Racismo sistémico en Estados Unidos

Si en algún momento pudo confiar la sociedad estadounidense en una progresiva atenuación de las tensiones raciales, el agravamiento de los últimos años no hace más que sentar al país frente a un espejo que devuelve la imagen de una angustiosa realidad. Mientras se desarrolla en Minneápolis el juicio contra el policía Derek Gauvin, que causó la muerte por asfixia del ciudadano afroamericano George Floyd, en un suburbio de la misma ciudad la policía Kim Potter ha dado muerte (11 de abril) a un joven de 20 años, Daunte Wright, y el policía de Chicago Eric Stillman ha acabado con la vida del niño Adam Toledo, de 13 años y ascendencia hispana, que estaba desarmado y con las manos en alto (las autoridades tardaron más de dos semanas en dar cuenta del suceso, ocurrido el 29 de marzo). Nada contrarresta la tradición propia de una sociedad tan a menudo dividida por el racismo, tan a menudo alentada por el discurso supremacista, tan irresponsablemente excitada durante el mandato de Donald Trump.

La multiplicación de cargos públicos en las diferentes administraciones apenas ha sido capaz de construir un escenario de normalidad. “He vivido lo suficiente para saber que las relaciones raciales están mejor de lo que estaban 10, 20 o 30 años atrás, no importa lo que digan algunos”, proclamó Barack Obama en su discurso de despedida de la presidencia, pero poco después matizó sus palabras: “La raza sigue siendo una fuerza potente y a menudo divisiva en nuestra sociedad”. La frialdad de las estadísticas le dan la razón: el 45% de los pobres pertenecen a las comunidades negra e hispana; la renta media de las familias negras equivale al 59% de la de las blancas; los afroamericanos constituyen el 13% de la población estadounidense, pero aportan alrededor del 35% de los reclusos y el 40% de los condenados a muerte.

Michael Dayson, profesor de la Universidad de Georgetown, coincide con muchos estudiosos en considerar la presidencia de Obama un acontecimiento de gran relevancia social y política, pero también un suceso que alarmó a una parte significativa de la comunidad blanca e hizo resurgir “el feroz antirracismo negro”. De lo que es fácil deducir que Trump encontró el terreno abonado para dar en la comunidad blanca con un caladero de votos que ni siquiera los neocons lograron captar en la misma proporción para George W. Bush. Seguramente, durante la presidencia del antecesor de Obama se daban en potencia las condiciones para un renacimiento o activación del racismo blanco, pero nada en el horizonte presagiaba un cambio tan radical en la atmósfera política como la llegada a la Casa Blanca de un ciudadano negro.

Ni siquiera la colonización del Partido Republicano por el pensamiento ultraconservador, que se remonta a los mejores días del Tea Party, vaticinó en toda su gravedad y profundidad la activación de los resortes racistas. Por el contrario, mediante un cambio progresivo en las industrias culturales, las universidades y la orientación multirracial de la producción audiovisual, sobre todo para la televisión, se transmitió la ilusión de una sociedad en lenta, pero progresiva armonía. Se desdibujó así a ojos de muchos el hecho cierto de que el racismo es una enfermedad sigilosa, enmascarada con frecuencia por formalismos sociales que alimentan la idea de una relativa normalidad.

La recopilación de factores constitutivos de la identidad de la nación hecha por la nobel Toni Morrison sigue siendo válida en toda su extensión. La gran escritora identificó, entre otros, la raza, la esclavitud, la memoria, la discriminación y la integración de la cultura afroamericana. De ahí el choque con la cultura hegemónica, transmitida generación tras generación por la población blanca de ascendencia europea. Aquello que aparece en los libros de Morrison es el nítido reflejo de esa confrontación, de la asimetría en la correlación de fuerzas y de los brotes de tensión casi sesenta años después del sueño de Martin Luther King.

No es una exageración decir que la asimetría racial es consustancial al ADN de muchos estados, donde se ha puesto en marcha la maquinaria legislativa para dificultar al máximo la votación a las minorías raciales e impedir una movilización como la vivida en noviembre del año pasado. Mientras el eslogan Black lives matter guía los pasos de los manifestantes contra la violencia policial y Joe Biden dicta órdenes ejecutivas para mejorar la equidad racial, hay una corriente de fondo dispuesta a hacer cuanto esté en su mano para garantizar el predominio de la sociedad blanca. Al mismo tiempo, una minoría afroamericana cada día más radicalizada por la sucesión de episodios luctuosos ha llegado a la conclusión de que la convivencia no es posible, de que sus acometidas en la calle son para defender derechos mínimos por los que nadie está dispuesto a jugarse de verdad su futuro político.

