El año del califa Ibrahim

Si algún medio informativo decidiese distinguir a Abú Bakr el Bagdadi –el califa Ibrahim para la militancia– como el personaje más relevante del año vencido, tendría a su alcance una gran variedad de argumentos para justificar su decisión. El Estado Islámico se ha situado en el centro de la atmósfera de desorden que se ha adueñado de las relaciones internacionales, de esa sensación de improvisación frente al desafío que impregna lo mismo la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU que promueve la negociación en Siria de una solución política, que las apelaciones a la guerra de Francia, a la reiterada indeterminación de Estados Unidos cuando debe ir más allá de mantener el compromiso en el combate contra los yihadistas mediante la campaña de bombardeos contra sus dominios en Siria e Irak. El año 2015 puede que sea el del Bagdadi porque ha llevado el pánico al corazón de Europa, al norte de África y, más allá, hasta el otro lado del Atlántico; ha dado aire a Bashar el Asad, comandante en jefe de una carnicería, y ha contribuido decisivamente a desatar un flujo incontenible de refugiados que huyen de la guerra y buscan cobijo en una Europa con una opinión pública atemorizada y desorientada.

Richard Haas, presidente del Council on Foreign Relations, escribió hace un año un ensayo titulado ¿Cómo responder a un desorden mundial? En él afirma: “En el presente, el equilibrio entre orden y desorden se desplaza en dirección a este último. Algunas razones son estructurales, pero algunas son el resultado de malas elecciones hechas por importantes actores, y al menos algunas de ellas pueden y deben corregirse”. ¿Qué decir doce meses después, con Oriente Próximo consagrado como el cruce de caminos de todas las grandes crisis: la de la inseguridad colectiva a causa del dinamismo del terrorismo global, la de los refugiados, la de la guerra fría en el golfo Pérsico, la de convivencia entre dos legados culturales más que milenarios, el cristiano y el musulmán?

La proclamación del califato en junio del 2014 fue algo más un acto de propaganda amenazante: proporcionó al yihadismo una referencia territorial a la causa, a la prédica contra Occidente y a la vuelta a los orígenes del islam, se correspondan estos con la realidad o con la mitología de una edad de oro en la que resplandeció la justicia mediante una aplicación estricta de las enseñanzas del profeta Mahoma. Frente a la disolución de la estrategia de Al Qaeda por carecer de un espacio reconocible como propio se afianzó la del Estado Islámico, secundada más allá de sus dominios por muyahidines dispuestos a imponer la lógica de las armas. Quizá haya retrocedido el califato en Siria e Irak, pero su estrategia ha cuajado como aquella más adecuada para perpetuar la lucha y condicionar por entero las relaciones internacionales; quizá el califato tenga fecha de caducidad, pero ha minado de tal manera el ánimo de sus adversarios y ha afianzado de tal forma a sus seguidores en sus convicciones más conocidas que, en caso de derrota, la empresa del Bagdadi seguramente tendrá continuidad. Ese es, al menos, el vaticinio de cuantos, dentro y fuera del orbe musulmán, entienden que el conflicto hunde sus raíces muy profundamente en la complejidad laberíntica del islam, de las frustraciones de sociedades condenadas a la postración por actores políticos que las han utilizado en estricto beneficio propio.

La estrategia seguida por El Bagdadi ha llevado al ánimo de los yihadistas que están en condiciones de imponer su agenda siempre que siga en vigor la mitología del martirio, el recurso a la acción directa sin importar el coste que entrañe. Se afianza así la idea expresada por el arabista francés Olivier Roy: “El yihadismo es una revuelta generacional y nihilista”. Según el mismo autor, la motivación religiosa de los muyahidines es poco más que un resorte que permite arremeter contra cualquier referencia cultural, social o política con el sello de Occidente. “Ninguno está interesado en la teología, ni siquiera en la naturaleza de la yihad o en la del Estado Islámico”, afirma Roy, mientras otros análisis de tenor parecido presentan el factor religioso como una coartada o pretexto ideológico.

Como es fácil comprobar en Afganistán, donde la ineficacia exasperante del Gobierno ha permitido a los talibanes ganar terreno sin modificar una coma la simplificación de los enunciados religiosos que los llevaron al poder, la victoria militar no es ninguna garantía de que no surjan aquí y allá otros movimientos que sustituyan al eventualmente vencido. Tomar Ramadi, reducir el ámbito territorial del califato, no diluye la base social atraída por los fundamentalistas ni liquida la estructura militar del Estado Islámico, heredada en gran parte del Ejército de Sadam Husein, disuelto por Estados Unidos en el 2003 sin reparar en las consecuencias que tal decisión tendría en el futuro. Y, desde luego, no neutraliza la proliferación en Europa de células durmientes y lobos solitarios –también en Estados Unidos–, la floración de organizaciones islamistas en África y la incongruencia de que la aristocracia teocrática saudí, asociada ahora –no en el pasado– al combate contra los yihadistas, se acoge a una aplicación de la sharia apenas diferenciada de la que distingue al Daesh.

