados Unidos a escala planetaria? ¿El multilaterialismo, el realismo defensivo y otras formas de poder compartido son el futuro inevitable de las relaciones internacionales? ¿Se acabaron para siempre las certidumbres de la pax americana y nos encaminamos hacia fórmulas multipolares menos estables y menos seguras? Estas y otras preguntas de parecido tenor se formulan una vez más en Estados Unidos al socaire de la campaña electoral, ocasión ideal para que la comunidad académica, los think tank y los lobis alienten el debate. La derecha radical, anclada al Tea Party, se alarma ante la perspectiva de una supremacía de Estados Unidos forzosamente compartida o menguada; el pensamiento liberal se inclina por el poder blando, el poder inteligente, si se prefiere llamarlo así, y el mantenimiento del vínculo atlántico –la OTAN– como máxima expresión de la seguridad colectiva de Occidente.

Para politólogos como el profesor John J. Mearsheimer, de la Universidad de Chicago, las superpotencias “buscan siempre oportunidades para ganar poder por encima de sus rivales, con la hegemonía como objetivo final”. La idea está contenida en el libro The Tragedy of Great Power Politics, publicado en el 2001, y fue impugnada dos años después por Charles A. Kupchan en The International History Review al comentar el mencionado libro y oponer el concepto realismo ofensivo, forjado por Mearsheimer, al realismo defensivo que sostiene que los estados “buscan seguridad antes que poder, haciendo el sistema internacional menos depredador y menos inclinado al conflicto”. Los dos modelos son perfectamente aplicables a Estados Unidos: la búsqueda de la hegemonía y la búsqueda de la seguridad. Pero ambos anhelos se atienen a lógicas y comportamientos a menudo incompatibles.

A estas dos posibilidades hay que añadir los costes de la hegemonía y la superioridad estratégica como una dificultad insalvable en el seno de una crisis económica de desenlace tan lejano como incierto. Si en 1987 Paul Kennedy planteaba en The Rise and the Fall of the Great Powers el “dilema estratégico” de la aportación de Estados Unidos a la seguridad internacional, igual a la de un cuarto de siglo antes, “cuando su porcentaje en el PIB mundial, producción manufacturera, gasto militar y personal de las fuerzas armadas era mucho mayor”, ¿qué decir hoy en pleno auge de las potencias emergentes?

La cumbre de la OTAN celebrada en Chicago ha obligado al presidente Barack Obama a plantear el espinoso asunto del coste de las operaciones en Afganistán más allá del 2014, cuando se haya completado la evacuación del contingente despachado al corazón de Asia por Estados Unidos y sus aliados; esto es, se ha visto en la necesidad de abordar el precio de un capítulo inseparable de la hegemonía de la superpotencia. Los cálculos más contenidos sitúan en más de 2.700 millones de dólares al año el precio de garantizar la seguridad afgana, una cifra que el Pentágono pretende compartir con los aliados europeos después de asumir que deberá hacerse cargo de la mitad del gasto.

Las restricciones económicas también forman parte de las ambigüedades encadenadas en Siria y de las oportunidades dadas a la diplomacia en Irán, con independencia de que los analistas del Departamento de Estado temen que excederse con la república de los ayatolás podría sacudir el orbe islámico con resultados del todo imprevisibles. Pero este realismo de la Administración de Obama es percibido por los depositarios del legado neocon como una muestra de debilidad impropia de la “hiperpotencia imprescindible”, a la que se refiere el ensayista Robert Kagan en The World America Made;  para ellos se trata de una signo de flaqueza, denostado entre otros por Lee Smith, editor senior del semanario conservador The Weekly Standard: “El Gobierno dice que la posición de Israel con respecto al programa iraní de armas nucleares no tiene vuelta atrás, pero su posición en Siria deja claro que la Casa Blanca está dispuesta a mirar hacia otro lado. Obama ha demostrado que es capaz de no hacer nada para ayudar a pueblos en la línea de fuego, incluso cuando hay intereses nacionales en juego y compartimos adversarios comunes: con Israel es Irán; con la oposición siria es Asad, un hombre que ha ordenado el asesinato de soldados estadounidenses y apunta a los aliados de Estados Unidos desde hace más de una década”.

Más allá del ruido electoral del momento, el alegato contra la Casa Blanca de Smith no queda muy lejos del análisis de Kagan comentado por el periodista Mateo Madridejos en su blog El observatorio mundial: “La estabilidad del orden realmente existente y sus corolarios –la extensión de la democracia, la prosperidad y la paz– ‘depende fuertemente, de forma directa o indirecta, de la influencia ejercida’ por EEUU, la hiperpotencia imprescindible, la única que puede afrontar simultáneamente los inmensos desafíos en todos los continentes”.  Y añade Madridejos: “El ensayo histórico –cuyo título se ha citado más arriba– es una diatriba implícita contra los declinólogos”.

Karzai y Obama

El presidente de Afganistán, Hamid Karzai, y el de Estados Unidos, Barack Obama.

En este ambiente intelectual, dedicado a negar el ocaso relativo de la superpotencia, se excluye la posibilidad de entablar un diálogo con los talibanes para alejar a Afganistán de los riesgos de un Estado fallido en cuanto el último soldado de la OTAN haya abandonado el país. Ni siquiera convencen los cinco objetivos que los islamistas radicales creen ver detrás de las maniobras de Estados Unidos. Alissa J. Rubin los ha enumerado en The New York Times al analizar el acuerdo de cooperación cerrado en abril por Estados Unidos y Afganistán. Esos son los verdaderos objetivos de la diplomacia de Obama a ojos de los fundamentalistas:

1º Asegurar las comunicaciones en los campos de petróleo de Asia central y el Caspio.