“Me postulé para la presidencia porque creo que estamos en una batalla por el alma de esta nación. Y la simple verdad es que nuestra alma estará atribulada mientras se permita que persista el racismo sistémico”, dijo Biden el 23 de marzo. La declaración presidencial choca con el conservadurismo blanco extremo, que cree exactamente lo contrario: el alma de la nación no sobrevivirá al multiculturalismo, al mestizaje y a la igualdad racial. Y este sentimiento de pertenencia a una raza más que a una comunidad multicolor, Estados Unidos, se percibe tanto en estados con una presencia importante de afroamericanos como en los que no hay más color o casi que el blanco.

¿Cabe esperar una evolución tranquilizadora a medio plazo? Seguramente, no; seguramente la tendencia a que se agrien las relaciones condicionará el futuro. Los hechos han confirmado la sospecha de que el color de la piel del presidente, de la vicepresidenta, de tal o cual integrante del Gobierno no es un dato determinante para serenar los ánimos porque el racismo es un factor constitutivo de la nación, por más que la guerra civil (1861-1865) acabara con la derrota de los secesionistas del sur. Hay en la herencia dejada por la esclavitud el veneno inaprensible de la superioridad blanca, del convencimiento aún para muchos de que los descendientes de esclavos son una amenaza para la preservación del legado fundacional blanco, anglosajón y protestante. Ese es el gran lastre.

Mandela, un punto de apoyo

“La verdadera paz no es simplemente la ausencia de tensión; es la presencia de justicia”.

Martin Luther King

Los admiradores de Nelson Mandela, los seguidores del pensamiento del gran líder, los inspirados por él, se multiplican a gran velocidad, espectacularmente, con una prodigalidad muy por encima de la que se recoge en el pasaje evangélico de los panes y de los peces. Se trata de la una extraordinaria ceremonia de la confusión consistente en que nadie quiere perderse la foto al lado del féretro, la gloria de la frase redonda reproducida en letras de molde, difundida por la red en la aldea global. La densidad de políticos registrada en la ceremonia del martes en el Soccer City de Johannesburgo tiene poco que ver con la emotividad a flor de piel del homenaje popular que continuó luego en Sudáfrica a través de una manifestación de luto bulliciosamente sincera. Su significado se entiende mejor a la luz de lo que cabe considerar un culto a la personalidad post mortem organizado a beneficio, como es obvio, de quienes rinden el homenaje y no del homenajeado.

El titular de portada dice:

El titular de la portada dice: “El conquistador de la Sudáfrica del ‘apartheid’ como luchador, prisionero, presidente y símbolo”.

Todo esfuerzo es poco en las prisas por incorporar referentes morales a la biografía de cada gobernante para, acto seguido, proyectar sobre multitudes desorientadas –las de cada país– una guía moral actualizada. Claro que no todo fue oportunismo aquel martes lluvioso, pero se dio en dosis considerables, que quizá al propio Mandela le hubiesen movido a risa, como apunta Simon Jenkins, del periódico progresista británico The Guardian, en uno de los artículos más provocadores publicados a raíz de la agenda funeraria oficial que se sigue en Sudáfrica. “Ya es suficiente –escribe Jenkins–. La publicidad de la muerte y el funeral de Nelson Mandela se han convertido en un absurdo. Mandela fue un líder político africano con cualidades adecuadas para una coyuntura crucial en los asuntos de su nación”. Y añade: “Secuestrado por políticos y celebridades, de Barack Obama a Naomi Campbell y Sepp Blatter , ha tenido que ser deificado a fin de sacar el polvo a los demás con su gloria. En el proceso se le ha deshumanizado. Oímos hablar mucho de la banalidad del mal. A veces hay que destacar la banalidad de la bondad”.

El articulista no duda del gran líder fallecido, duda de muchos de quienes se han sumado al homenaje fúnebre; abomina de presencias irritantes a contar a partir de Robert Mugabe, presidente de Zimbabue. ¿Por qué se da una situación tan paradójica: un hombre que evitó siempre el gesto presuntuoso de ponerse como ejemplo es la referencia ideal para una multicolor variedad de perfiles ideológicos: gestores honrados, dirigentes llenos de contradicciones, muñidores del poder, luchadores abnegados y a saber cuántos registros más? ¿Acaso se debe a la escasez de referencias morales transparentes y a un superávit angustioso de moralistas estomagantes? Quizá esta sea la razón.

"Mandela, el combatiente de la libertad", títuló 'Le Monde'

“Mandela, el combatiente de la libertad”, títuló ‘Le Monde’.