Cuando una autoridad moral como el papa Francisco, a la luz de los atentados perpetrados por los yihadistas, se refiere a la existencia de una tercera guerra mundial fragmentada, es poco menos que inevitable admitir que El Bagadadi ha sido el hombre del año que expiró. A él se deben modificaciones sustanciales en el desarrollo de la vida cotidiana, en las políticas de control y seguridad, en el peligro de fractura en sociedades con un porcentaje significativo de musulmanes, en la desconfianza generalizada ante situaciones que hasta hace muy poco no se consideraban de riesgo, en la tentación de muchos gobiernos, en fin, de estrechar el ámbito de la libertad.

“El máximo objetivo de los terroristas yihadistas es convencer a la juventud musulmana en todo el mundo de que no hay una alternativa para el terrorismo”, sostiene el financiero George Soros. Para él, “abandonar los valores y principios que subyacen en las sociedades abiertas y ceder ante un impulso antimusulmán dictado por el miedo no es la respuesta, realmente, aunque puede resultar difícil resistirse a la tentación”. El  Estado Islámico, ha logrado en parte alcanzar ambos objetivos: ha capturado la voluntad de una minoría de jóvenes musulmanes, por herencia familiar o conversos, y ha alentado sentimientos islamófobos que lo mismo valen a Marine Le Pen para apuntar al Eliseo que a Viktor Orbán para sembrar la frontera meridional de Hungría de concertinas (un ejemplo imitado luego por otros). ¿Qué logros avizora el califato para el año que empieza? Quizá perpetuar el miedo como un sentimiento irrefrenable y compartido.

El otro futuro de Europa

Ese perfil perentorio, de urgencia extrema, que tiene la multiplicación de refugiados que llegan a Europa o que pretenden hacerlo se ha agravado con las zancadillas de la reportera húngara Petra Laszlo a quienes huían en desbandada hacia ninguna parte. Porque hay otra perentoriedad que precisa ser atendida cuanto antes: llevar al ánimo de los europeos reticentes que la única solución inaceptable es perseverar en la Europa fortaleza, aquella en la que seguramente sueña el primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, pero que es políticamente inviable y humanamente indefendible; desalentar a cuantos, aun condenando las zancadillas de Petra Laszlo, se oponen a que los refugiados que llaman a la puerta encuentren cobijo.

El filósofo Jürgen Habermas sostiene en Le Monde que Francia y Alemania deben ponerse al frente de las operaciones para restablecer la unidad de acción europea y respetar el imperativo categórico de asistir a cuantos huyen de las miserias de la guerra –de las guerras– y de la persecución política. La variedad de reacciones nacionales –de los gobiernos y de las opiniones públicas– revelan, dice Habermas, la complejidad de realidades muy diversas: “La antigüedad en la pertenencia a la Unión, las diferencias económicas importantes –a menudo demasiado importantes– entre países miembros y, sobre todo, las diferentes historias nacionales y las diferentes culturas políticas”. Pero esa complejidad no debe ser el pretexto o la causa que lleve al fracaso o al ensimismamiento, tan alejado del compromiso moral que se supone sigue vigente en el proyecto europeo.

Al lado de Habermas, el escritor italiano Erri De Luca establece un paralelismo entre el tráfico de seres humanos en el pasado y ahora: multitudes que se hacinan en embarcaciones precarias –“el peor de los transportes marítimos de la historia humana”– para perecer muchas veces a la vista de la costa de Lampedusa, de Malta, de Lesbos, de Kos, de tantos lugares. “Los esclavos deportados por los negreros viajaban mejor –escribe De Luca– porque eran una mercancía que se pagaba contra entrega. Si moría antes, se perdía el beneficio. Los deportados de hoy pagan por adelantado, y poco importa si llegan a destino”. La comparación es devastadora, pero hay en ella un trasfondo de verdad perturbadora, de impotencia desgarradora de Europa para afrontar el problema desde el punto de vista de las víctimas, que deben superar mil obstáculos hasta llegar a tierra firme y, ya en ella, se encuentran con otras mil barreras envueltas en una retórica política destinada a enmascarar lo dispuesto en el derecho internacional en materia de asilo y de aplicación del estatuto de refugiado.