2º Prevenir un movimiento en favor de un auténtico Gobierno islámico.

3º Llevar a Afganistán el secularismo y el liberalismo.

4º Establecer un ejército hostil al islam y que proteja los intereses occidentales.

5º Amenazar permanentemente a los países islámicos de la región y prevenir un vínculo político y militar entre ellos y Afganistán.

Es poco probable que Mitt Romney, el candidato in péctore a la Casa Blanca de los republicanos, se sienta molesto con estos objetivos que, por lo demás, formar parte de la tradición política de Estados Unidos. Pero los estrategas de campaña no transigen con el método para alcanzarlos “si constituye una rendición ante los enemigos de América, como algunos han sugerido”, opina Stephen J. Hardley, que fue asesor de Seguridad Nacional con George W. Bush. Lo cierto es que Obama se expone a llegar al día de las elecciones, el 6 de noviembre, con unos 68.000 soldados en suelo afgano, casi el doble de los 38.000 que había allí el 20 de enero del 2009, cuando tomó posesión de la presidencia, según recuerda el periodista Glenn Thrush, de la web Politico.

Planteado en términos electorales, el presidente asume el riesgo de llegar a las urnas con una política exterior que incite a sus adversarios a recurrir a la demagogia o al populismo antibelicista, atrapado Obama en una doble realidad difícil de manejar: la de los costes políticos y económicos de mantener miles de soldados en Afganistán y la de los costes, asimismo económicos y políticos, de precipitar la retirada y dar pábulo a cuantos le afean haberse plegado a los dictados de la decadencia. Pero ¿es posible soslayar las señales de debilidad que emite la economía de Estados Unidos? ¿Puede Romney construir un argumento de campaña en el que el orgullo nacional se imponga a otros designios más tangibles?

Francis Fukuyama

El profesor Francis Fukuyama se pregunta ahora por 'El futuro de la historia'.

El profesor Francis Fukuyama, en un artículo titulado significativamente El futuro de la historia, se pregunta en Foreign Affairs si la democracia liberal puede sobrevivir a la decadencia de la clase media. Se trata de una pregunta poco menos que retórica porque, trasladada al presente en Estados Unidos –probablemente también a cualquier otro país occidental– , solo admite un no como se desprende del análisis de Fukuyama:La democracia liberal es la ideología por defecto en gran parte del mundo de hoy, debido en parte a que responde y la facilitan ciertas estructuras socioeconómicas. Los cambios en esas estructuras pueden tener consecuencias ideológicas, así como los cambios ideológicos pueden tener consecuencias socioeconómicas”. Después de anunciar en el pasado el final de la historia, Fukuyama teme ahora que la continuidad de la historia tome una senda en la que el descoyuntamiento de la economía desequilibre un orden mundial basado en la supremacía de Estados Unidos, y un sistema político sostenido por la complicidad de la clase media con las estructuras de poder y la tradición de la América mesiánica –el pueblo elegido–, que se remonta a los padres fundadores y llega hasta nuestros días. Temen, Fukuyama y otros muchos, que el orden que configurarán las economías emergentes, con China a la cabeza de todas ellas, obligue a aceptar un multilateralismo exacerbado, con la debilidad de Estados Unidos agravada por la del andamiaje social de la clase media.

Añádase un dato que no es ningún secreto: el grueso de los títulos de deuda pública de Estados Unidos se almacenan en las cajas fuertes de bancos chinos y japoneses, una ingente cantidad de dinero de la que depende, entre otras variables, la salud del dólar, que es tanto como decir el sistema monetario internacional más los mercados de la energía, donde todas las operaciones se consignan en dólares. “La mitad de los préstamos a más de un año del Tesoro americano los detentan bancos centrales extranjeros. Desde el 2002, las instituciones públicas extranjeras financian la totalidad de las necesidades netas americanas –asegura Ousmène Mandeng, un alto ejecutivo del banco suizo de inversiones UBS–. Cabe preguntarse si semejante dependencia es sostenible de forma duradera”. De esta incógnita sin despejar se desprende otra: ¿puede la hiperpotencia imprescindible seguir siéndolo en unas condiciones de dependencia financiera exterior cada vez mayores? Y aun otra: ¿pesará más en el ánimo futuro de los acreedores de Estados Unidos la necesidad de proteger el valor del dólar para no depreciar su cartera de títulos o la oportunidad de erosionar irremediablemente la economía norteamericana y, a través de ella, recortar las atribuciones propias de la potencia hegemónica?

Thierry de Montbrial, director del Instituto Francés de Relaciones Internacionales, ha declarado al Council on Foreign Relations, un think tank independiente con sede en Nueva York: “Estados Unidos es en la práctica el poder número uno en el mundo”, y esto será así en los próximos 20 años, pero el gran desafío que debe enfrentar es mantenerse en este lugar. La desastrosa presidencia de George W. Bush partió de la hipótesis de que solo Estados Unidos podía articular la seguridad internacional y exportar un modelo universal de democracia representativa, pero la realidad demostró que ambos presupuestos carecían de fundamento y daban como resultado más inseguridad y más inestabilidad. El primer mandato de Obama se ha inclinado por admitir que la complejidad de los problemas que tiene planteados la comunidad internacional requieren tanto el concurso de la hiperpotencia imprescindible como el de los aliados necesarios. ¿Es este reconocimiento un síntoma de decadencia o un ejercicio de realismo aplastante?