La última entrega del International Herald Tribune Magazine, distribuida antes de la muerte de Nelson Mandela, recoge la respuesta de varios personajes notables en su área de actividad acerca de quiénes son los líderes morales de nuestro tiempo. Solo uno de ellos, Salam Fayad, expresidente del Gobierno de la Autoridad Palestina, menciona a Mandela, y lo hace además para relacionarlo con la siembra de la no violencia realizada por Martin Luther King en los años 60. Otros entrevistados transitan por caminos muy distantes de la praxis política de Mandela: la escritora turca Elip Shafak cita a Rumi, poeta de expresión persa del siglo XIII, que en su funeral reunió a cristianos, judíos y musulmanes; el obispo anglicano Rowan Williams menciona a Dag Hammarskjold, segundo secretario general de la ONU, porque “ofreció una perspectiva sin la que todo político está vacío”; el poeta chino Liao Yiwn se remite a Confucio y se acoge a una frase de Mencio, su seguidor más preclaro, para quien “si Confucio no hubiese nacido, la larga noche no tendría ninguna lámpara brillante”.

¿Puede aventurarse que Shafak, Williams y Liao no sienten interés o aprecio por la epopeya de Mandela? No, con toda seguridad, pero a diferencia de muchos de los gobernantes que viajaron a Johannesburgo, no tienen necesidad de hacer ostentación de ello. La remisión al icono es una operación de cirugía estética tentadora, porque tras la imagen del héroe desaparecido, libre de toda sospecha, reconocido por todos, se concentra una masa crítica de utilidad política aún más tentadora: Andrei Sajarov, Václav Havel, las revueltas en las antiguas repúblicas soviéticas, la primavera árabe, la resistencia sin aspavientos de la birmana Aung San Suu Kyi, la teocracia posmoderna del dalái lama y la escuela pacifista que, puestos a citar símbolos ilustres, se remonta a Mahatma Gandhi. 

Para 'The Independent', el titular era innecesario. Se limitó a reproducir en la portada un frase de Mandela: "

Para ‘The Independent’, el titular era innecesario. Se limitó a reproducir en la portada un frase de Mandela: “Ser libre no es simplemente librarse uno de las cadenas, sino vivir de forma que se respete y realce la libertad de los otros”.

A eso se refiere la directora del diario francés Le Monde, Natalie Nougayrède, al enumerar la descendencia civil más conocida de Mandela, el autor de frases redondas del estilo “la libertad no se negocia porque solo un hombre libre puede negociar”. Escribe Nougayrède: “Las aspiraciones a la dignidad y a los valores universales deben encarnarse para superar los peores obstáculos”. Y al seguir por esta línea es fácil tener la impresión de que una cierta religiosidad cívica envuelve los elogios fúnebres suministrados estos días por los redactores de discursos, al mismo tiempo que cobra sentido la prevención que expresa Simon Jenkins ante todo lo visto y leído: “El concepto de bondad en un líder político ha fascinado a los estudiosos, de Platón a Nietzsche y más allá. Tenemos que creer en él, no sea que nos deslicemos por el cinismo, pero hemos de tener cuidado para no deslizarnos hacia la idolatría”.

¿Es todo una gran farsa televisada en directo? No lo es, pero la banalización de la bondad de la que habla Jenkins ahí está. ¿Hay que practicar el escepticismo ante todos los discursos? Sin duda, no, pero al beatificar a Mandela en el altar de los grandes valores universales, la peripecia personal se convierte en un relato mágico del que desaparecen algunas referencias obligadas para comprender que entre la condena a cadena perpetua del abogado Nelson Mandela y la elección del primer presidente negro de Sudáfrica transcurren decenios de sinsabores, sacrificios, periodos de ostracismo, contradicciones personales, errores, ausencias, tragedias familiares y, al mismo tiempo, acontecimientos políticos en el plano interior e internacional que hacen posible el gran momento de gloria de la liberación en 1990. El relato mágico acelera la construcción del mito, al que se le otorgan todos los atributos, pero desaparece la historia; la exaltación de la ejemplaridad desdibuja al ser humano.

Las multitudes que se han movilizado para acudir a Pretoria a despedir a Madiba no precisan recurrir a la exaltación de lo sobrehumano. Han rendido tributo a quien sienten que le deben algo, que fue como ellos, que pasó por las mismas angustias que ellos, del apartheid a las matanzas en los suburbios, de la violencia de todos los días al largo olvido a que fueron condenados por la realpolitik durante la guerra fría. En esas largas colas del último adiós la mayoría sabía, desde mucho antes de que lo dijera Barack Obama en Johannesburgo, que Mandela no solo fue su libertador esclarecido, sino el libertador de los carceleros. Y en este gesto supremo se labró su derecho a pasar a la historia como un gobernante sin ira.