El primer reparto de acogida decidido esta semana tendrá una efectividad limitada, porque el flujo migratorio no cesará y las actuaciones en origen, de ponerse en marcha, solo darán resultados a medio y largo plazo. La Willkommenskultur, digna de elogio, honra a los alemanes movilizados en todas partes, pero encarar el problema requiere algo más que el dinamismo autónomo de una sociedad próspera. La proliferación de iniciativas asistenciales es asimismo insuficiente para acumular recursos a gran escala. Hace falta establecer un sistema pautado que parta del hecho cierto de que Europa tiene ante sí el mayor problema de refugiados desde el final de la segunda guerra mundial, con el dato añadido de que los de hoy, a diferencia de los de la posguerra, no son europeos y las crisis de encaje surgirán enseguida y no se resolverán en cuatro días. Dicho con palabras de la periodista alemana de ascendencia yugoslava Doris Akrap en The Guardian: “¿Llegará el final de la Willkommenskultur cuando no implique solo cantar Aleluya juntos, sino ayudar a la gente a convertirse en autónoma y articular sus propios deseos?”

La pregunta de Akrap apunta a la gran incógnita de futuro: ¿cuál es la capacidad de absorción de la sociedad alemana y, por extensión, de la europea? Si Alemania ha recibido en lo que llevamos de año 450.000 refugiados y está dispuesta a llegar a los 500.000, pero no más allá, ¿cuál debe ser la hipótesis de trabajo de los demás estados de la UE si, como es de prever, el flujo migratorio no cesa? Soslayar el asunto queda tan lejos de la realpolitik como lo estuvo antes imaginar que el trasiego de refugiados en la periferia de las áreas de conflicto iba a quedarse allí, no tendría la fuerza expansiva que en la práctica tiene. Y la que tendrá en el futuro si, como más voces aceptan todos los días, es inevitable un acercamiento o negociación con Bashar el Asad ya que no es posible hablar y entenderse con el Estado Islámico, convertido en árbitro indirecto de la situación que impone su agenda por la vía de los hechos: guerra sin cuartel, sectarismo, asesinatos colgados en Youtube y una próspera economía basada en las rendijas del sistema por donde se cuelan el contrabando de petróleo y el mercado de armas.

Muchos europeos sienten que sus países están sitiados”, afirma Daniel Gros, director del Centro para Estudios de Política Europea, y tal sensación va en aumento en la medida en que los estados están lejos de dar una respuesta conjunta, global y sostenida en el tiempo. Esa sensación alimenta la propaganda de los partidos de extrema derecha, que reclaman que los refugiados sean devueltos a sus lugares de origen, y paraliza a los gobiernos, que temen ver desgastadas sus expectativas electorales ante una parte de la opinión pública potencialmente hostil a las políticas de acogida. Pero no hay otra salida que aceptar los hechos tal como son: esa oleada migratoria no es un fenómeno esporádico, un hecho aislado posible de solucionar con algo de tiempo y unos millones de euros.

Jean-Christophe Dumont, alto funcionario de la OCDE, defiende que el coste de los movimientos migratorios –de refugiados– debiera ser visto como una inversión: “A largo plazo serán comparables a los inmigrantes económicos y aportarán una contribución fiscal neta. Es decir, que pagarán más impuestos y cotizaciones sociales que las prestaciones anuales que recibirán”. Y el economista francés Thibault Gajdos se pregunta si sus compatriotas, que dejan cada año 45.000 millones de euros en la caja de la Française des Jeux, la sociedad que gestiona las loterías, no están en condiciones de gastarse 10.000 millones de euros en atender a los refugiados. Claro que detrás de las reservas de una parte de los europeos no alienta solo o principalmente la preocupación por el coste de la operación, sino un doble temor: tener que aceptar a corto plazo nuevos competidores en el mercado de trabajo y diluir la identidad cultural propia en una mezcla variopinta de identidades importadas.

Desde la noche de los tiempos, los movimientos migratorios forman parte de la historia de la humanidad al igual que las guerras, los ciclos económicos y la competencia entre imperios. Nada hay de realmente nuevo en cuanto está sucediendo salvo el dramatismo que se deduce de contemplar los acontecimientos en directo en toda clase de soportes, medios y géneros informativos. Sí es novedad esa reacción espectacular de acogida y ayuda en el continente y debiera serlo, cuanto antes mejor, la reacción coordinada, unitaria y eficaz de los gobiernos ante una situación en la que están en juego la vida y la muerte de demasiados. Ahí también está el futuro de Europa.